No me odies #5

Capítulo 26

Afuera seguía lloviendo, mientras que dentro se respiraba un ambiente cargado de tensión y deseo. Solamente una vela los iluminaba, cuya llama era débil dejando más sombra que luces en la habitación. Charles se alejó, pero no mucho, para quitarle con delicadeza las gafas y dejarlas en la mesita de noche, a pesar de que su dueña quería llevarlas puestas. 

— Por favor, no puedo verle — gimoteó sintiéndose más a expuesta a él. 

La atrajo hasta sentarla en el filo de la orilla de la cama y se adentró en el hueco que dejaba entre sus piernas. Tomó nuevamente su rostro, acariciando con los pulgares sus mejillas húmedas. Observó sus ojos cristalinos y vidriosos, quiso calmarla. 

  — Si estoy cerca — apoyó su frente, mirándola y bebiendo de sus labios entreabiertos, abultados y enrojecidos por los besos anteriores, el aire que soltaba —, ¿me ve?

Clare asintió sin poder articular palabra, sus manos pequeñas cubrieron las de él. Ambos se ahogaron en cada mar de sus miradas antes de acortar la distancia que había para besarse con locura. Se abrazaron, queriendo sentir la piel del otro. 

  — Deseo estar dentro de ti —  murmuró al apartarse. Fue depositando besos sobre su frente, sus mejillas, su nariz hasta su mentón, donde le mordisqueó sin vergüenza —. No simplemente físico; quiero llegar hasta su alma.

 Su grave voz, sus labios, sus dientes, eran azotes que la estimularon, naciendo en ella  una nueva necesidad  en su vientre. Era ardiente y doloroso, pero no era un dolor angustioso, era diferente.

Su boca regresó a ella mientras sus manos comenzaron a deslizarse por el fino camisón que llevaba. Este estaba mojado por culpa de haberse rozado con la ropa húmeda que llevaba. La tela de la prenda se le adhería como una segunda piel que no dejaba nada a la imaginación. Aún así quería sentirla bajo su tacto. 

Trató no ser brusco. No quería asustarla con sus caricias torpes y bruscas; fue despacio tocando por encima de la tela hasta llegar sus pechos, cuyas puntas se erizaron al sentir los dedos masculinos sobre ellos.

Aunque solamente estaba la tela, que era lo único que le separaba sus manos de su piel, sintió el toque de sus dedos como un rayo, que la partió en dos. No la dejó tranquila, ni por un momento; él  comenzó a pellizcar con una deliciosa torturalas puntas erizadas. Se removió contra su cuerpo y gimió cuando la necesidad fue en aumento. Él no dejó de juguetear con ellas, acariciándolas suavemente,  luego pellicándolas como pinzas, produciéndole un agonioso placer. Notando como el cuerpo de ella respondía a sus traviesas manos, dejó de torturarla, provocando que se volviera más apremiante el deseo. 

  — Por favor... 

Era peor que antes. Si no la tocaba, se sentía más vacía, frustrada e impaciente. Era horroroso, cuando el placer retrocedía y se alejaba de ella. 

—  Shhh —   se apartó unos segundos para desabotonar la parte delantera del camisón, alargando más el tormento.

La piel desnuda fue dejándose ver lentamente. Deslizó la prenda hacia atrás para desnudar su hombro. Allí dejó un beso, que ella sintió como otro latigazo en su feminidad, derritiéndola y haciendo que el placer volviera con más fuerza.

 Jadeó y arqueó el cuello.

 Él fue bajando más el camisón hasta dejar gran parte de piel de sus senos, atormentándola porque aún no los tocaban como había hecho antes. Tiró más del camisón hacia abajo, dejándolos expuestos al aire frío. Los sintió pesados y necesitados de sus caricias.  

  — ¿Qué quieres que haga? — su pregunta la enardeció y no supo qué contestar.

 Percatándose de la mudez de ella; pensó en ayudarla. Los tocó rodeándolos con sus grandes palmas, amasándolos.

— ¿Esto? — asintió, mordiéndose el labio — ¿O esto?

No se percató de su intención hasta que sintió la boca ardiente en uno de ellos. Succionó el pezón como un dulce se tratara de saborear y lamer mientras la otra mano reanudaba los pellizcos en el otro pezón. Su cuerpo se tensó más, y más hasta romperse, y no pudo contener la avalancha que la arrastró y  quedarse laxa. No supo que había cerrado los ojos, ni había sentido caer sobre el colchón.  Nublada por el sopor que que la había dominado, sintió otra sensación, más imperiosa aún. 

El hombre no se quedó quieto, le quitó el camisón desabotonado y lo dejó en el suelo. Fue besando y mordisqueando la piel  desnuda, desde su  estómago hasta más abajo, dejando un reguero tórrido en la piel. Cada beso que le prodigaba, iba directa abajo. 

Abrió los ojos asustada y le impidió que continuara.

—¿Qué hace? — ella se irguió apenas sin fuerzas sobre los codos  —. No debe. 




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