Neblina Púrpura | Trilogía Inmortal I

Capítulo 26 | La boda

Era la hora.

Abandoné la cama poco después de la partida de Alan. Sí, me había rechazo, no obstante, las energías positivas que me generó permanecieron. Tenía razón. No importaba si me acostaba con otro intentando olvidar a Drake, eso no significaba superarlo. Luego del momento de amnesia, el recuerdo volvería a amargarme la existencia.

Por eso me levanté y tendí el vestido sobre el colchón. El primer paso para dejarlo ir, para dejar nuestro pasado y amor ir, era asistir a esa boda y presenciar su unión con otra. A partir de allí, pondría la distancia que necesitaba y lo demás sería sencillo. El tiempo terminaría de curar mis heridas, dándome una segunda oportunidad para ser feliz.

Empaqué mis pertenencias justo como acordé con el rubio días antes. En cuanto culminara la ceremonia nos marcharíamos.

Me duché con calma e incluso me eché crema hidratante, la cual tomé prestada de Paula; un viejo hábito que no repetiría dentro de mucho. Me coloqué ropa interior limpia y sequé mi cabello formando algunas ondas en las puntas con la plancha.

No iba a ser una velada agradable, mas no evitaría destacar. Si lo que quería Corinne era verme derramando lágrimas tumbada en el suelo, estaba muy equivocada. Iría despampanante y con la frente en alto, con la máscara puesta, indiferente a lo que ocurría.

El vestido me quedó a la perfección. La costurera hizo honor a su prestigio y efectuó las modificaciones que le indiqué, dando como resultado una prenda con escote de corazón adherido al cuerpo con un cierre invisible en la espalda y una cinta alrededor de la cintura. Los pliegues y adornos floreales lo hacían una opción que utilizaría gustosa de ser una ocasión distinta.

Montándome sobre los zapatos cerrados de tacón bajo, solo faltó el maquillaje suave para estar lista.

Alan arribó por mí en el instante preciso. Tocó dos veces levemente la puerta antes de entrar y, antes de que me dedicara un halago respecto a mi aspecto, lo tomé del brazo y halé de vuelta al pasillo.

—No es necesario tener prisa. Todavía faltan treinta minutos para que la luna llegue a su pico más alto —dijo él intentado seguir mi ritmo.

—Mientras más rápido me siente en el templo, más rápido sentiré que esto acabará. Además, no quiero tener que maniobrar entre tanta gente para llegar a mi puesto en primera fila.

Llegamos al exterior y la brisa que nos recibió fue tan gélida que me erizó la piel. Las luces decorativas en las plantas, acompañadas por las velas en antorchas clavadas al suelo a lo largo de los caminos empedrados, iluminaban las figuras de los presentes. Miembros de la manada, integrantes de otras, e incluso varios cazadores y hechiceros estaban dentro de lo que detallé conforme avanzábamos.

Trajes elaborados y peinados extravagantes, se mezclaban y destacaban entre distintos estilos. Todos tan diferentes, pero reunidos en un mismo lugar por un evento significativo. Alfas aliados, puros, impuros, los que antes nos cazaban y los que imponían las reglas en nuestro mundo convivían como nunca creí verlo. Se trataba de una ocasión importante, y la presencia de todos ellos debía ser una razón de peso para que Drake se casara. No podía retractarse con tantos ojos puestos en él y en su rango.

El templo de Diana se hallaba en una esquina de las instalaciones rodeado por un número específico de árboles y arbustos, así como puñados de flores moradas. Era una estructura de cuarzo compuesto por la habitación central y dos secundarias a los costados. No poseía ventanas, sino aberturas alrededor de un agujero principal en la cima del techo con forma de cúpula.

La entrada de metal abierta permitió mirar el altar al final del pasillo. Un arco adornado con más flores coloridas tenía a cada lado otro arreglo y velas en soportes que descendían en altura. Más allá, una estatua de la diosa aguardaba por la hora de presenciar la unión de los novios.

—Todos te están observando —susurró Alan después de tratar de disimular plantando un beso en mi mejilla—. Ya no puedes retractarte.

Inhalé hondo, notando en ese instante que me había quedado inmóvil. Solté el aire despacio y luego tomé la mano del rubio. Él apretó la mía, transmitiendo la fuerza que supo necesitaba. Le brindé un breve asentimiento para indicar que todo estaba en orden y accedimos al lugar.

Ya la mayoría de los bancos eran ocupados. Los que se encontraban sentados eran miembros e invitados importantes, mientras que los que yacían de pie, por no haber suficientes asientos, eran impuros y uno que otro puro. No todos iban a caber en ese espacio limitado, pero sí los primordiales.

No tuve cabeza para buscar rostros conocidos. No me pregunté si Lisa había hallado el vestido y había asistido a pesar de los intentos de Amanda. No intenté ubicar a Ian y a Paula para saber que contaba con ellos. Llegamos a nuestros puestos y me senté sin pensar en nadie más.

Alan me apoyó en silencio sin separar nuestros dedos entrelazados sobre su regazo. No habló con los que se encontraban junto a él, como todos lo hacían para matar el tiempo. Él también se sentía fuera de lugar.

Podía escucharlos murmurar cosas de él, acerca de si en verdad era el bastardo de Humbert Seward, y de cómo dejó de ser humano. Como si importara. Prefería que estuvieran chismeando sobre mí, la pobre convertida que creyó estar a la altura de un alfa.



DianaMN

Editado: 01.09.2020

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