Obsesión de Kylian

CAPÍTULO I

 

Cuando siento los tibios rayos de sol en la piel, me desperezo en mi cama y desordeno las sábanas.
Hoy es mi primer día de clases en la universidad, y la verdad es que no me emociona mucho la idea.

Mi madre —como siempre— se fue al trabajo sin despedirse y me he quedado sola en esta gran casa. Hace menos de un año vivimos aquí en Rumanía, ya que la empresa donde mi madre trabaja, pidió su traslado. Originalmente nací en esta ciudad, pero nos fuimos a Nueva York a buscar un mejor futuro cuando apenas yo era casi una bebé. Aunque ya se sabe que por cosas de la vida, algunos acabamos regresando a nuestro lugar de origen.

Tomo la mochila y mi caja de cigarrillos. Salgo de la casa mientras acomodo un poco mi cabello negro y largo, muchas veces ni lo peino en días. No me interesa mucho arreglarme, por lo que me he puesto unos jeans anchos, tenis y una camiseta básica negra. Camino a paso lento por las calles que están llenas de hojas secas, el viento las eleva violentamente. Me pongo mis auriculares en los oídos y le subo el volumen a la música clásica que me hace sentir menos miserable, dicen por ahí que las notas de piano llevan esperanza a donde no la hay.

Enciendo un cigarrillo antes de ingresar al clásico edificio. Mi madre me inscribió en la carrera de psicología en la Universidad de Bucarest, porque está convencida que esto ayudará a sanar mis problemas depresivos y traumas. ¿Acaso piensa que es así de sencillo?, estoy muerta en vida y nadie puede entenderme.

Recuesto mi cabeza sobre el tronco de un árbol de cerezos mientras me fumo el humeante cigarrillo. «El cigarrillo te mata». Observo con sorna al chico pelirrojo que acaba de decir aquello, el cual me observa con grandes ojos.

—Y eso a ti no te importa... —musito con fiereza.

Lanzo la colilla sobre uno de sus zapatos de cuero fino y sigo mi camino sin prestar la más mínima atención a sus palabras que me importan poco o una mierda. Entro al salón asignado y dejo que las clases pasen en aburrimiento. Es la hora y ni me entero del tema que habla el profesor.

—Señorita Moldoveanu, ¿qué opina sobre el tema? ¿Cree usted que lo sobrenatural existe y puede afectar la mente de una persona? —inquiere con mucho interés.

No quita su mirada de mis ojos ni de mis labios. Es muy incómodo. Apenas logro darme cuenta de su actitud, no me agrada para nada. Desvío los ojos y niego con la cabeza, respondiendo a su pregunta.

—¿Podrías explicarnos el  porqué? —Una chica pelirroja se interesa en mi respuesta. Me observa con demasiada atención, como tratando de descubrir mis pensamientos.

Levanto la mirada y veo fijamente hacia aquel hombre de ojos miel, cabello castaño y buen porte. Cuando mis ojos penetran los suyos, su semblante cambia a uno de sorpresa.

—Porque no me interesan esos temas. Además, ¿no es esta una clase de psicología?, aquí no entra lo sobrenatural. —Aprieto mis pálidos nudillos.

El aula queda en total silencio y el escandaloso timbre anuncia la hora del almuerzo. Tomo mi mochila y me levanto del asiento, voy hacia la puerta rápidamente, pero una mano toca mi brazo y siento mi corazón palpitar muy rápido. Aquel toque me quema y duele, mi respiración se vuelve irregular. No quiero tener otro ataque de pánico, no hoy... Los recuerdos de aquel maldito día vienen a mi confundida memoria y niego, me armo de valor y alejo rápidamente del agarre del hombre que frunce el ceño debido a mi actitud defensiva.

Señorita Moldoveanu, con todo respeto, esa no es la manera de responder en clases, sea más respetuosa...

El profesor habla con una parsimonia y bondad que me parece fingida.

—No sabía que aquí estaba prohibida la libre expresión. Y no vuelva a tocarme, por favor. —Lo miro con fastidio y doy la media vuelta para alejarme de él.

Me marcho de allí y voy hacia el comedor, pero no se me antoja nada, casi nunca tengo hambre. Si me mezclo entre tantas personas, van a notar mi estupendo ojo de vidrio y empezarán a hablar de eso, como todos lo hacían en Nueva York.

Salgo de la universidad y noto que todas las personas fijan su vista en mí. ¿Acaso soy la única nueva aquí? Bajo los escalones con prisa cuando un grupo de chicas me miran con atención, como si supieran quien soy, como si me conocieran. Aprieto mi mochila cuando un chico vestido totalmente de negro pasa junto a mí y susurra algo que el viento se lleva rápidamente: «Si juegas con fuego...». Me quedo estática. Aquella frase la he escuchado antes, creo que en una de mis tantas pesadillas sin sentido.

Todo es tan extraño aquí, las personas, los objetos... Todo grita peligro y no me gusta la sensación que siento en mi corazón. Antes he dicho que no creo en lo sobrenatural, pero no es así. Desde que era una niña tengo habilidades extrañas: sé si alguien tiene buenas intenciones o no, experimento premoniciones, puedo comunicarme entre sueños y tengo visiones del futuro y el pasado. Siempre he sido la chica extraña de todas, la estúpida, la loca. Siempre he ignorado aquellos dones malditos, pero en el momento que los necesité, los ignoré y volvieron cuando estaba rota para recordarme que mi sufrimiento me lo había ganado por confiada.

Sigo de pie en medio de la entrada que empieza a quedarse vacía. Aquel doloroso recuerdo me hiela la sangre una vez más...

«Llevo puesta mi mejor falda corta y mi blusa con mangas largas. Hoy quiero verme preciosa para él, Steven... Suspiro con solo recordar su nombre, estoy tan enamorada que nada podría bajarme de esta burbuja. Soy tan feliz porque el chico más lindo de la escuela se ha fijado en mí, en la rara invisible que se sienta en el rincón del curso.

Cuando estoy lista bajo al primer piso y agarro mi bolso, lista para encontrarme con él en la esquina de la calle.

—¿Qué tal, linda? —Steven se acomoda el cabello largo y me observa con sus ojos verdes.



Brenda Balzac

Editado: 04.11.2020

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