Nívea

5. LO QUE PODEMOS SER

 

Sabemos lo que somos,

Pero no lo que podemos llegaremos a ser.

William Shakespeare

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El reloj de pared del pasillo marcaba las dos y media de la madrugada, la hora en la que todas las niñas deben estar en su sexto sueño y no levantarse por nada del mundo. Los pasillos estaban prácticamente a oscuras a excepción de algunos candelabros cada ciertas esquinas o colgados en algunas paredes además de los que llevaban las monjas que estaban de guardia.

Aún no sabía cómo íbamos a ser capaces de esquivarlas sin ser vistas u oídas; me parecía realmente descabellado, aunque Morgan parecía encontrarse totalmente tranquila y segura de lo que estaba haciendo.

Tiró con fuerza de mi brazo, caminando sin zapatos para evitar el ruido al caminar. Morgan se desvió de camino a la cocina y comencé a alertarme:

-Eh,¿Pero qué haces?

-Vamos a cenar bien esta noche; nos lo merecemos después de todo lo que hemos pasado.

-Pero la cocina siempre tiene guardia, Morgan; van a vernos-Le dije nerviosa.

-No van a vernos-Me contestó con cierta oscuridad en sus ojos, ¿Qué estaba tramando?

Cuando entramos a la cocina, una de las monjas estaba sentada poniéndose las botas comiendo pan con queso.

Maldita sea…y nosotros comiendo porquería que además estaba siempre en mal estado. Morgan me miró con una expresión pilla, alejándose de mí para ir a la zona de especias del armario del fondo de la cocina. Para llegar a él, debía de pasar por detrás de Sor Lucía y ella precisamente no pecaba de mal oído.

Pero, a pesar de mis negativas y pensamientos de que no lo lograría, se deslizó como si de una lagartija se tratase sin hacen el menor ruido. Sor Lucía ni levantó la vista o hizo algún movimiento extrañada; era como si Morgan fuera una brizna de aire silenciosa.

Tras unos minutos donde ella se encerró en la despensa de especias, salió con un bote de color rojo y una mirada macabra. Comenzó a caminar hacia Sor Lucía, vertiendo un poco del bote en sus manos. Cuando ella levantó la vista tras un ruido proveniente del exterior de la cocina, Morgan echó sobre el pan un poco de las especias que se había vertido en la mano. yo la mirada consternada y expectante, con un dolor en el estómago que no me permitía ni respirar sin dolor.

Tras esconderse de nuevo en el armario de las especias, Sor Lucía siguió comiendo y mis tripas comenzaron a rugir. Suplicaba porque no me oyese, pero tal era la orquesta que hasta un sordo me hubiera descubierto.

Entonces ví como Sor Lucía se levantó mirando en mi dirección, percatándose del ruido que yo hacía, pero tras dar el tercer paso, ella calló desplomada haciendo salir a Morgan de su escondite.

Ella parecía aliviada y yo no cesaba de mirarla de forma acusadora, ¿Qué le había hecho?

-Y al tercer paso…se murió-Dijo con una pequeña sonrisa mientras que le tomaba el pulso a Sor Lucía. Yo no podía creerlo…la había matado.

Comencé a alejarme de ella asustada, ¿Cómo podía haber sido tan cínica una niña de apenas 10 años?

-No te entiendo Nívea, ¿De quién huyes, de mí? ¿Crees que yo soy la mala en esta historia?

-Has matado a alguien, ¿Qué le diste?

-Accedí a la enfermería una de las noches y miré el historial médico de cada una, sobre todo el apartado de alergias, por eso descubrí que Sor Lucía era alérgica a la cayena molida.

Ella lo explicaba con tanta naturalidad que me comenzaba a asustar. Morgan no mostraba ni un ápice de arrepentimiento o de tristeza; ella estaba disfrutando de aquel momento.

Morgan caminó hasta ponerse a mi altura mirándome con seriedad; temía a ese monstruo.

- ¿Arrepentimiento Nívea? ¿De qué voy a arrepentirme, de matar a mi enemigo, de defenderme del león que nos acecha a todas, de sobrevivir?, deja de comparecerte y saca las uñas, defiende tu vida porque si no morirás siendo un saco de tripas sangrantes y malolientes.

- ¿Cómo…?

- ¿Cómo leí tu mente?, es tan fácil ver lo que piensas, ese es tu mayor error, te expones demasiado y eso el enemigo lo nota.

-Morgan, ¿Qué pretendes? ¿A dónde me querías llevar?

-Pretendo salvarnos la vida a ambas y si tengo que pasar por encima de una pila de cadáveres que yo misma he matado, lo haré. Ahora, ven conmigo.

Tras tomar varios trozos de pan y queso guardándolos en su delantal, ella tiró de nuevo de mi brazo, apretando de nuevo el paso. Tras salir de la cocina, comenzamos a caminar despacio vigilando todos los puntos muertos para evitar tropezarnos con una de las monjas que estaban de vigilancia. No tardarían en darse cuenta del cadáver de la cocina y algo me decía que me iban a inculpar a mí, “la niña anti cristo”.

Llegamos a la puerta que conducía a los sótanos; el lugar vetado para todas nosotras y donde se encontraba la morgue para aquellas que fallecían desnutridas o tras una paliza de muerte. Morgan giró la enorme palanca que la mantenía cerrada, tomando la llave colgada de su cuello que escondía dentro de su vestido.



Black_Thunder

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En el texto hay: misterios, internado, sobrenatural

Editado: 30.04.2018

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