No te mentiré #3

Capítulo 23

— Lo siento, Ingrid — con cuidado y no hacerla más daño del que había hecho en el pasado, retrocedió un paso —. Estoy atado de pies y manos.

Se sentó encima de la colcha y se cogió la cabeza apesadumbrado.  

— ¡Pues le doy permiso por si quiere acostarse con ella!

— No lo dirá en serio.

— Con ella no discute, ¿verdad? No me importa, lord Darian. Todo esposo tiene una amante, quizás ella le puede complacer cosa que yo nunca haré, ni me molestaré en hacerlo.

¡Maldición, Ophelia!

Podría haberlo hecho, bien que su alma herida necesitaba cariño y un poco de consuelo porque ya no podía más soportar los continuos rechazos de su mujer. Sin embargo, no le podía ser infiel. Notó que a su lado, se había sentado Ingrid mirándolo con compasión.

  — Darian, otro hombre con menos escrúpulo hubiera aceptado. Ojalá pudiera ser ese hombre para que yo pudiera amarlo como se merece.

Él negó con la cabeza y soltó una risa amarga.

— Es demasiado tarde, Ingrid. Aunque por una parte de mí, no lo niego, desearía olvidarme de todo, de mi vida, de mi esposa... 

De sus desprecios. 

  — Pero ama a su esposa, ¿verdad?

Él no lo negó. Su silencio le dijo lo que temía la joven. Aun así, ella no se cansaría de intentarlo. Lo amaba demasiado para pensar en la otra mujer que era su esposa.  

  — Debo marcharme, se me está haciendo tarde.

Se levantó dándose cuenta que no podía quedarse más tiempo en esa habitación y en compañía de Ingrid aunque, siendo sincero, no le apetecía volver a casa y recibir otra vez la pesada soledad.

—   Darian —  le llamó antes que se fuera por la puerta —. Si algún momento decide ir a Mansfield y buscarme, no se lo piense. Lo estaré esperando.

Él asintió y se fue sabiendo que dejaba una gran mujer, que sin embargo, no le provocaba la cuarta parte que lo hacía Ophelia. Estaba maldito, lo sabía. Porque podría haber sido otro hombre, la habría engañado. Sin embargo, su estúpido corazón no dejaba de latir por su mujer. ¡Ojalá hubiera encontrado el remedio para combatir su obsesión por ella! Pero era demasiado tarde, desde que puso sus ojos sobre ella la primera vez, ya había sido maldecido por amarla sin que ella lo correspondiese.

 

Cuando llegó a casa ya entrada la medianoche, se respiraba demasiada tranquilidad para su gusto. Fue hacia la biblioteca y dejó el maletín en el suelo sin preocuparse si estorbaba o no. Fue directamente a la alacena donde tomó la botella de whisky, el mejor que había tenido lord Perrowl. Ese hombre si que había sido promiscuo sin importarle si hacía daño a lady Perrowl o no. Quizás debería aprendido de su ejemplo. 

Antes de tomar un vaso entero, hizo un brindis por su viejo amigo a quién no le importó engañar a su mujer. 

Hizo otro brindis, dirigido a él mismo, por ser un hombre dominado por el corazón. ¡Ay, l'amour!

Perdió la cuenta de los  vasos que había tomado. Uno tras otro. Aun así consideró que no eran los suficientes para apagar el dolor de su pecho. Miró la botella vacía con desagrado y la dejó en el suelo. 

En su vida, nunca se había emborrachado, bueno sí, en su época de jovenzuelo. Eso sí que eran buenos tiempos de despreocupación y desmadre. Sin embargo, ahora su cuerpo no estaría preparado para esa juerga. Estaba con la sensación alegre en el cuerpo adormeciendo otras emociones. 

Decidió, a pesar del embotamiento del alcohol en su cabeza, de irse a la cama porque el sofá le sería incómodo, y también, el sillón. Sin embargo, el trayecto de la biblioteca hacia su dormitorio fue bastante ruidoso porque se tropezaba y casi se había caído al suelo.

A lo mejor, estaba demasiado piripi. 

Su abuelo si lo viera, le había echado la bronca del siglo. ¡Ay, el viejo cascarrabias! Cogió el picaporte del que creía su habitación, y sin querer, entró en la de su mujer que lo vio sorprendida al verlo en ese estado.

  — ¿De dónde viene? — se levantó del alféizar  y se acercó a él con la nariz fruncida —. ¡Está borracho!

Él sonrió burlonamente. Sí, había echado de menos la dulce voz de su esposa. 

    — ¿Qué hace despierta?  — Ophelia abrió los ojos cuando vio a su marido siempre firme, tambaleándose de forma dramática. Se dio con la puerta y acabó en el suelo. Sentado y riéndose como un desquiciado  —. Seguramente no ha estado despierta para esperarme.

— Shhh, no grite  —le regañó. 

Se acercó a él y lo intentó levantar pero pesaba mucho. Además, él no la colaboraba.

    — ¿Mi esposa, preocupada?  — chasqueó la lengua y le cogió de su mano arrastrándola hacia su regazo.




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