Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Antes | Exilio

Sentía que vagaba a la deriva. Había perdido el motivo de mi fuerza y no sabía cómo salir de ese estado de desinterés hacia la vida. Existía un hoyo palpable en mi interior que me desconectó de la chispa motora llamada felicidad. Comer, o no. Sacar una buena calificación, o no. Lloviera, o no. Nada me importaba.

Comencé a pensar que si desaparecía nadie lo notaría, solamente yo, acabando al fin con aquella asfixiante tristeza de un corazón roto, de un alma despedazada. Deambulaba como un zombi, bloqueando cualquier estímulo externo, siguiendo en automático mi rutina diaria. Bajo miradas de lástima y cuchicheos a mis espaldas, fingía prestar atención a las clases y a las palabras que abandonaban la boca de Paula. Ni siquiera mi mejor amiga fue capaz de reponerme y dejé de cumplir mi papel al no tener energía para consolarla cuando Josh anunció que se casaría con Nadia, su novia.

De encontrarme rodeada por los colores brillantes con los que el amor pintaba la realidad, mi entorno se fue tornando gris. Los únicos momentos en los que reaccionaba, hundiéndome más en la desconsolación, eran viendo a Drake y Corinne demostrando libremente su relación. Caminaban como yo nunca pude hacerlo con él, recibían cumplidos y buenos deseos para un futuro juntos y reflejaban lo mucho que se querían sin medidas.

El castaño dejó de estar presente en los entrenamientos a los que yo asistía y las contadas ocasiones en las que cruzábamos caminos, no posaba sus ojos ni un segundo en mí. Hacía como si yo fuera invisible y fue lo mejor, aunque empecé a tomarlo en serio.

Me quedaba en mi recamara todo el tiempo posible. Si la compañía de Paula se volvía demasiado, buscaba cualquier otro sitio en el cual esconderme, donde pudiera estar sola con mi sufrimiento.

No quise apagarme como lo hice. Lo menos que deseé fue darle el gusto a esos dos de verme destruida. Sin embargo, por más que una vela luche por conservar su llama, si el viento sopla con la suficiente fuerza la termina extinguiendo; y sin que alguien vuelva a encenderla permanece así.

Los breves instantes en los que volvía a sentirme yo era en las peleas. El dolor físico disminuía el emocional y enfrentarme contra los que me aborrecían fue un tipo de venganza. Podía lastimarlos sin represarías mientras cosechaba mi reputación como la segunda mejor.

—Ya basta. Me rindo —lloriqueó por segunda vez una pura a la que acababa de romperle una pierna.

—¡Ya suéltala! —ordenó el instructor.

Iba a ignorarlo también, mas al oír que se acercaba para apartarme de mi compañera, decidí obedecer. Me hice a un lado, acomodándome el hombro dislocado yo misma, tragándome a mi amiga la agonía.

—Está fuera de control.

—Pobrecita Ana.

—Estaba dispuesta a matarla. Se le veía en los ojos.

Los distintos comentarios se esparcieron entre los espectadores. Eran puros e impuros de la clase avanzada a la que pertenecía. A cada uno le había roto por lo menos un hueso desde mi cambio.

El encargado le indicó a mi víctima que no se moviera y que respirara hondo. Luego, regresó la pierna a su ángulo normal para facilitar la sanación, causando que la chica bocabajo sobre la colchoneta gritara de nuevo.

—Estoy harto de ti. Le hablaré a Arthur sobre esto —informó el profesor.

No respondí de inmediato. Fui por mi toalla en las gradas para limpiarme la sangre proveniente de mi nariz y labio roto. Había sido una pelea dura, pero al final lo que importaba era el ganador: en ese caso yo. No obstante, el vació no tardó en volver.

Me guindé el bolso de mi hombro ileso y me dirigí a la salida aunque la clase aún no culminara.

—Ojalá me expulsen de la manada —murmuré antes de retirarme.

En lugar de refugiarme en mi habitación, subí a la azotea del edificio. Estaba acondicionada con algunos muebles y plantas, siendo otra buena área común para socializar. Sin embargo, por la hora supe que se encontraría desierta.

Elegí el sofá oculto de la entrada, adherido a la pared y protegido del sol del mediodía por un toldo. Quitándome los zapatos, me senté con las piernas cruzabas a esperar que el malestar en mi articulación desapareciera. Después, permanecí concentrada dándole nombres a los sonidos y olores que desmenuzaba.

Fue un buen ejercicio que Drake me enseñó. Simplemente sentarme en un sitio y buscar descifrar cada elemento detectado por mis sentidos. De no hacerlo, era necesario seguirlo para localizar la fuente y así recordarlo. A pesar de que la actividad me recordara a él, ya ninguna lágrima podía formarse en mis ojos. Había quedado seca.

Escuché las escaleras metálicas vibrar ante un peso que ascendía. La puerta se abrió y pude relajarme al detectar el aroma a almizcle de Arthur. Apareció de perfil al pie del sofá, removiendo el saco para dejar a la vista un chaleco de rayas humeante sobre una camisa blanca manga larga. A veces me preguntaba si en verdad no le daba calor su estilo de vestir.

—A Estefanía le gustaban los días así, sin una nube en el cielo —comentó, pero de una manera en la que creí que había sido para él mismo.

Me mantuve callada, segura de que ya debía conocer acerca del incidente. Lo decepcionaba otra vez.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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