Rayos De Luz

PIEDRA

“Rayos de luz”

 

 

 

Prologo

 

 

El sol se burlaba del anciano tejado de chapa, infiltrando miradas de fuego que disipaban las sombras que la gran estructura convocaba. El museo, que fue construido, hace algunos siglos, conservaba toda la esencia de mil fantasmas del pasado. Como dentro de un cuadro, el antiguo estilo del lugar le daba una escencia triste, lúgubre y magnifica. Al entrar se siente el olor a película antigua, a páginas color café. Pero vanidoso, ostentoso por su esencia triste y chocante, el demonio de roca rasgaba los telones de las paredes con sus gigantes garras, en forma de sombra. Se aliaba con el sol para crear a su imagen y semejanza una gigantesca sombra, mas contorsionada y espectral que la estatua misma. Este ser, que será tal vez una especie de perro sobredimensionado, deformado, imperaba sobre la sala entera.

Más antigua que el museo mismo.

La gran mayoría se quedaría mirando, sin duda alguna, fijo a este ser ni bien se entra al museo. Fui por primera vez con mi abuelo al lugar. Y antes de entrar me dijo: “la leyenda dice que no se puede mirarla directo”

En su trono de oscuridad, en un rincón, esquiva un rayo de sol.

El museo, gigante, omnipresente, desaparece a los caprichos del guardián del rincón. Pues todo desaparece por unos instantes, menos aquel ser animaloide. Oscurece las paredes, oscurece el tejado, hasta crear una burbuja de infinita oscuridad, infinita, en su pequeño rincón. Es difícil explicar el vuelco al alma, el estallido interno que genera solo aproximarse donde las paredes se cierran.

Es en su mayoria, gris piedra. Pero tiene detalles dorados y rojizos.

Hay una estatua pues, en el museo más antiguo de la ciudad. Que hela la carne cuando se pasa la puerta giratoria. La gris piedra con la que se sostiene, rebosa, y puedo afirmar esto sin que nadie me aclare, que un objeto abiótico no tiene vida y por lo tanto la afirmación es ilógica, de muerte. Pues no es, al menos a la compleja banalidad, de la impresión humana, una simple porción de tierra, que reposa eternamente en el tiempo. Sino que posee de hecho, una esencia. Y es una esencia negra, de podredumbre.

La sombra que proyecta en el eterno anfiteatro, solo se compara con el negro de un cuervo, que junto a la ventana que no logra asesinar las sombras del rincón, reposa todas las tardes. Recitando un lúgubre ritual, en forma chillido, al vacío que lo rodea.

 

 

Parte 1               Piedra

 

 

1

 

La lluvia vestía el cristal de pequeños llantos. Me encontraba en el asiento trasero, pues a esa edad (aproximadamente 9, 10, 11 años, como mucho). No me permitían aún estar adelante. No recuerdo bien que era lo que nos mantenía atascados allí. Pero si recuerdo a mi madre despotricando contra alguien. Por supuesto que puedo dar un montón de detalles, ya que recuerdo exactamente la calle en la que estábamos, y como estaba en aquella época. Nos encontrábamos en la plaza, en la parte opuesta a donde rige la catedral. Nosotros estábamos enfrente, pues, del gran edificio de antigüedades. Antes de convertirse en cine, y luego en museo, el antiguo edificio era uno de una colección privada. De algún inmigrante que había comprado el terreno. Recuerdo conversaciones con mi madre sobre la situación, luego de tranquilas cenas, de esas donde la televisión dormía hasta el día siguiente. No recuerdo a detalle, pero si que repetía varias veces las frases “no se debería poder” y “edificio publico”.

Pero este hombre, ya anciano, de apellido estereotipadamente formal, extravagante, como venido de un castillo de Pensilvania, había comprado el lugar. Y traía un montón de reliquias.

Simplemente quedarse parado en la calle, viendo el devenir de antigüedades de todo tipo, era un pequeño universo de paz y alegría. Aquellos recuerdos, en donde cuando se vive solo pasa como una irrelevancia, pero que el tiempo se encarga de adornar y estacar a la memoria. Las antigüedades eran, al principio, pinturas, álbumes de vinilo de los más viejos.

Un día comenzó a llover. Una lluvia extraordinariamente poderosa. Pero era como si su esplendor no sea uno aturdidor, no era la esencia de la tormenta romántica, artística. Era una lluvia triste. Una lluvia de gritos melancólicos y tristes sanatas. En los días que perduro esa lluvia, las aves volaban melancólicamente, el yuyo crecía torcido, como en un eterno lamento. Los barriletes, que solían estar en la plaza sin importar el clima, danzaban una lúgubre canción. La lluvia manchaba todo de tristeza.

Y en esos días, las antigüedades que llegaron no fueron las mismas.

Las pinturas y los discos se convirtieron en muebles extraños, góticos, pero con un extraño aire de agonía. Llegaron espejos que no reflejaban, solo mostraban una gris pantalla.

Y llego un cuadro. Un cuadro de una mujer. Una mujer que solo estaba de espalda, mirando a una casa. Una casa incendiada. Solo se veía la parte de atrás de la silueta de esta mujer, y la casa a los lejos, imponente, ardiendo. Con macabra indiferencia, o tal vez inmóvil sufrimiento, la mujer solo miraba. Cuando de niño vi esto, luego de los muebles y los espejos de aquellos extraños días de extraña lluvia, algo me alarmo. esa simple pintura me horrorizo. Había algo en ella. No se apreciaba si se veía a detalle, individualmente. Pero al verla como un todo, era, un todo de horror y desgracia.



Arthur Orwell

#1692 en Terror
#6608 en Thriller
#2830 en Suspenso

En el texto hay: estatua, humanidad, suenos y pesadillas

Editado: 19.10.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar