Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Capítulo 6 | Voto de Confianza

La presión puesta sobre mí empezaba a hacer estragos.

A través de la capa de agua espumosa podía ver el techo del baño. Mis ojos ardían por las esencias aromáticas de Paula que decidí verter en la bañera. Combinándolas con el agua tibia, busqué algo de relajación.

El plan para rescatar a Drake se encontraba trazado. Me reuní en privado con Josh para afinar los últimos detalles, resignándome a cargar con Alan. Mientras menos personas estuvieran involucradas mejor. El resto caía en la voluntad de la diosa.

Las últimas burbujas de aire abandonaron mis pulmones. Era el momento para sacar la cabeza y respirar, pero busqué demorarlo lo más posible. En ese reducido espacio, en esa situación, casi excluida del exterior, podía pensar con mayor claridad. La conexión entre cuerpo y mente era más palpable.

La vida era frágil. Lucía sencillo solo permanecer ahí y por fin obtener mi libertad. Tenía miedo de fallar, de decepcionar a los que depositaron su fe en mí. Si no cumplía el objetivo, temía no poder vivir cargando con la muerte de Drake en mis hombros, con la destrucción de los Cephei, la preciada manada de Arthur. Claro, si es que lograba sobrevivir. Iba a ahorrarme mucho sufrimiento si solo me dejaba llevar…

Las palabras de Amanda regresaron a mi mente. Esa predicción negativa le inyectó fuerza a mi carta de escape. Sin embargo, el pánico estalló en mi organismo. Me sacudí. Acabé impulsándome hacia afuera del agua. Jadeé desesperada por oxígeno. El instinto de supervivencia activado por mi cerebro había ganado la batalla una vez más.

Con aceptación, salí de la tina. Me envolví en una toalla y fui a vestirme a la recamara. El olor a durazno pérsico y pomelo paradisiaco; los nombres de las fragancias más intensas que elegí, se expendió. A Paula le encantaba coleccionar frascos de esencias, cada uno correctamente identificado, y yo disfrutaba gastándolos.

Arreglada, fui a hallar a Alan. Aunque no tuviera ganas de hacerlo, debía mejorar las cosas luego de la charla de la noche anterior. No tenía una opción distinta a incluirlo en los planes y compartirlos con él.

Al no encontrarlo en las áreas verdes, decidí preguntar por el rubio. Recibí miradas y respuestas groseras, hasta que un niño, un primo de Ian y Lisa que tenía como dos años cuando huí, me informó que estaba en clases de manejo de armas con su hermano.

Lo que separaba al gimnasio del pasillo era la lámina de vidrio que se extendía de punta a punta. Servía como cancha de básquet y de futbol, con gradas en el fondo. No obstante, en esa ocasión, el piso de madera pulida era ocupado por colchonetas. En cada una había una pareja peleando con palos mientras la instructora, Fiona, caminaba alrededor.

Identifiqué a Alan con la franela empapada de sudor. Estaba sentado en el suelo junto a una muchacha que no debía ni rozar la mayoría de edad; de hecho, el rubio parecía el único no-adolescente. Observaban en silencio a los demás. No era como se encontraría a alguien a poco de embarcarse en una misión de vida o muerte.

Me hallaba deliberando en la entrada si debía interrumpir o esperar, cuando Fiona se percató de mi presencia. Se aproximó.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó.

Intentó sonar amable, pero fue obvio que le disgustó la distracción que yo representaba. Sus alumnos detuvieron el entrenamiento para fijarse en nosotras, sobre todo en mí. Alan se puso de pie.

—Yo… Solo vine por alguien y me voy.

—Eres Vanessa Schuster, ¿cierto?

—Sí, soy yo.

Alan, quien creí se dirigía en nuestra dirección, cambió su trayecto para acercarse a un pelirrojo. Empezó a hablarle en murmullos.

—Seguramente no lo sabes, pero en mis clases hay reglas —indicó. Se dio la vuelta para ver a sus estudiantes—. ¿Qué hacen ahí parados, pedazos de porquería? Regresen a lo suyo.

—Prometo ser rápida.

Lo correcto hubiera sido retroceder y esperar, mas detestaba ese tipo de gritos. No era necesario que los tratara de esa manera. Fiona comenzaba a caerme mal. Debido a ello, insistí.

Ella se preparó para disparar una contundente negación, pero la retuvo cuando uno de los puros alzó la mano.

—¿Instructora Dunne?

—¿Sí?

—El bas… Digo, Alan retó a Fred a un enfrentamiento de espadas sin protección.

Fiona me brindó una última mirada antes de regresar con sus alumnos. Dejó ir la situación para enfocarse en asuntos de mayor importancia.

—¿Es eso verdad, Alan? —cuestionó.

El imbécil tuvo el descaro de mirarme mientras afirmaba. Fiona le realizó la misma pregunta al tal Fred y también dijo que sí, solo que con una sonrisa arrogante de niño mimado.

El grupo hormonal estalló en susurros y suspiros. Al parecer, Fred era el mejor de la clase. No entendí qué ganaba Alan desafiando a un mocoso prodigio. Debía faltarle un tornillo.

—Iré por las espadas entonces.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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