Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Antes | Amigas

Había sido un mal día. En realidad, cada día desde mi llegada estuvo lleno de más cosas negativas que positivas. El cambio era duro y aún no me acostumbraba a mi nueva vida.

Extrañaba a mis padres y a mi hermana. El calor de hogar, la simpleza de la vida humana, la familiaridad de mi pueblo natal. Era increíble la ignorancia con la que crecí, con la que crecía la mayoría, sin imaginarse que más allá existía una realidad diferente. En ocasiones extrañaba también ese velo que cubrió mis ojos durante años. Hombres lobo, vampiros, cazadores, deidades; todo era real.

Era una impura; lo que significaba que los puros, aquellos nacidos como hombres lobo, nos menospreciaban. Muy cercano a la discriminación en verdad. Ellos tenían su propia burbuja, contando con privilegios y nos humillaban por ser menos fuertes. Aunque Arthur luchaba por modificar ese modo de pensar, era complicado vencer las reglas impuestas por la misma naturaleza: los débiles terminan pisoteados por los más aptos.

Sin embargo, al final del día, todos éramos Hijos de Diana, una especie de hombre lobo con forma de un lobo corriente, solo que de mayor tamaño y con razonar humano. A diferencia de los Malditos de Aithan, éramos mortales, con un promedio de vida de quinientos años, y no bebíamos sangre. El alimentarnos prolongadamente de ese líquido vital nos haría indignos del manto de la diosa, convirtiéndonos en monstruos malditos con una sed incontrolable; más bestias que personas.

A pesar de ya llevar un par de semanas incorporada a la manada, aún me costaba tener control de mis transformaciones. La luna llena era un detonante para liberar mi lado salvaje, al cual le encantaba hacerme creer que había logrado someterlo solo para salir a la luz de manera inesperada. Arthur decía que cuando iniciaran las clases y volvieran los estudiantes de otras manadas, me daría cuenta de que no era la única con problemas y que se me facilitaría aprender.

Fue un poco raro cómo se manejaban como casi una escuela ordinaria, con horario de clases y vacaciones. No obstante, los habitantes permanentes, los miembros de los Cephei, se mantenían activos cumpliendo con sus actividades. Los mayores entrenaban a los jóvenes para que no perdieran su condición física y cada quien tenía su propio rol en la manada para que todo fluyera en armonía. Si fallabas, se te imponía un castigo.

Debido a ello terminé junto a otros impuros haciéndole mantenimiento a los salones. Nos dividieron en grupos para abarcar el piso completo, cada uno bajo supervisión de un puro encargado. Recibí una lata de pintura, una brocha y la labor de pintar las paredes. En el cuarto me acompañaban dos chicas y un chico, pero no entablé conversación con ellos. Ya de por sí era un poco introvertida y no paraba de sentirme fuera de lugar.

—¿Qué haces aquí? —preguntaron a mis espaldas.

Al girar me encontré con Paula. Vestía una franela holgada ajustada con un nudo improvisado a su cadera encima de unos desgastados vaqueros rotos. Su cabello castaño lo amarró en un moño alto, acentuando sus pómulos. Traía consigo un balde de pintura y un rodillo.

—Fui a un trote nocturno y no pude evitar transformarme. Aplasté a dos puros sin querer.

—Qué chistoso. Me hubiera gustado estar ahí —contestó con una sonrisa.

Ocupó el espacio a mi lado y también comenzó a pintar el muro.

Aunque ella fuera tímida, conmigo su comportamiento era más relajado y se preocupaba por que me sintiera a gusto. Éramos compañeras de habitación y se encargó de facilitar mi adaptación. Me mostró las instalaciones como Arthur le indicó, así como me explicó el modo de vida y me relató sus experiencias.

—¿Tú por qué estás aquí? —quise saber.

—Me quedé dormida y falté a mi turno en la cocina.

Le habían cambiado repentinamente el horario nocturno por el diurno porque una de las cocineras puras dijo que ya no la quería como ayudante. Mientras ella ayudaba picando vegetales y lavando platos, yo organizaba libros en la biblioteca en las tardes.

—¿Será que podré ir al baño? —cuestionó una de las muchachas que pintaban las sillas.

—Hay que esperar que regrese Corinne para que pidas permiso —respondió la otra.

—Es que ya llevo rato aguantando.

—Solo irá al baño, no creo que sea la gran cosa —intervine—. Ve rápido, nosotros te cubrimos. Además, no tiene por qué molestarse. Hace horas que tuvo que haber vuelto.

La chica con urgencia sanitaria había llegado a la manada una o dos semanas después de mí. Todavía temía hacer cualquier tipo de movimiento por si se equivocaba y la lastimaban por ello. De igual manera yo pasé por eso, mas pronto comprendí que era un sitio como cualquier otro, con sus reglas, y con personas distintas entre sí, cada una con sus problemas y valores, solo que agregándole el toque paranormal.

Ella puso la silla que acababa de terminar junto a las demás a un lado de la ventana para que se secaran más de prisa. Luego se dirigió a los baños ubicados al final del pasillo.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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