Obsesión de Kylian

CAPÍTULO V

 

Doy una vuelta sobre la cama, experimentando un ligero cosquilleo en el estómago. Voy hacia la ventana que también está cerrada con seguro y pongo mi mano sobre el cristal helado, observo los árboles de pino salpicados de nieve. El cielo está nublado, como cuando se aproxima una gran tormenta. Desde los días que he permanecido aquí encerrada, el clima siempre está igual, no cambia.

—Me han sacado de una cárcel, para traerme a otra... —susurro contra el vidrio y el vapor de mi aliento hace que se ponga borroso.

Recuerdo cuánto me gustaba hacer eso. Cuando era una niña escribía mi nombre y luego lo borraba para repetirlo una y otra vez.

Me giro exaltada y con el corazón latiendo fuerte. Gabriel se acerca a mí a paso rápido y deposita un beso en mi mejilla, para después regresar rápidamente a su posición inicial.

Un suspiro bastante sonoro se me escapa. Aquello me ha tomado por sorpresa, pero no me ha hecho sentir incómoda.

—¿Cómo entraste aquí? —Fijo la mirada en sus ojos celestes que me observan con avidez.

—Por la puerta. —Se encoge de hombros.

No sé por qué todo lo que hace me parece tan gracioso, así que sonrío levemente y asiento.

—Me refiero a cómo abriste el candado. —Lo miro expectante y él sonríe.

—Lo saqué de un golpe, nada complicado. —Se encoge de hombros otra vez y hace una mueca.

—¿Y Kylian no se molestará por eso?

—De todas formas él acaba de dar la orden para que te saquen de este encierro y comiencen a entrenarte. —Baja un poco la cabeza para observarme más de cerca.

Las largas pestañas rubias adornan esos ojos azules y su tez blanca acompaña de maravilla su cabello rubio alborotado. Los tatuajes en su cuello se marcan bastante bien y me parecen preciosos, es como si contaran una historia de amor y desesperación.

—Son preciosos...

Jamás había visto tanto arte. Mi mano se eleva como por sí sola, como si fuera guiada por algo ajeno a mí. Con un poco de duda, acaricio una rosa roja con espinas que tiene tatuada sobre el costado izquierdo del cuello. Frunzo el ceño y desvío la mirada hacia su rostro para preguntarle sobre la relación de la rosa con la frase que me ha dicho en dos ocasiones, pero me encuentro con su cabeza un tanto ladeada, tiene los ojos cerrados y suspira pesadamente.
Simplemente me detengo y continúo observándolo, casi hipnotizada por su belleza. ¿Por qué siento deseos de besarlo. Esto no es normal en mí.

Mi mano pasa a su mejilla y de inmediato él abre los ojos, para posarlos sobre los míos. Pestañeo algunas veces cuando siento que una de sus manos me sostiene de la cintura y acerca a su cuerpo. No siento miedo o angustia, solo sigo perdiéndome en este sentimiento confuso. Pareciendo dubitativo se acerca un poco a mi boca, puedo sentir su fresco aliento rozar mi piel. Ansiosa lo acerco a mí y uno nuestros labios en un beso intenso, pasional y cálido que él responde con ansias. Acaricio su clavícula y yugular, la cual palpita sin parar. De pronto se me seca la garganta de solo pensar en ello. Es extraño.

—¿Qué es lo que están haciendo?

Me alejo abruptamente de Gabriel y escucho que gruñe molesto. Mi pecho sube y baja con frenesí. Siento aún la presión de sus labios presionando los míos, pero ahora me hallo avergonzada por haberlo besado. No entiendo por qué lo hice, es como si algo me hubiese empujado a ello.

—L-lo siento... —Dirijo la mirada hacia Gabriel y me disculpo.

El desvía sus ojos y ahora los posa sobre los de Velkan, con furia.

—¿Qué viniste a hacer aquí? —Gabriel lo encara.

—Sabes perfectamente que no puedes involucrarte con Opal. Ya estás advertido. —Se cruza de brazos, sin mostrar alguna emoción o sentimiento en el rostro o en su voz.

—Yo fui quien lo hizo, él no... —Le sostengo la mirada al pelinegro, quien eleva una ceja y asiente.

—¡Adelante! Continúen... —Kylian camina hacia nosotros, enfundado en un traje absolutamente oscuro—. ¿Así que lo besaste?

Aparece frente a mí en un parpadear y me echo hacia atrás, chocando contra la fría pared.

—Así es —afirmo.

Veo sus ojos ardientes en furia, en un color escarlata que se intensifica con el pasar de los segundos. Bajo la mirada con el corazón latiendo fuerte y sintiéndome aterrada.

—Muy bien... —habla con su voz grave. Siento su aliento golpear mi cara y levanto la mirada hacia la suya, que ahora ha vuelto a la normalidad y sus ojos son celestes de nuevo—. Puedes caminar por el reino e ir donde quieras. Gabriel te va a enseñar a defenderte y luchar. Si quieres puedes revolcarte con él de paso, al fin y al cabo no me importas...

Cierro los ojos y empuño las manos, reprimiendo un sollozo. Sus palabras me hieren y duelen. No entiendo el porqué de tantas emociones cuando lo he vuelto a ver.

Levanto la cabeza y le sostengo la mirada, para después salir por la puerta e irme corriendo hacia no sé dónde. Cuando ya estoy muy lejos de allí, me detengo y observo el inmenso salón de paredes rústicas. Los objetos son clásicos y elegantes, pero con una apariencia de épocas antiguas. La luz es tenue, solo las pequeñas llamas de las velas rojas aportan un poco de claridad. Miro hacia arriba y noto que el techo es extremadamente alto y alrededor del salón hay diez escaleras anchas que llevan a la segunda planta, hacia diferentes caminos. Avanzo debido a la poca luz, no logro apreciar si hay adornos u otros objetos pequeños.

Veo hacia el lugar donde parece que el sonido del viento hace eco, es una especie de túnel. Me encamino hacia allí, a paso lento, con cautela. Aprieto mi pulcro vestido blanco, como infundiéndome valor y continúo yendo hacia donde el sonido se hace más fuerte, como si la rama de un árbol golpeara un cristal. Mis pies rozan el helado suelo, toco las paredes rústicas con los dedos y mis ojos buscan la luz que empieza a iluminar mi rostro. Me acerco a una ventana de forma ovalada, mide aproximadamente un metro de diámetro. Entre la neblina, puedo ver dos ojos escarlatas clavarse en los míos, con ira y un interés enorme. Trato de acercarme más al cristal, para mirar si hay más gente o si se trata de un bosque, pero el dueño de dichos ojos se lanza sobre la ventana, provocando que pierda el equilibrio y caiga al suelo gritando aterrorizada. Intenta romper el vidrio y rasgarlo con sus gruesas uñas, emite un sonido gutural desde su garganta y de nuevo empuja su cuerpo contra el cristal, el cual no se rompe.



Brenda Balzac

Editado: 04.11.2020

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