Rojo - Saga Dioses del Cubo 2

II. Diosa y Ancestro

Violett despertó en el medio del sopor y la confusión. Lo único de lo que estaba segura era que estaba en su dormitorio, ya que conocía a la perfección aquel techo pintado de rojo fuego. Tenía la cabeza estallando de dolor y varias partes de su cuerpo dolían como si le hubiesen dado una golpiza. «Claro, si fue exactamente eso lo que ocurrió. Dos veces.»

Con un esfuerzo sobrenatural, se sentó en la cama y prestó atención a las voces que provenían del piso inferior. Una de ellas era la de su madre y la de Selba, la Diosa Verde que al parecer estaba allí en persona. Soltando un quejido, se puso de pie y se tambaleó hasta llegar al marco de la puerta. Recordó con terror que la habían drogado para hacerle quién sabe qué, pero que un desconocido la había salvado. Por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas, supuso que estaba amaneciendo.

Bajó las escaleras con lentitud y efectivamente ambas mujeres estaban en el living discutiendo, siendo observadas por un callado Rumi, el Ancestro de la Diosa y su fiel consejero. Cuando percibieron su presencia, Lia y Selba se callaron al instante.

—¡Violett! ¿Cómo estás? —le preguntó su madre acercándose con preocupación, tanteándole cariñosamente las mejillas. La muchacha se soltó del agarre de su madre y miró hacia Selba.

La Diosa Verde era una mujer imponente. Aparentaba no tener más de treinta años, alta, con una figura esbelta y la piel morena. Sus cabellos eran ondulados y de un color boscoso que llamaba la atención, así como sus ojos esmeralda. El Cubo colgaba en su cuello, brillando con intensidad, hipnotizando a Violett que lo contempló por varios segundos antes de salir de su sopor y mirarla a la cara.

Algún día ella también tendría un Cubo colgado al cuello y un Territorio para gobernar.

—¿Qué haces aquí? —largó con voz pastosa a causa del sueño y la droga. Carraspeó pero no pronunció nada más, a la espera.

Selba se acercó con apenas dos pasos.

—Ni un “buenos días”, ni nada. Qué falta de educación para ser una Diosa —le espetó, alzando el mentón y moviendo la mano con aires de importancia. Violett arrugó la boca ante tal acusación, pero no agregó nada. Sabía con quién podía meterse y con quien no, y Selba no parecía estar en su mejor humor ese día—. Deberías agradecerme, te salvé la vida, muchachita. La droga casi había tomado tu sistema por completo.

Violett alzó las cejas. Aquellos chicos realmente habían ido muy lejos, pero no quería darle el gusto a Selba.

—Pero no has sido tú, fue un muchacho el que me salvó de una golpiza mortal —contraatacó, no queriendo dar el brazo a torcer.

Selba miró a Lia de forma inquisitiva y luego a Violett.

—¿Quién? —preguntó, escueta.

—William —respondió la mujer, y la muchacha frunció el cejo. Reconocía el nombre pero no lo podía asociar a nadie. Le parecía vago y lejano.

La Diosa Verde chasqueó la lengua y se giró para irse, seguida de Rumi que no pronunció palabra en ningún momento, solamente se inclinó respetuosamente ante Violett y Lia y se retiró. La muchacha se dejó caer sentada sobre el sofá mullido y suspiró, mirando a su madre de forma inquisitiva.

—¿Quién es William? —preguntó.

—Nadie importante —respondió secamente, cortando la conversación. Dejó una taza de café en la mesa del comedor con mucho ruido e indicó a su hija que se sentara a desayunar que ese día tenía exámenes en el Instituto. Quejumbrosa, Violett protestó pero hizo lo que le decía.

- - -

Sauta se caracterizaba por sus casitas de piedra con techos rojos, y por las calles de piedra lisa y perfectamente encajadas. Había un aljibe cada dos cuadras y la mayoría de los habitantes eran simpáticos y se conocían entre sí. Aunque aquello podría parecer un lugar de ensueño, como todo, tenía sus contras. Como que no era realmente el hogar de Violett, por ejemplo. Aunque vivía allí desde que tenía memoria, no podía quitarse de la cabeza que no era su hogar, que debería estar sentada en un trono y gobernando el Territorio Rojo.

Muchas veces fingía una sonrisa y saludaba a los vecinos con la mejor cara que podía poner. Iba al Instituto, se metía en problemas y era evitada, aunque sus notas estaba entre las mejores del Territorio. Sabía que avergonzaba a su madre, y la Diosa Verde, aunque a esta última disfrutaba hacerla rabiar.

Anduvo por el camino principal, el cual estaba lleno de comercios, saludó escueta a un par de ancianas que siempre la veían pasar y se dirigió rápidamente para no llegar tarde. Rezaría, pero no era adepta a Selba.



Dayana Portela

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En el texto hay: fantasia, dioses, romance

Editado: 04.04.2018

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