Querido Cupido

Capítulo 20. Bienvenida a Grecia

Mis ojos se abren y una lámpara redonda es lo primero que ven. Me siento apoyando mi espalda sobre las barandillas blancas del espaldar y contemplo la amplia habitación en la que me encuentro, las paredes están pintadas de blanco marfil y una moqueta trenzada se apodera del suelo. La amplia cama doble en la que estoy es la más confortable en la que he dormido, no hay muchos muebles a parte de esta; solo una cómoda de madera de arce, dos mesitas de noche y un diván de cuero negro que frente a él tiene un gigantesco ventanal cubierto por dos cortinas blancas.

Frunzo el ceño y me froto los ojos desperezándome ¿Dónde estoy?

—Veo que ha despertado, le he traído un zumo de naranja. —volteo bruscamente la cabeza divisando el angelical rostro del magnate, él se sienta sobre las nacaradas sabanas de seda y me tiende el vaso que acepto con una sonrisa.

—¿Dónde estamos? —pregunto tomando los primeros sorbos del dulce zumo.

—Estamos en Grecia, creo que la señora Peterson le explico el motivo de nuestro viaje. —él observa su sofisticado reloj de muñeca con una mano metida en el bolsillo de su pantalón—. Tenemos una junta a las diez de la mañana en una ciudad que está a media hora de aquí y son las nueve en punto. La dejaré para que pueda vestirse, su ropa está en las bolsas.

Eros sale cerrando la puerta y me muerdo el labio inferior avergonzada, me ha visto en mis horrorosas fachas mañaneras. Me termino el zumo y dejo el vaso en la mesita para revisar las bolsas azules que están al pie de la cama. Saco un suntuoso vestido de seda negro y lo levanto delante de mí sorprendiéndome ante el revelador escote que tiene. La segunda bolsa contiene dos elegantes trajes de falda y americana, uno gris y otro negro. Las únicas dos cajas guardan dos extravagantes pares de tacones; los negros son de cuero y tienen un tacón de infarto mientras los otros son unas sandalias cubiertas de brillante pedrería. Mi boca no cae al suelo hasta que descubro los seis conjuntos blancos de lencería de encaje que me ha comprado, tiro la bolsa a un lado y me sonrojo al darme cuenta de que mientras estemos aquí siempre sabrá lo que llevo bajo la ropa. No tengo ganas de saber el precio de todo eso, no señor.

Mis pies descalzos tocan la suavidad de la moqueta y me alegro al ver que he dado a la primera con el pulcro baño de azulejos blancos. Esto es una reproducción exacta de un servicio victoriano, creí que Eros se decantaba más por el estilo moderno.

La poca ropa que llevo puesta cae al suelo y me llevo una mano a la boca atónita, tengo un notorio chupetón rosáceo en la piel de mi pecho. Mis manos empiezan a temblar y por un momento veo a esos vacíos ojos azules mirándome con malicia. Contengo el grito que quiere escapar de mi garganta y me niego a dejar que las lagrimas desciendan por mis mejillas.

—Él no está aquí, Eros no es igual a él. —murmuro como un mantra y me llevo las manos a la cabeza asustada.

Esas marcas sobre mi piel me recuerdan al peor momento de mi vida, no me gusta verlas. Tomando respiraciones profundas me meto en la ducha y abro el grifo dejando que el agua se lleve todas mis preocupaciones. Mi baño se limita a cinco minutos y salgo envuelta en una toalla de Algodón. Sopeso la idea de darle la vuelta a mis braguitas y ponérmelas así, pero la rechazo con rapidez. Nunca he utilizado un tanga y no se ven muy cómodas que digamos. Con ganas de salir de aquí y ver un poco de Grecia me visto con el traje gris y los tacones de cuero.

Me adentro en un amplio pasillo repleto de cuadros abstractos y salgo a una refinada sala de estar donde como no dominan los colores neutros. Una estatua griega yace sobre la elaborada alfombra hindú que ocupa la mayor parte del lugar, la chimenea a mi derecha me llama la atención y entonces veo a Eros sentado en un largo Chase Long de cuero negro mientras sus manos entrelazadas se apoyan sobre el mármol de la mesa de té.

—¿Nos vamos? —pregunto y trago saliva cuando sus ardientes ojos mieles se clavan en mí.

—Claro.

Salimos juntos por las altas puertas doble y sonrío maravillada al sentir la calidez del ambiente. Siempre he querido venir a Grecia y ahora que estoy aquí no puedo esperar para conocer un poco del país. Varias filas de pinos frondosos rodean la maravillosa arquitectura de la casa del magnate, seis altas columnas corintias y un conjunto de amplios ventanales adornan la fachada rectangular de la estructura.

Vryzas abre las puertas de su despampanante Lamborghini blanco y me adentro acomodándome en el suave asiento de cuero marrón. El potente motor ruge haciendo un ruido ensordecedor y salimos disparados hacia una desolada carretera repleta de altos arboles perennes. A medida que nos adentramos en una carretera más transitada me doy cuenta de que nos encontramos en la costa y contemplo anonadada el movimiento de las olas, el sol pega con fuerza reflejándose sobre las cristalinas aguas del mar. Durante el viaje ninguno de los dos rompe el silencio y aunque de vez en cuando siento su penetrante mirada sobre la nuca no me atrevo a girarme. El camino se me hace eterno ya que la tensión es tan intensa que se podría cortar con un cuchillo y suspiro aliviada cuando por fin llegamos a la ciudad donde los altos edificios comerciales se alzan. El deportivo entra en un aparcamiento subterráneo y el magnate salta del coche para abrirme la puerta. Lo persigo hasta el moderno ascensor de acero, su semblante se endurece y sus ojos se vuelven calculadores en cuanto pisamos la recepción del lugar. Por extraño que parezca esta es una replica exacta de la recepción canadiense, suelto una risilla, veo que alguien por aquí no se devana los sesos en buscar un nuevo diseñador de interiores.

Una alta mujer rubia de cuerpo exuberante se planta frente a nosotros con una gran sonrisa en el rostro. Ellos comienzan a hablar y de sus bocas salen un montón de palabras griegas de las que no entiendo ni pio, pero lo que si entiendo son las miraditas que le da la señorita a Vryzas. Pongo los ojos en blanco, allí donde va vuelve locas a las mujeres.



Shawtyonlyjb

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En el texto hay: amor, millonario, magnate

Editado: 22.01.2020

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