Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Antes | La carta (Arthur)

Arthur

Era de esos días malos. En los que todo estaba demasiado tranquilo y la soledad me hacía presión en el pecho. Luego de tantos años había aprendido a ignorarla, pero en momentos así, no había distracción suficiente.

Una pelea de pasillo que se saliera de control. Un Descendiente de Imm o un Maldito de Aithan violando el perímetro. Lo que fuera que me obligara entrar en acción y ocupara mi mente. Que me hiciera sentir útil una vez más.

No era que le deseara mal a los míos. No. Yo los amaba y dependían de mí. Eran mi razón de ser y solo por ellos no seguí a Estefanía a los dominios de la diosa.

Mi dulce y hermosa Estefanía…

Con un suspiro, me deshice de mis zapatos en una esquina de la oficina y me coloqué las pantuflas. Había pasado casi una hora desde la salida del sol y ya en ese momento del día era menos probable que se presentara algo. Una vez guindada la chaqueta en el colgador, me serví un trago y senté en mi sillón reclinable.

Necesitaría como media botella para poder relajarme lo suficiente y dormir. Estaba tratando de dejar las pastillas, porque ya la dosis que requería era alta y me preocupaba que me anulara por completo. El insomnio empezó con la muerte de Estefanía y desde que decidí no tomar más pastillas para dormir, a penas descansaba 3 o 4 horas. No sentía los efectos negativos, pero Olivia insistía en que en cualquier momento me afectaría. Sin embargo, también apoyaba la idea de que no podía depender de píldoras.

Saboreé el whisky y me incliné hacia atrás cerrando los ojos. Le presté atención a todo el recorrido que hizo el líquido por mi sistema.

—Arthur.

Abrí los ojos de golpe y enseguida me encontré fuera del sillón, con la mano firme alrededor del vaso para no tirarlo. Me enfoqué en la fuente de la voz, específicamente en el lado opuesto de la habitación. Allí estaba Amanda, con sus cabellos platinos sueltos, de pie en una esquina, acabada de salir de las sombras.

—Disculpa por asustarte —dijo.

Exhalé ruidosamente, relajando los músculos.

—Sabes que no puedes aparecerte así. Debiste decir algo desde que entré.

Su presencia en mi oficina era augurio de que el día no sería tan aburrido como creía. De las pocas ocasiones en las que decidía escabullirse de su recamara, era porque Diana me había encomendado entregar un mensaje. Así había sido con la muerte de Estefanía, en cuya ocasión no le creí; y con el enamoramiento de mi nieto y Vanessa.

—Todavía no se decidía si darte esto o no —respondió.

En su mano había una carta sellada. Extendió su brazo para ofrecérmela, así que supuse que la decisión había sido tomada. Me acerqué para aceptarla. Examiné el sobre gris y en la parte trasera estaba escrito el nombre de Vanessa y unos números.

—Esa es la fecha en la que la carta debe ser leída por Vanessa —explicó Amanda sin necesidad de preguntarle.

Como en las otras ocasiones, su voz no era su voz, sino que había un tono ajeno a lo terrenal. Era un completo enigma. Uno que incluso a veces me daba escalofríos. No recordaba su pasado y nadie la reconocía, mas había algo en ella que me era familiar; solo que no podía descifrar qué. Los Tres coincidían conmigo, pero ni siquiera ellos habían dado con las respuestas. No estaba en los planes de Diana darlas todavía.

—Entiendo, gracias —respondí lo único que se me ocurrió. Abrí uno de los cajones de mi escritorio y guardé la carta allí—. Prometo cuidar de la carta hasta poder entregársela.

Solo esperaría a que se acercara la fecha estipulada. La conocía y sabía que probablemente no aguantaría la tentación de abrir la carta antes de tiempo. Con los designios de la diosa era mejor no desobedecerlos. Por algún motivo era necesario abrir esa carta en esa fecha. Llegado el momento, coordinaría con Wyatt para entregársela.

—Bien.

Amanda caminó hacia mí, con la falda de su vestido de corte sencillo moviéndose con una brisa inexistente en la habitación. Se detuvo a unos centímetros y la intensidad en sus ojos me dejó paralizado. Agarró mi mano y buscó mi anillo de casado para depositar un beso en él.

—Pronto volverás a reunirte con tu Estefanía. Ya falta poco.

Arthur

Era de esos días malos. En los que todo estaba demasiado tranquilo y la soledad me hacía presión en el pecho. Luego de tantos años había aprendido a ignorarla, pero en momentos así, no había distracción suficiente.

Una pelea de pasillo que se saliera de control. Un Descendiente de Imm o un Maldito de Aithan violando el perímetro. Lo que fuera que me obligara entrar en acción y ocupara mi mente. Que me hiciera sentir útil una vez más.

No era que le deseara mal a los míos. No. Yo los amaba y dependían de mí. Eran mi razón de ser y solo por ellos no seguí a Estefanía a los dominios de la diosa.

Mi dulce y hermosa Estefanía…

Con un suspiro, me deshice de mis zapatos en una esquina de la oficina y me coloqué las pantuflas. Había pasado casi una hora desde la salida del sol y ya en ese momento del día era menos probable que se presentara algo. Una vez guindada la chaqueta en el colgador, me serví un trago y senté en mi sillón reclinable.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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