Nos Canta El Amor

10. PERDONAME

«Que loco fui y ciego también, tenías la razón lastimé tu querer, y hoy que te perdí me humillo ante ti, acéptame otra vez»

BRAULIO

Volvíamos el viernes del posgrado riéndonos de nuestra desgracia. Nos habían dejado tarea como si fuéramos niños castigados de primaria y, en lugar de preocuparnos, planeábamos las excusas de no haberla logrado terminar. Porque en serio parecía que no la terminaríamos ni esta ni en otras dos vidas más.

—A mí en primaria ya no me creían lo de que mi perro se comió la tarea, pero él era adicto a mis cuadernos —dije mientras llegábamos al piso donde estaban nuestros departamentos. Georgina movió la cabeza divertida.

—Mis cachetes ya no soportan otra más de tus excusas —dijo sobando furiosamente sus mejillas.

—Parecen divertidos —bufó el chico rubio de ojos claros que, en cuclillas, se encontraba recargado a la puerta del departamento frente al mío.

—¡Marcos! —exclamó Georgina con mucha sorpresa. El hombre que yo más odiaba se levantó del piso y se encaminó a aprisionar entre sus brazos a la mujer que yo más amaba—. ¿Por qué estás aquí? —preguntó mi amada Gina después de recibir el beso de su novio.

—Quería conocer Pamplona —dijo él pegando su frente a la de ella, haciéndome rabiar a mí.

Sin separar sus cuerpos Georgina nos presentó.

—Hola, gracias por cuidar de mi novia —dijo él, recalcando el "mi" en la frase.

—Es un placer poder hacerlo mientras comparto el día entero con ella —dije con una enorme sonrisa, presionando con tanta fuerza como podía la mano que me extendía, él hizo lo mismo.

—Pero en las noches es toda mía —soltó él logrando borrar la sonrisa burlona de mi cara.

Georgina, que no se mostraba ya nada divertida, nos miró con desgano y se encaminó a su departamento dejándonos a los dos presionado nuestras manos que no se soltaban. El tal Marcos me soltó al fin y la siguió llevando la maleta consigo.

—Eso fue tan infantil —fue lo último que escuché de ella mientras sacudía mi mano adolorida y, aunque parecía que era para el chico que sonreía como el idiota que era, la mirada que me dirigió antes de cerrar su puerta sugirió que el reclamo era para ambos.

—Maldita sea —dije estampando la puerta de mi casa. Estaba tan furioso de verlo abrazarla y besarla como yo no podía hacerlo—. Es un imbécil —musité golpeando con mi puño la pared.

Era completamente horrible mi situación, ahora la tendría todo el fin de semana pegada a ese estúpido médico que había señalado claramente mis límites.

Lo odiaba demasiado, odiaba verlo llenándola de besos y pegado a ella como si fuera un muégano. Todo por hacerme molestar, porque ella no parecía estar tan acostumbrada a tantos mimos, o eso me mostraba su clara molestia.

Lo peor de todo fue esa noche, cuando unos sugestivos sonidos me hicieron rabiar hasta perder el control de mí mismo. Furioso fui a golpear la puerta de mi vecina, que pareciera estar pasando un muy buen rato con su novio.

Con la mano empuñada hice tres golpes fuertes, y la puerta abreindose me obligó a contener un cuarto golpe que, de haberlo dado, le habría roto la nariz a Georgina que me miraba un poco sorprendida.

—Creía que... —comencé a hablar y ella me interrumpió.

—¿Y aun así vienes a tocar la puerta? —preguntó adivinando la continuación a mi frase—, que aguafiestas. —Reí nerviosamente.

»Es una película —dijo saliendo al pasillo—, el idiota está intentando molestarte, aunque con lo sugestiva que está la película no puedo ni concentrarme en lo que estoy leyendo.

—¡Bendita tarea! —exclamé y, sonriendo, Gina negó con la cabeza—. Comenzaba a preocuparme —dije riendo nervioso y apenado—, creí que no tendría oportunidad. No recuerdo haberte hecho gritar de esa manera —solté ganándome un golpe de su puño en mi brazo.

Gina sonrió divertida, suspiró y volvió a dejar que la melancolía le llenara la cara.

—Aunque no fuera mejor que tú en la cama, no hay oportunidades entre nosotros —dijo algo apesadumbrada.

—¿Qué quieres decir con "Aunque no fuera mejor que tú en la cama", eh? —pregunté ignorando el hecho de que volvía a negarse rotundamente al nosotros. Gina sonrió con sorna.

—¿Quién sabe? —dijo llevando sus manos detrás de su cuerpo, recargándose en la puerta y levantando una ceja.

Iba a jugar un poco más con ella, pero los sonidos eróticos se dejaron de escuchar y los pasos acercándose a la puerta me pusieron en posición de guardia.

—Se supone que me lo hago solo y gimo como vieja —se quejó el médico con su novia que abrazaba por la espalda.



MaryEre

#2330 en Novela romántica
#615 en Chick lit

En el texto hay: drama y tragedia, malentendidos, amor

Editado: 30.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar