Reino de olvido y sombras

17: Una historia para contar (parte 1)

Ayrton tomó asiento a su lado, ella le permitió acercarse por el frío que sentía. Le había ofrecido un plato de sopa y ella agradeció tener algo en el estómago al fin. Ayrton se tomo su tiempo antes de hablar, parecía analizar muy bien las cosas, claramente no podía contarle todo desde que Rachel nació, tenía que seleccionar los detalles que pudieran servirle. 

—Nos conocimos aquí, yo tenía siete años, tú cinco —dijo—, al parecer las hadas te trajeron a este lugar para que te despejaras un poco, sin embargo me dijiste que te habías escapado de ellas por no darte mucha libertad. 

Rachel sintió un poco de pánico cuando dos rostros se dibujaron en su mente, aunque eran borrosos e imposibles de identificar. 

—Yo estaba aquí porque eran mis primeras lecciones de caza —siguió diciendo—, vine a lavarme las manos que estaban sucias de tierra. Nos presentamos, pero apenas pudimos hablar, tu tutoras y mis tutores se dieron cuenta, y en seguida vinieron por nosotros. 

—¿Por qué?

—Supongo que sabrás que las hadas y los elfos no se llevan muy bien. Ver a los herederos de ambos reinos juntos era algo inaceptable.

—¿Herederos?

—Antes de que desaparecieras, Silas te proclamó como su heredera por una profecía que luego te contaré.

Ella asintió y dejó que continuara. 

—No fue, sino hasta dos años después que nos volvimos a encontrar en el mismo lugar. 

~~~

El agua le cubría sus pies y los pececitos la rodeaban para no chocar, verlos deslizarse entre sus piernas le causaba risa y cosquillas. Las piedras estaba resbalosas, y un paso en falso podría hacerle mucho daño; su padre le había advertido muchas veces que no se alejara de sus tutoras cuando salían al bosque o estaban cerca de un río. Había hadas del río no muy amables que la invitarían a jugar, aunque en realidad era para hacerle daño. 

Rachel sabía reconocerlas, y también conocía cómo evadirlas. Pero parecía que en esa parte del río no había Nayades, así que se convenció de que ese lugar era especial. O eso pensaba. 

Escuchó un crujido detrás de ella, y cuando se volteó, su pie resbaló de la roca y su cuerpo habría caído de no ser porque una firme mano la sostenía con fuerza y jalaba de ella sacándola del río. Rachel sintió la seguridad del suelo firme bajo sus pies y tardó un momento en reconocer a su salvador. 

—¿Estás bien? —preguntó el niño. 

Ella asintió sin decir nada, por la señal que las orejas en forma de punta supo que era un elfo, y no podía estar cerca de ellos por ningún motivo. Comenzó a retroceder en silencio, pero este la detuvo tomándola de la muñeca. 

—No tengas miedo, soy yo, Ayrton, ¿no me reconoces?

El nombre permaneció en su mente, sabía que lo había escuchado antes, y de pronto el rostro se le iluminó. 

—¿Ayrton?

—Aún me recuerdas, Rachel. 

La soltó y esta vez ella no siguió retrocediendo. Era diferente al otro niño que conoció, este lucía más alto y delgado, o quizás se debía a la larga capa azul que llevaba. Debía tener ya los nueve años, y ahora le parecía más atractivo. 

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Vine a explorar —dijo mirando el claro—, y no te preocupes, ahora estoy solo. ¿Y tú?

—Volví a escaparme de mis tutoras, pero las perdí lejos de aquí así que tardarán en encontrarme. 

—Perfecto, entonces tenemos tiempo. 

Se desabrochó la capa y la puso sobre ella como si fuera un perchero, luego se apartó riendo. Rachel también rió, y como respuesta al acto de Ayrton, lanzó la capa a la tierra. Al niño no le molestó, de pronto estaban persiguiéndose el uno al otro en un divertido juego. 

—Me gusta este lugar —dijo sentándose sobre la capa, Rachel junto a él. Había tomado un poco de fruta de los árboles, y descansaban de su momento de diversión—, deberíamos vernos más seguido. 

—Será difícil con la enemistad entre ambas partes. 

—Entonces deberíamos hacer algo al respecto —determinó y se puso de pie tomando un durazno. 

Rachel lo miró con curiosidad. Entonces él se arrodilló ofreciéndole la fruta. 

—Cuando seamos mayores, casémonos. Así la tierra de las hadas y la de los elfos estarán unidas, vivirán en armonía y no tendremos que separarnos jamás.

Rachel se incorporó y, de rodillas, tomo el durazno. 

—Acepto. 

Ayrton sonrió victorioso. 

—Además —se puso de pie corriendo hacia el centro del claro y extendió los brazos—, aquí será donde vivamos. 

—Pero no hay una casa. 

—Construiré una yo mismo. No importa cuánto tarde, será enorme y viviremos juntos. 

La niña se puso de pie, tomó una vara de madera que cortó de un árbol, y la puso donde Ayrton estaba parado junto con el durazno. 



Epsilion Crescent

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Editado: 16.12.2020

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