Roja Navidad © » 18

1. Tacos

Digamos que mi asquerosa vida está centrada siempre en lo mismo, ¡Repetir el mismo día de mierda todos los días de la semana!

Voy en el metro rumbo al trabajo, por fortuna hoy logré tomar un asiento vacío pero para mi mala suerte un tipo que secretaba un fuerte olor a pies sucios y queso rancio se sentó justo a mi lado. ¡Gracias Nueva York!.

He visto realmente cosas raras en el metro pero realmente hoy me sorprendí muchísimo, un tipo llevaba un pato sobre su cabeza. Sí, tal y como lees, ¡Un pato!.

Me quedo mirando a mi emplumado amigo, al parecer se siente muy a gusto sobre la cabeza pelada del hombre sobre el que va posado.

—¿Quieres tocarlo? —Insinúa el dueño del animal.— No muerde, lo juro —Sonríe.

—Gracias, estoy bien así —Digo aplanando mi sonrisa y evitando el contacto visual.

¿Acaso está loco?

Gracias a Dios llegué a mi destino.

—Permiso, disculpe —Digo abriéndome paso entre la multitud de personas que estaban en el subterráneo, tomo fuertemente mi bolso bajo mi brazo para evitar que algún malviviente meta su mano escurridiza dentro de él.

Logro finalmente subir hasta la avenida, inmediatamente puedo ver el enorme edificio en el cuál me dedico a trabajar desde hace cuatro largos años.

Atravieso corriendo la calle, casi fui golpeada por un hombre en su bicicleta.

—Buen día Joe —Me dirijo al hombre encargado de abrir la puerta del edificio.

—Bienvenida Srta. Carrington, espero que tenga un gran día —Me responde con una sonrisa.

Camino a paso veloz hacia el ascensor, para mi suerte había personas subiendo así que aproveché para subir junto a ellas.

Entro al elevador y presiono el botón con el número 15, es mi piso.

A medida que comenzamos a subir siento esa extraña sensación dentro de mi cuerpo, ya saben, esa en la que sientes que tu cuerpo sube y tu corazón baja. Odio los elevadores pero es mejor que subir 15 pisos con peldaños enormes.

Llegué a mi destino, todos bajaron en pisos anteriores al mío.

Salgo del ascensor y busco a Amy Schumer con la mirada, es la directora ejecutiva de Vogue Magazine, la empresa para la cual trabajo.

Todos están en sus escritorios, algunos atienden llamadas, otros llenan formularios, otros hablan con clientes y otros simplemente están allí sin hacer nada. Estos últimos son los que mejor me representan.

Camino rumbo a mi oficina, soy la feliz directora de operaciones de la empresa así que tengo la dicha de tener mi propia oficina con una maravillosa vista de Manhattan.

—Harper, ¿Tienes información para mi? —Me dirijo a la pelirrubia de mi asistente personal la cual tiene su propio escritorio frente a mi oficina.

—Llamó su ex Srta. Carrington —Se levanta rápidamente en cuanto me ve aparecer por su vista.

—¿Qué ha dicho? —Digo empujando la puerta de mi despacho, puedo sentir sus pequeños piececitos moverse a gran velocidad detrás de mí.

—Creo que debería leerlo usted misma —Ya puedo imaginarme lo que dijo ese imbécil.— Creo que es algo privado —Dice mientras me extiende una pequeña carta.

—¿Algo más? —Digo recibiendo la nota de papel.

—No, sólo eso hasta ahora. —sonríe tímida.

—¿Qué te parece si me traes comida? —digo mientras tiro mi bolso sobre mi escritorio y me siento en la comoda silla que hay frente a él.

La rubia sale de mi oficina sin decir una palabra, luego la veo entrar nuevamente a mi despacho con una pequeña hoja y un lápiz.

—¿Qué desea comer, jefa? —pregunta con una buena sonrisa.

Esta chica es maravillosa.

—¿Qué te parece tacos? ¿Te gustan los tacos? —Ella asiente.— Entonces compra tacos para ti, yo los invito, para mi quiero una hamburguesa con mucho queso y una coca.

—Enseguida jefa —La veo salir del despacho con tanta prisa que dejó la puerta abierta.

—Lo que me faltaba —Gruño mientras me levanto a cerrarla.

El teléfono de línea fija sobre mi escritorio suena, me lanzo sobre él de inmediato para contestar puesto que sólo significa una cosa.

—¡Jefa! —grito luego de llevarme el teléfono a la oreja.

—Adalia, te espero en mi oficina en cinco minutos y será mejor que tengas una buena explicación a un par de asuntos de los cuales tenemos que hablar, ¡cinco minutos! —grita con furia al otro lado de la línea.

—Sí, iré enseguida —No alcancé a terminar de hablar, ella colgó el teléfono y me ha dejado charlando sola. Perra estúpida.

Suspiro mirando por la enorme ventana de mi oficina, no puedo dejar de pensar en qué fue lo que hice, o más bien, de todas las cosas malas que he hecho, ¿En cuál me descubrió?

 



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En el texto hay: escape

Editado: 26.08.2019

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