Rojo - Saga Dioses del Cubo 2

XIX. Cuando las Diosas mandan

Seteh despertó sobresaltado en su tienda en el campamento en el Territorio Amarillo, en las afueras de la capital Marilis, como si hubiera acabara de tener una pesadilla. Se tanteó el pecho buscando el Cubo, pero sólo encontró la pechera de su armadura de combate. Maldijo en voz alta tantas veces mientras se levantaba, desenvainaba la espada y bajaba de la cama para salir al exterior.

Afuera seguía siendo noche, pero el alba comenzaba a teñir de anaranjado el llano horizonte. Aún molesto y enojado por todo lo que acababa de ocurrir, no dudó en despertar a sus tropas para comenzar a invadir el Territorio Naranja. Si había perdido el suyo, y con ello el Verde y el Azul, no iba a permitirse caer aún más. Aunque pereciera en el intento.

Desplegó todo el ejército que había reunido y no dudó en pasar la frontera. La mañana era tranquila y despejada, y el paso monótono de los caballos lo hicieron tranquilizar y despejar la cabeza.

La ciudad de Portokall, en el Territorio Naranja, era el que estaba más cercano a la frontera. Llegar allí le llevaría al menos medio día, pero estaba más tranquilo y no tenía por qué apurarse. Le ayudaba a pensar.

El Dios Blanco dio la cara por primera vez. Seteh sabía de su existencia porque descubrió que  Carmine había estado en contacto con la Diosa Blanca anterior, pero siempre había pensado que los duales no interferían ni estaban dispuestos a ayudar. Pero el niño había mostrado ser alguien completamente distinto a lo que esperaba.

Aquello le llevó a recordar viejos tiempos, esos que creía olvidado, y trató de quitarlos de la cabeza. Seguir atormantándose con esos dolorosos recuerdos no iban a ayudarlo a seguir adelante. Cuando se dio cuenta, las primeras granjas en las afueras de Portokall se hicieron visibles en el horizonte y una leve sonrisa se asomó en sus labios, acompañando a la orden:

—¡Quémenlas!

- - -

Noscere no soltó el brazo de la Diosa Negra, aferrándola con ahínco.

—¿Quién carajos es Wit? ¡Ya estoy cansada de Dioses nuevos, niños complicados y ladrones de Cubos! Ahora no me vengas con que existe un Dios Gris o multicolor que te juro que los pico a todos.

Anubis se sobresaltó ante la actitud de la Diosa Naranja. Si bien la conocía por lo poco que había visto en el Cubo, en persona —e incluso en la oscuridad— era bastante intimidante. Tragó saliva y se contuvo para no zafarse del agarre de Noscere. Quería que confiara en ella y si se mostraba reticente seguro no la iba a convencer.

—Wit es la consciencia del Cubo Blanco —explicó, con un leve tartamudeo en su voz a causa de los nervios. Sintió que la Diosa Naranja la soltaba con rapidez—. Quizá no hable como el de Dana, pero puede pensar por sí mismo y hacer cosas incluso que no sean de la aprobación de su Dios. En este caso, de Azahar.

Noscere chasqueó la lengua.

—Mocoso inútil —murmuró mientras aceptaba la mano de Anubis para ayudarla a levantarse.

La Diosa Negra estaba dispuesta a irse de allí cuando el repentino bajón de magia la hizo saber que Azahar había vuelto a la isla. Se quedó inmóvil y su postura tensa alertó a Noscere. Antes que pudiera formular cualquier pregunta, un estallido de luz las cegó, dejando ver a Azahar luego de unos segundos. El muchacho se acercó con rapidez y con una expresión que no le habían visto nunca en el rostro: preocupación, haciéndolo ver de mayor edad. Noscere podría jurar que hasta se veía más alto.

—Anubis, no —le dijo, su voz seguía siendo la infantil de siempre—, no soy el villano. Lo sigue siendo Seteh. Puedo tolerar que todos duden de mí, pero de ti no, por favor.

Ella se alejó de él, amedrentada. Azahar siempre le había infundido un miedo irracional, aunque ambos estaban en igualdad de condiciones, ya que poseían la misma cantidad de poder.

—Entonces… ¿qué quiere Wit? ¿Qué quieres tú?

Azahar tragó saliva y esbozó una sonrisa, pero que no le llegó a los ojos.

—Digamos que él y yo tenemos distintas perspectivas. —No dijo más nada, irguiéndose y terminando de iluminar la habitación.

Estaban en un ambiente cuadrado, completamente blanco de no más de tres metros de diámetro, con una ventana pequeña que daba a la oscuridad y que seguramente permitía a quien estuviera en el interior pudiera respirar. Ambas muchachas ignoraron el intento de cortar la conversación por parte del Dios Blanco y sus miradas le indicaron que más le valía que siguiera hablando. Azahar soltó un profundo suspiro y miró hacia el techo, como si pidiera paciencia.



Dayana Portela

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En el texto hay: fantasia, dioses, romance

Editado: 04.04.2018

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