Querido Cupido

Capítulo 17. ¿Enserio, señor Vryzas?

Me atraganto por la impresión tosiendo histéricamente y algunas lagrimas ruedan por mis mejillas. Escucho el chirrido de la silla al ser arrastrada y sé que el dueño de mis suspiros alias el dueño de mis jaquecas está sentado a tan solo unos centímetros de mí.

—¿Qué hace aquí? —pregunto escéptica. Hace unos días me rechazó sin importarle una mierda como me iba a sentir después ¿y ahora viene a sentarse conmigo? Me parece que hay algo o alguien que no tiene sentido común.

—¿Me va a preguntar lo mismo cada vez que me vea?

—Siempre aparece en los lugares a los que voy. —contraataco. Mi boca se seca cuando su penetrante mirada conecta con mis ojos y lo esquivo fijándome en mis cortas uñas.

—No lo hago adrede, es una coincidencia.

Pongo los ojos en blanco. —Yo no creo en las coincidencias.

—¿Y en qué cree? —inquiere robando una galletita de mi plato y metiéndola con lentitud en su boca, por una milésima de segundo logro ver la rosada punta de su lengua y me estremezco recordando nuestro candente beso.

Aparto la mirada prestándole atención a los detalles rojos de las cortinas, no quiero sonrojarme.

—Creo en el destino señor Vryzas. Tengo que irme a casa, creo que he dejado la puerta abierta. —pongo la primera excusa que se me ocurre, necesito apartarme de su influyente presencia ¡ya!

—Entonces piensa que estamos destinados a encontrarnos. —Al escuchar sus palabras me doy cuenta de que ha hecho caso omiso a mi excusa y del error que acabo de cometer.

—Yo… Bueno, no lo sé—balbuceo.

Con un grácil movimiento Eros se coloca los mechones sueltos de su corto tupé, la sombra de una sonrisa se desvanece en su atractivo rostro y suspiro como una inmadura colegiala que acaba de conocer al chico más guapo del instituto.

—¿Por qué está aquí?

—Tenía una entrevista de trabajo ¿Y usted?

—Soy un socio de la empresa. Si ha conseguido el trabajo le advierto que su jefe es un pez gordo gruñón y exigente, nadie lo soporta por aquí. —me río por su vano intento de hacer un chiste y levanto las manos.

—Tendré que lidiar con él.

—Veo que lleva el collar. —indica con la satisfacción pululando en sus pupilas.

Me encojo de hombros y me concentro en el fuerte sabor del liquido oscuro que pasa por mi garganta.

—Tenía la intención de llevárselo a su recepcionista, pero ya que está aquí.

Dejo la taza de café sobre la mesa y tras varios intentos consigo desabrochar la joya, se la ofrezco y me mantengo en alerta para que ningún roce ocurra cuando la coja.

—¿No aprendió nada la primera vez que trató de devolvérmela? —habla con una media sonrisa socarrona en los labios.

¡Dios, dame paciencia porque estoy a punto de explotar! Cierro los ojos bufando y bajo la mano cansada. No tiene caso.

—Señor Vryzas, esto no es una competición. —digo calmadamente como si estuviera explicándole a un niño como sumar dos y dos.

—¿No le gusta?

Exasperada aprieto mis labios en una fina línea. —Es hermoso, pero no me siento cómoda llevándolo.

—No lo use, quédeselo por su valor sentimental, no por su valor monetario. Recuerde a Margaret y a sus vacaciones en el caribe.

Me muerdo el labio inferior, es eso precisamente lo que quiero olvidar. Ese collar es un claro recordatorio de Eros Vryzas, el único hombre que ha conseguido remover mis hormonas femeninas, él único que me ha hecho sentir deseada y por él único que he sentido deseo. No obstante, también me hace recordar que el griego no quiere estar a mi lado ¿Sino quiere estar conmigo por qué sigue aquí? ¿Por qué se acerca a mí? Su comportamiento contradictorio me confunde.

—Está bien, usted gana. —mis dedos se las apañan para cerrar el incomodo brocho y el collar vuelve a descansar sobre mi clavícula—. Señor Vryzas, me tengo que ir, el autobús pasa en unos minutos. —le aviso poniéndome en pie para recoger las cosas.

—Yo la llevo.

—No hace falta, señor Vryzas.

—Insisto.

Cuando sus dedos se envuelven alrededor de mi muñeca una descarga eléctrica me recorre desde la punta de los pies hasta el ultimo pelo de mi cabeza, mi pulso se acelera en cuestión de segundos. Nos quedamos frente a frente sin movernos por lo que parecen ser horas, me cohíbo bajo la seductora mirada de sus brillantes ojos mieles.

—Vale—musito tirando disimuladamente de mi mano.

Eros Vryzas más Genova Sanders en un ascensor es igual a tensión asfixiante, eso sin duda. Tan pronto como llegamos al aparcamiento salgo disparada de la caja metálica con el magnate pisándome los talones y respiro profundamente dejando que el aire fresco recorra mis pulmones. Me doy cuenta de que estoy caminando tontamente entre las vigas de concreto sin saber a donde vamos.

Detrás de mí suena el pitido que emiten los coches al ser desbloqueados y al darme la vuelta me encuentro a Eros mirándome con diversión mientras se apoya sobre un flamante Range Rover blanco con ventanas polarizadas.

—¿Nos vamos? —dice abriendo la puerta del copiloto para mí. Asiento y él espera a que esté sentada sobre la tapicería de cuero blanco para subirse al coche.

Alguien por aquí tiene una obsesión con el color blanco y no creo que sea por su personalidad, lo angelical no va con el seductor Eros Vryzas. El olor a bosque en el interior del automóvil es intenso, pero el embriagador perfume que utiliza el griego lo es aun más. Me abrocho el cinturón y pongo el bolso sobre mis piernas.

El avellanado enciende el potente motor del coche y nos saca de la oscuridad del aparcamiento adentrándose directamente en la abarrotada carretera principal. Es mediodía y eso quiere decir que el sol está dando todo lo que tiene en la parte más alta del cielo.

—¿Dónde vive? —escruta con la mirada fija en el trafico.

 

―En la calle Willow, número 23.

 

Giro la cabeza para contemplar su llamativo perfil de nariz fina y labios jugosos. Sus largas pestañas tocan la piel bajo sus ojos cada vez que cierra los parpados, si me dijeran que realmente es el dios griego del amor me lo creería sin dudar ni un momento. Unos suaves acordes acompañados por la potente voz de Whitney Houston inundan el ambiente y el griego recoge mi mano aprisionándola con la suya sobre su regazo. Abro los ojos como platos, los nervios chisporrotean en mi interior mientras me hago más consciente de su imponente presencia, su aroma masculino es como un bálsamo calmante para mis inestables emociones y me relajo sonriendo.



Shawtyonlyjb

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En el texto hay: amor, millonario, magnate

Editado: 22.01.2020

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