Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Antes | Nueva Vida

Fui encerrada en una habitación dos por dos; piso y paredes de concreto, cama metálica de barrotes y un inodoro donde hacer mis necesidades. No dijeron qué querían de mí, solo me lanzaron en aquel lugar y traían comida de vez en cuando.

No paraba de pensar en aquel castaño que vi cuando me bajaron del vehículo. Me miró a través de la ventana de la segunda planta del edificio. Duró un instante, porque en cuanto se percató de haber captado mi atención, corrió la cortina, sin embargo, esos cortos segundos bastaron para hechizarme con sus ojos penetrantes y atractivo que hizo mis manos arder con ganas de tocarlo. No entendí esa extraña sensación de, sin conocerlo, ser capaz de caer rendida a sus pies y cumplir sus más oscuros deseos.

Debía ser producto del impacto del secuestro, me dije. No sabía qué me deparaba el destino y mi cerebro se aferró a su imagen imponente para sobrevivir conservando la esperanza de ser rescatada. Soñaba con él, incluso despierta, y fantaseaba con obedecer sus órdenes a cambio de muestras de cariño. ¿Enfermo? Sí, pero me mantenía ocupada para no hundirme en la desesperación.

No pude medir el tiempo, mas sí estimé que varios días tuvieron que haber transcurrido antes de la primera transformación. Fue en una de esas ocasiones en las que casi podía visualizar al desconocido en el cuarto conmigo, casi podía escuchar los latidos de su corazón y olfatear su exquisito aroma.

Comenzó con una calidez esparciéndose por mi cuerpo, que aumentó de manera extrema hasta tornarse insoportable; creí que literalmente me prendería en llamas. Me arqueé soltando un grito de dolor bañado en lágrimas cuando mi espalda crujió al estirarse. Una fuerza invisible halaba de mis extremidades al punto de romper huesos y tejidos.

Rodeé fuera de la cama y caí al suelo. Perdí por unos momentos la consciencia. Fue un respiro al mar de agonía que enfrenté. Al recuperarla, un entumecimiento abarcó todo mi ser. Mi cuerpo no se sintió como mío. Más aire entraba a mis pulmones, los objetos a mi alrededor contaban con más resplandor y oía voces que antes no fuera de la habitación.

Intenté moverme. Mis ojos se enfocaron en el par de extremidades estiradas frente a mí; unas que no eran brazos, sino patas cubiertas por pelo marrón oscuro. Respondieron a mi orden. Confundida, hice lo mismo con las traseras y me levanté. A pesar de no estar de pie sobre mis piernas, en aquella posición, en cuatro, el piso se vio más lejos. Sentí que algo colgaba entre mis glúteos y al girar, ya asustada, me topé con una cola frondosa. De la impresión di un brinco y golpeé la cama. Ésta se desarmó. Estuve por gritar por ayuda, pero solo se escuchó un aullido.

Tenía que tratarse de un sueño. Yo no podía ser un perro gigante. Sin que alguien apareciera para darme explicaciones, rogué en una esquina de la recamara por que todo terminara.

Las ansias de ver de nuevo a ese sujeto incrementaron. Fue una sensación ridícula, pero en esa forma me sentí más cerca de él. Mi organismo empezaba a pedirlo como si se tratara de una droga. Así fuera en las mismas condiciones, necesitaba verlo. El deseo tomó fuerza en mi mente. Por primera vez sentí la urgencia de escapar.

Me concentré en la puerta. Corrí hacia ella con el objetivo de tumbarla. No funcionó y reboté cayendo de costado en el suelo a raíz de la cantidad de fuerza proyectada. Las zonas que hicieron contacto con el material del único medio de escape ardieron. No obstante, me levanté e intenté de nuevo.

Tampoco la derribé, mas no me di por vencida. Una y otra vez golpeé la puerta, en cada ocasión lastimándome más. El problema era que no podía parar. Mi cuerpo pedía a gritos a ese hombre. Sin importar el dolor, tenía que conocerlo.

Después de tanto, la energía se agotó. Agitada, me desplomé. La puerta no sufrió ningún daño. Los golpes en mi cabeza comenzaron a causar efecto. Cerré los párpados y no pude volver a abrirlos.

Al despertar me encontraba desnuda aún en el piso. Era mi yo de siempre, sin melena ni cola. El tiempo pasó y los episodios se repitieron. La transformación disminuyó su dolor conforme me acostumbré. Las desenfrenadas ganas de destrozar la puerta continuaron, pero las ansias por el extraño se fueron apagando. El día que dejó de pasar por mi mente, un hombre me visitó.

—Hola, Vanessa, soy Arthur —se presentó ofreciéndome su mano.

Envolví más la sábana contra mí, escondiendo mi piel, y pegándome a la pared.

Era un hombre bien vestido, con uno de esos trajes antiguos de tirantes y faja. El tono musgo y el cuero marrón se amoldaban al cuerpo del señor, quien debía tener alrededor de la edad de mi padre. Las arrugas todavía no tan pronunciadas y las canas delataron que ya había consumado su medio cupón de vida. En la mano que me tendió, había un anillo de matrimonio.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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