Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Antes | Él

Era frecuente realizar excursiones dentro de nuestro territorio, tanto por seguridad como para mantener viva la conexión con la naturaleza. Era todavía más común para los que nos formábamos salir en expedición, acompañados por lo menos por un instructor, para poner en práctica nuestros conocimientos.

Esa noche corríamos por el bosque buscando conejos. La tarea era hallar uno, agarrarlo sin matarlo y encontrar el camino de regreso a las instalaciones con él. El grupo de quince se dispersó por el perímetro; cinco adolescentes puros y diez impuros, todos deseosos por ganarle a los demás e impresionar a Arthur, quien nos evaluaba.

Yo conocía la teoría. Los conejos eran roedores que vivían en comunidades de máximo diez integrantes, organizados jerárquicamente, dentro de madrigueras bajo tierra que podían contar con diferentes túneles conectados entre sí. Comían básicamente frutas y verduras. Eran más activos durante la noche y bastante rápidos. Sin embargo, ¿de qué me servía saberlo si no me ayudaba a ubicar uno?

Me movía veloz sobre el terreno irregular cubierto por piedras, raíces y ramas caídas. Tenía buena visión nocturna y un aún mejor sentido del olfato y de audición, como todo licántropo. Tan desarrollados que la cantidad de olores y sonidos al inicio me abrumaron. En ese momento el problema radicaba en no poder enfocarme en solo uno. Información provenía de cada ser viviente a mi alrededor, así como de los otros elementos de la naturaleza. Tampoco ayudaba la cantidad de voces que se colaban en mi mente.

«Debería haber una penitencia para el que no pueda atrapar uno», dijo alguien.

«Incluso para el que llegue de último», aportó otro.

«Lo haría más emocionante», comentaron.

«Sí»

«Lo dicen porque son los mejores»

«No te preocupes, la nueva seguro perderá»

«Exacto»

«Cierto, la semana pasada confundió el cilantro con el perejil»

«Ni siquiera debería ver clases con nosotros. Todavía le falta mucho por aprender»

«No sean malos, a mí me cae bien»

«Lo dices porque es una impura como tú»

«Son unos estúpidos»

«¡Creo que encontré un conejo!»

Me detuve y cerré los ojos por un instante. Me concentré en callar los pensamientos de los demás, justo como había aprendido. Logré bajar el volumen lo suficiente como para ignorarlos, pero sus palabras refiriéndose a mí continuaron resonando con fuerza. Yo era la nueva que fracasaba. Ni yo misma entendía cómo no me había rendido todavía. Con cada tropiezo volvía a levantarme para fallar otra vez.

La luna dejó de ocultarse tras una nube y uno de sus rayos se posó en una roca justo frente a mí, sobre la silueta de un animal encima de ésta. Se trataba de un conejo blanco y de ojos sangrientos que me observaba. Mientras lo veía paralizada, sorprendida, se erguió, oliendo en mi dirección. Después, soltó un chillido y se perdió entre los arbustos.

Reaccioné, sin estar dispuesta a perder esa oportunidad que no se repetiría. Lo seguí sobre mis cuatro patas a máxima velocidad. A los pocos segundos lo tuve de nuevo en mi campo visual. Brincaba ágilmente buscando escapar, mas no tan rápido. Iba a ser más fácil de lo que creí atraparlo.

Cuando estuve cerca de alcanzar mi objetivo, fui empujada. Se sintió como si un carro acabara de golpearme. Rodé una vez y luego caí. Mi tobillo se atoró entre unas piedras y quedé colgando en vertical. Mi peso corporal fue soportado por la articulación, hasta que ésta no pudo más, crujió y terminé de impactar contra el suelo. Mi cara cayó en un charco de lodo.

El dolor estalló en mi pata. Solté un aullido. Perdí el agarre de mi forma lobuna y regresé a mi cáscara humana. A pesar de querer evitarlo, las lágrimas se hicieron presentes. Me senté, el mínimo movimiento aumentó la agonía, y apreté la mandíbula para no quejarme. Escupí el barro fuera de mi boca y con una mano me limpié el rostro. Comprobé que me había roto el tobillo.

Oí pasos acercarse. Me preparé para seguir decepcionando a Arthur.

De las sombras apareció un enorme lobo negro con brillantes ojos amarillos y tras él otro con pelaje parecido, solo que con destellos blancos y ojos grises. El primero cambió de forma, era Arthur. Se sujetó el mentón y permaneció pensativo mirándome.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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