Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Antes | Prueba de amor

—No tienes que hacer esto por mí —dije—. No puedes hacerle esto a Arthur.

—Ya está hecho, Vanessa. Desde el instante en que descubrí que te amaba, supe que ya no podría ser alfa y no me arrepiento. Además, sé que Josh hará un buen trabajo.

A pesar de conmoverme por haberme escogido por encima de todo, no pude evitar sentirme culpable por haberlo orillado a renunciar a su derecho de nacimiento. ¿De verdad yo significaba tanto para él como para renunciar a todo? Sus padres murieron y Arthur fue quien terminó de criarlo, ¿lo decepcionaría por mí?

Drake dio un paso y luego otro hasta tener sus brazos envolviéndome. Había notado mis dudas, como siempre detectaba lo demás. Me relajé contra su hombro, disfrutando de sus caricias en mi cabello.

—No diré que será fácil, porque sabes que no será así. Pero te prometo que lucharé contra quien sea para que podamos estar juntos. No tienes idea de lo que soy capaz de hacer por ti.

—¿Y Corinne? —murmuré.

La rubia era la elegida para casarse con él desde que eran bebés. Sus padres lo acordaron con los de ella. Nuestra relación no era pública debido a ello.

—Mañana vienen sus padres y hablaré con ellos. No pasaré el resto de mis días con alguien que no amo. Solo puedo imaginarme a una persona caminando hacia mí vestida de blanco.

Sonreí ante la idea. Me aparté un poco y deposité un beso en sus labios. La estatura no era un problema. De hecho, yo era un par de centímetros más alta que él.

—¿Sí apoyas mi idea de hablar con Los Tres entonces?

Tan solo su mención me erizaba la piel. No los había visto en persona, pero sí leído de ellos y de sus habilidades. Estar en su presencia debía ser escalofriante.

Iba en serio y ya no quería retrasarlo. Eso tenía claro, mas no que me pidiera que lo acompañara.

Los Tres no se encontraban en la usual Sala del Consejo, sino en la capilla en honor a Diana en uno de los extremos de las instalaciones. La capilla era una modesta edificación compuesta por pilares y ladrillos de mármol. Su techo era una cúpula con algunos agujeros estratégicos para permitir el paso de la luz lunar, del manto de la diosa. En ella se efectuaban ceremonias, como curaciones o bodas.

En la entrada de madera con acabados de metal, había dos cuidadores de Los Tres. Drake se acercó e intercambió unas palabras con ellos. Los sujetos me miraron de reojo, tardando demasiado en cedernos el paso. No fue sino hasta que una voz del interior les ordenó abrir las puertas que nos dejaron ingresar.

El sitio era puro mármol e iluminación proveniente de velas e hilos de luz plateada. Había hileras de bancos de madera oscura con vista al increíble altar con hermosas terminaciones de plata. Sobre la superficie rectangular se observaban flores, dos candelabros y una vasija dorada. En la parte de atrás, en la pared, pude percibir una serie de dibujos con detalles también dorados y en el medio una estatua de cuerpo completo de la diosa.

—¿Qué te trae por aquí, nieto de Arthur? —preguntó una voz.

—Eso ya deben saberlo —replicó Drake.

En la primera fila de los bancos, se encontraban tres figuras encapuchadas. Se pusieron de pie y nos encararon, dejando sus rostros al descubierto. Permanecí detrás del castaño, intimidada.

—No pudimos ponernos de acuerdo si tendrías la valentía de hacerlo o no.

Supe que Sira era la que hablaba. Era la más hermosa y a la vez la más perturbadora de contemplar. Carecía de la vista. Sus ojos eran órbitas completamente blancas sin iris y sin pupilas. Era su marca celestial de nacimiento, el precio que pagar por tener la habilidad de espiar el futuro de vez en cuando. Cada uno de los hermanos poseía una deficiencia en un sentido vital para el desenvolvimiento pleno en una sociedad.

La otra mujer era Minerva. Se decía que tenía una sabiduría infinita. Los dioses susurraban en sus oídos, y como lo hacían todos a la vez, ella no era capaz de escuchar las palabras de los mortales. Por suerte era excelente en la lectura de labios.

Y el menor, por haber nacido unos minutos después, era Catriel. Una tela cubría su boca, mas yo sabía lo que ocultaba. Sus labios estaban sellados por una extraña cicatriz que le impedía hablar. Algunos aseguraban que poseía la habilidad de entrar en la mente de los demás.

Como dije antes, mi fuerte era la teoría.

—Bueno, aquí estoy —continuó Drake. Extendió el brazo hacia atrás y sujetó mi mano—. Ya tomé mi decisión. Vengo a…



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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