Nuestro último lugar en el mapa

Capítulo 35

Mi madre decía, si conoces a un chico que nunca se rinde e insiste en quedarse a tu lado contra viento y marea, no lo dejes ir, aún más si te ha visto en tus peores momentos y aún así te quiere. No pude dejar de pensar en ello mientras nos alejabamos de la pequeña ciudad por campos verdes y llanos con algunos pocos árboles que bordeaban el camino, confiando en el gps para llegar a nuestro destino en una tierra desconocida. Había sido complicado porque el aeropuerto estaba al otro lado de nuestro lugar de encuentro y habíamos tenido que tomar una calle principal llena de tráfico para llegar al camino correcto. Me preguntaba si él llegaría primero... o tal vez ya estuviera allí. Con curiosidad y anhelo, después de haber ignorado como veinte llamadas de su parte, decidí llamarlo de vuelta y él contestó de inmediato, casi como si hubiera estado esperando mi llamada todo ese tiempo.

—No te has ido, ¿verdad? —Preguntó asustado.

—¿Qué es lo que menos te gusta de mi? —pregunté de forma repentina.

—Que siempre huyes de mi.

—Pero, aún así me amas —, ya no era una pregunta, lo había escuchado decirlo tantas veces que ya lo creía.

—Es cierto, aunque me empujes fuera de la cama y explotes mis habilidades de cocina cada vez que quieras, pese a que no estés aquí en este preciso instante y detestes despertar temprano en las mañanas.

—Lo de las mañanas lo acabas de recordar, ¿no?

—Sí —confesó. —Lil, ¿vas a venir? —vaciló.

El auto se detuvo y el señor Pérez me miró incitándome a salir de una vez antes de que me arrepintiera; pero, ya no había forma de volver atrás. A lo lejos vi el faro que Al había mencionado una vez y una pequeña figura a su lado. Lo contemple por varios minutos con la certeza de lo que sucedería y cuál sería el rumbo de mi vida desde ese punto en adelante. ¿Valía la pena?

—Vamos, empieza a caminar —dijo mi abogado impaciente.

—Gracias —dije al señor Pérez con una sonrisa amable.

—¿Con quién hablas? —preguntó Al.

Empecé a descender por el camino con leve inclinación que llevaba a la pendiente que Al tanto había nombrado. El camino se sintió más largo de lo que esperaba, probablemente porque quería alcanzar el final de una vez por todas. Así que empecé a correr en algún punto sin poder soportar más el pasar de los minutos. Mientras mi mente me dejaba claro la respuesta a mi pregunta. Sí, valía la pena y mucho más.

—Hay algo que he querido decirte todo este tiempo —dije y lo vi girarse, descubriéndome y dejando su telefono caer sobre el pasto.

—¡Lilia! —grito mi nombre como si no pudiera creer lo que veían sus ojos, ¿de verda creyó que no vendría?.

Corrí con más fuerza y aunque no me consideraba muy deportista, me sentí digna de medalla olímpica en ese momento. Alexander también comenzó a acercarse en mi encuentro y cuando estuve lo suficientemente cerca me lancé a sus brazos y él me atrapó en el aire, aferrándose a mi con fuerza como si no creyera que me encontraba allí frente a él. Nuestros ojos quedaron conectados por largos segundos y una sonrisa se extendió en nuestros rostros.

—Yo también te he extrañado, Al —le dije sin aliento. —Todos los días desde que amanece hasta que anochece —, él me miró fijamente. —No quiero estar otro día más sin ti.

—Entonces, no vuelvas a dejarme.

—No lo hare, nunca más.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —dije mientras rodeaba su cuello con mis brazos y reclamé aquel beso que había deseado desde que lo había vista en aquella pequeña sala de reuniones. Saboreé sus labios y me perdí en su boca en un remolino de sentimientos demasiado profundos que exigían más y más de nosotros. Supe en ese momento cuánto lo necesitaba, él dijo que yo tenía cada parte de su corazón, me parecía que él también tenía el mio y ni siquiera sabía desde cuando. Me separé de él por un minuto para observar sus rostros y delinearlo con mis manos, recordando cada parte de él y negándome a olvidarlo. Él me miró fijamente embelesado y le sonreí, finalmente sintiendo que estaba completa y feliz.

—Entonces, ¿empezaremos de nuevo?

—Haremos todo lo que no hemos hecho, además, debemos llenar ese mapa de nuevo y ver todo lo que no pudimos. Ah, y tienes que conocer a mis padres, ahora que lo he hecho público ya no habrá escapatoria —dijo divertido por mi expresión de terror. —Ya te dije que te amo.

—Me estas chantajeando —me reí. —Bueno, me gusta escucharlo.

—Entonces lo diré todos los días.

—No seas demasiado cursi —le advertí. —También te amo.

—No sabes cuanto deseaba escucharlo —me miró con calma y sosteniéndome aún en sus brazos, con nuestras bocas demasiado cerca y llenos de ansias.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: novelajuvenil, secretosymentiras, realeza

Editado: 23.08.2018

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