Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Capítulo 17 | Secreto revelado

Era experta en fingir que todo estaba bien y Drake lo confirmaba una vez más. A pesar del intenso desahogo emocional de la noche anterior, accedí enseñarles dónde Alan escondió la carpeta de los Arcturus. La mencioné en el detallado informe de la misión, el cual ayudó en el resultado del juicio del rubio, y Drake se interesó por su contenido.

Los Arcturus, nuestros vecinos, no le contaron a los Cephei sobre la misteriosa neblina que asechaba en el bosque y era indicio de la desaparición de cualquier desafortunado. Ian me contó que tenían el conocimiento de algunos campistas perdidos en el sector, pero también que un grupo reducido de vampiros rondaba la zona. Los sucesos al parecer sucedían justo alrededor de la frontera de ambas manadas, de la Montaña de las Almas.

La Montaña de las Almas era considerada el punto de la región más cercano a Diana. Según las clases de historia, tiempo atrás sacrificios fueron hechos ahí, porque una sacerdotisa aseguró que la diosa se le apareció en el bosque y se lo ordenó; uno en cada luna nueva para potenciar la cosecha y la caza. En las distintas cuevas y peñascos que la conformaban, aún podía encontrarse restos de las distintas ofrendas. La tradición paró cuando llegaron los primeros Hijos de Diana e indicaron que ese ya no era el deseo de la diosa, que sería suficiente con que construyeran en la cima un templo en su honor y la veneraran ahí. Se decía que los Cephei eran descendientes de esos forasteros, quienes prevalecieron ante una enfermedad que arrasó con la tribu originaria.

Lo cierto era que, de esa formación rocosa emanaba un aura que le erizaba la piel a cualquiera.

—Deben ser estos —dije refiriéndome al grupo de arbustos de acebos entre dos cedros jóvenes.

Drake, Bryan y Andrés vinieron hacia mí todavía en sus formas lobunas. Yo no había aceptado a Drake como mi alfa, así que no estaba incluida dentro de su conexión telepática. Para comunicarme con ellos en ese estado, debía estar en mi cáscara humana.

Bryan y Andrés empezaron a cavar donde señalé; Drake en cambio volvió a su condición de bípedo.

—¿Segura? —preguntó.

—Si los restos del campamento son esos que pasamos y Alan me dijo que no se alejó demasiado, estos tienen que ser los arbustos de los que habló —contesté—. Aunque, claro, hubiera sido mejor que él mismo viniera.

Me mantuve neutral, como si estuviera hablando con cualquier conocido. No debía dejarme dominar por mis emociones, incluso si las palabras de la noche anterior significaban que me enamoré de un ser perverso sin escrúpulos. Ese era el único título que podía tener alguien que utilizaba a las personas para su propio beneficio.

Bryan soltó un aullido y ambos retornaron a su imagen humana. El medio hermano de Alan sacó algo de la tierra y se puso de pie. Era la carpeta.

—Aquí está, alfa —dijo entregándosela al castaño.

—Buen trabajo —felicitó.

Le sacudió los restos de suciedad y luego se tomó un momento para abrirla y ojear su contenido. Su expresión se fue torciendo a medida que avanzaba. Yo recordaba las fotografías de los cuerpos sin vida y mutilados, de los lobeznos desaparecidos y de ese espeso mar de neblina púrpura que se esparcía por el bosque ahuyentando a los animales. Fuera lo que fuese, era sinónimo de muerte. Seguramente a eso se refería Amanda.

Drake se la tendió a Andrés y después me miró. Lucía preocupado.

—No entiendo por qué los Arcturus no nos informaron de esto —intervino Andrés teniendo una reacción igual a la de su alfa—. Si todo esto ha pasado en su territorio, puede desplazarse al nuestro.

—Con razón Samuel desafió a su padre para investigar. Deberíamos hacer lo mismo y estar preparados —comentó Bryan.

—No. Por los momentos no. No sabemos qué sea y es mejor consultar a Los Tres antes. Quizá visite a los Pólux también. Nunca había escuchado de algo así —habló Drake—. Tampoco le diremos a los Arcturus que tenemos su carpeta. Si quieren seguir trabajando por su cuenta, que lo hagan.

Los Pólux eran la manada más antigua de la región y de las más viejas del mundo. Mientras los Arcturus eran los guerreros, los Ypres los pacíficos y nosotros los entrenadores, los Pólux eran los sabios. Poseían una amplia gama de textos y un extenso conocimiento tanto del plano terrenal como del espiritual. Vivían excluidos en su isla, a un par de días de viaje, lejos de la mala influencia humana.

No era raro acudir a ellos ante la necesidad de consejos. Y eso fue precisamente lo que hizo Drake. Los Tres le sugirieron ir con ellos y obedeció marchándose de inmediato esa noche. Fue un alivio, porque el día siguiente se conmemoró la peor fecha de mi vida.

Si no hubiera sido por la aturdidora alarma de Paula, hubiese elegido pasar el día durmiendo. Sin embargo, luego de escuchar cada uno de sus movimientos por la habitación, contar el tiempo que duró el baño y el azote de la puerta producto de su partida, me fue imposible reconciliar el sueño. Permanecí un largo rato inmóvil, con la sensación del peso del edredón casi dejándome sin aire, con la mirada perdida en el agujero oscuro donde debía encontrarse el techo.

Concluí que mi destino era estar sola. Si el universo no me hubiera arrebatado lo mejor que pude crear, mi realidad sería una diferente. Pero no, luego de cargar ese verdadero compañero de vida eterno durante casi nueve meses en mi vientre, en una cruel jugada lo perdí para siempre. Ese acontecimiento representaba ese día.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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