No seré tuya #4

Capítulo 13

Las velas iluminaban con el mayor esplendor  a las parejas que bailaban en el salón de baile. Entre vuelta y vuelta, los bajos de los vestidos creaban círculos de colores sobre las figuras de las damas. Los vestidos de las mujeres creaban contraste con los trajes sobrios de etiqueta que llevaban los hombres. 

No era una fiesta cualquiera. Los invitados se habían vestido con las mejores galas. Pero no todos ellos bailaban; unos se dedicaban a charlar sobre los últimos chismes  como las señoras alcahuetas, sentadas en un lugar del salón, o los señores que hablaban como monotema la expansión de las fábricas en Londres. Otros, o mejor dicho, algunas jóvenes, se dedicaban a mirar las parejas de baile esperando que alguien las sacara a bailar. 

Por suerte, para la señorita Caruso estaba disfrutando del baile a mano de su hermano Charles, que había sido el primero en pedírselo. Aunque fuera dos años más joven que ella, su hermano tendía ser más protector que ella hacia él.  No quería que los caballeros presentes fueran atrevidos  o la humillaran por no pedirle ningún baile. Una idea muy absurda porque no creía que en la propia de la casa del anfitrión se sobrepasara o insultara a la sobrina del duque Werrington.  

 — Te agradezco el gesto de sacarme a bailar, hermano. Pero no hacía falta que lo hicieras. No iba a languidecer esperando a que otro lo hiciera. Ni me iba a molestar en el caso que no ocurriera — disimuladamente echó un vistazo por encima del hombro pero su hermano se dio cuenta.

— Si nadie te saca es bailar, es ciego. Estás preciosa — ella se alegró por el cumplido pero no creía que fuera tan hermosa como otras mujeres que habían en el baile.

Por ejemplo, como la señora Garnier.

 Era una mujer de cabellos rubios con el rostro en forma de corazón. Su piel parecía hecha de porcelana y sus ojos parecían dos esmeraldas brillantes. Era muy bella y parecía que había simpatizado con el duque a primera vista.

 —¿Alguien ha captado tu atención? — preguntó su hermano interrumpiendo sus pensamientos. 

Ella frunció el ceño dejando atrás la tarea de buscar al duque, que repentinamente había desaparecido entre la multitud. 

¿Dónde estaría?

  — ¿Por qué lo preguntas? — intentó concentrarse en el baile pero no pudo —. Lo siento, no soy muy buena bailando.

— Ya lo creo. Me has pisado unas cuantas veces... — entrecerró la mirada —. Me da la impresión que estás buscando a alguien.

— Lo siento. Y no... no estoy buscando a nadie — se le daba mal mentir  y sus mejillas se tiñeron de rojo.

Su hermano movió la cabeza.

— No lo creo. Llevas distraída desde que te saqué a bailar — estiró el cuello echando un vistazo del posible candidato que había captado la atención de su hermana.

  — Shhh. No está aquí — se regañó mentalmente por haber sido descuidada.

— Ah, sí que estaba — entrecerró la mirada  y su hermana soltó entredientes una palabrota.

— Esa boca —  le regañó con cariño.

Por suerte, los músicos dejaron de tocar. 

— No me voy a disculpar por ello, Charles — se apartó antes que su hermano comenzara con un interrogatorio que ella aún no estaba preparada en responder. 

 Al apartarse de su hermano, otros jóvenes se acercaron a ella para pedirle la próxima pieza de baile.  Sin embargo, el interés de estar bailando había decaído y no quería ser una compañera de baile pésima para ellos. Así que tomó la sabia decisión de retirarse. Se inventó una excusa como que le dolía la cabeza para estar sentada y no la molestaran. Ignoró la mirada irónica de su hermano mientras pillaba un asiento entre las otras jóvenes y las señoras de mediana edad. Su madre, Diane, fue hacia ella preocupada.

  — Me ha dicho tu hermano que te duele la cabeza — le tendió un vaso de ponche —. ¿Quieres un poco?

— Sí, gracias — se fijó que el vaso estaba lleno y tomó de ese rico ponche con un rico sabor a fruta   —. En realidad, no me duele. Quería tomar un breve descanso. 

  —  Entiendo. Puede resultar agobiante... 

— Sí — suspiró y miró el vaso moviéndolo entre sus dedos.

Diane iba a decirle algo pero se calló atrayendo la mirada de su hija adoptiva. Se alarmó al verla que no tenía buena cara. Su rostro estaba palideciendo. 

  — Llama a tu padre — le demandó con urgencia. 

Alice no dudó en hacerlo; no sabía lo que le pasaba a su madre pero no era algo bueno. A Dante lo encontró hablando con otros señores. Entre ellos, estaban su tío Matthew y los maridos de la señora Potter y Bennett.

 Dante al darse cuenta de su presencia y de su mirada alarmada. Se disculpó con los caballeros y fue hacia su hija.




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