Pinceladas

Capítulo 1.

Capítulo 1.

Un café

 

Llevaba varios días encerrado en mi habitación fría y oscura, un pequeño rayo de luz atravesaba la ventana, decidí salir a tomar aire, el día era lluvioso, mi mente en blanco efectuaba por instinto el movimiento en mis piernas; me dirigí al café más cercano, tome asiento y solo pedí mi orden, mi mente volvió por un momento, sentí una sensación incómoda; al levantar mi rostro note como unos ojos me observaban al otro lado de aquel lugar, una joven quien se encontraba sola con su taza de té de la cual aún el aire caliente emanaba de ella, sostenía un libro en sus manos pero su mirada estaba puesta en mí, la mesera entonces llega con mi café y mis ojos se apartaron de los suyos. No pasó mucho cuando el movimiento de la silla vacía en mi mesa llamo nuevamente mi atención; aquella joven estaba frente a mí;

Sonrió – ¿está libre? –pregunto.

Volví a mi taza, como si hubiera sido afirmativa mi respuesta tomo asiento, cruzo sus brazos y solo me miraba.

–Y... ¿hay algo que quiera decirme? –pregunté.

 

Alzó su ceja con una sonrisa leve, no dijo nada... no sé qué quería aquella joven de este hombre tomando un café... pero me interesaba saberlo.

 

–Perdone que interrumpa su momento de paz y tranquilidad –dijo en tono alegre–, mi nombre es Amy, leía un poco para distraerme y cuando entro llamo mi atención, y supe inmediatamente que tienes una historia que aún te atormenta.

– ¿Cómo llego a esa conclusión? Es la primera vez que me ves y no estoy angustiado... bueno, no me siento así...

– ¡Ves! Sabía que algo te agobiaba –alzo su voz y su expresión era eufórica–, hoy estas de suerte porque justo acabas de encontrar una amiga para escucharte –tomo su bolso y saco entonces una libreta café algo nueva y un lápiz–, y bien, cuéntame –sus ojos brillaban.

– ¿Quién es esta chica? –Pensaba–, ¿y porque ha sacado esa libreta? –Me preguntaba–, No sé porque quiere que le cuente mi historia, lo que quiero es olvidarla para que mi corazón este sereno.

–Bueno, la única forma para olvidar es contar aquello que te ocupa los pensamientos, porque así tu mente cerrara ese capítulo de tu vida.

Esas fueron las mejores palabras de consuelo que he recibido hasta el momento; me sentía inseguro de revelarle un fragmento de mi vida a una completa extraña, pero no es la primera vez que lo hacía ya que en mis cuadros siempre expreso mi dolor, mi angustia, mi alegría, contarle solo sería cambiar mi método de expresarme, intercambiar mi pincel por mis palabras.

–Bien, me has convencido, espero tenga tiempo porque no es tan corta.

–El tiempo no es un problema –sonreía.

¿Cómo puede decir eso? El tiempo es el más grande problema, odio el tiempo; porque me ha quitado momentos que nunca volverán transformándolos en recuerdos, ha acortado aquellos encuentros que deseaba fueran eternos; cada segundo que pasa convirtiéndose luego en minutos, horas, días hacen que la vida sea tan corta y no la disfrutamos plenamente por las ocupaciones del día, odio al tiempo.

–Bien, ya imaginara cual es mi aflicción.

–Sí, amor... siempre es amor la angustia de las personas.

–Sí, lo has dicho, amor, el tesoro más hermoso y doloroso de la humanidad, antes de comenzar permíteme tu libreta y lápiz, aún tengo en mi memoria aquellas palabras que con lágrimas plasmaba en aquella carta de despedida.

Tomo entonces la libreta y comienzo a escribir, mis pensamientos eran quiénes guiaban mi mano a través de la hoja, una a una las palabras se escribían, sin tiempo de espera una de otra hasta que la última fue escrita.

–Bien, este fue el último fragmento que tengo de ella.

Toma entonces la libreta y comienza a recitar aquel texto, su voz cálida me llevaron nuevamente a viajar en mis pensamientos a aquel recuerdo, poco a poco se dibujaba el paisaje de aquel día, una sonrisa leve asomaba en mis labios, y allí estaba, nuevamente frente a ella, viendo como en sus ojos la tristeza emanaba convertida en lágrimas turbias de dolor muriendo de a poco entre sus mejillas pálidas y sus suaves labios tersos; aquellos que nunca me cansaba de rosar con los míos.



Andres M. Quiroga

Editado: 16.03.2020

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