Rosa pastel

17. La verdad duele

Maratón.

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Los amigos de Dan —Gregorio y Andrés—, resultaron dos personas fascinantes, más cuando estos se mostraron alegres con mi llegada, pero entristecidos por el poco tiempo que podía quedarme.

Insistían una y otra vez que debía visitarlos en el set en que trabajaban de sol a sol, y es que Gregorio estaba dispuesto a maquillarme como otra de las protagonistas de las teleseries en las que trabajaban con tanto esfuerzo. 

Todo sonaba fascinante, pero los compromisos que debía cumplir en Santiago comenzaban a fastidiarme. No podía descuidar la educación de mi hija mayor, ni mucho menos sus cuidados personales, pues, tal cual mi abogado había especificado en la mitad del proceso del divorcio, Juan estaba dispuesto a luchar para quitarme la tutela de alguna de las niñas, pues estaba perdiéndolo absolutamente todo e iba a luchar como mejor se le diera. 

Y sí, habíamos logrado conseguir el sesenta por ciento de la casa en que nuestras hijas habían nacido. Todo gracias al juez que había revisado nuestro caso, quien había indicado, tras un largo debate qué: "yo la merecía".

¡Y sí, merecía cada centavo que aquella casa entregaría el día de su venta! Me pertenecía, ya que había entrego hasta mi alma por ella.

—¡Hey, nena! —gritó Dan, obligándome a salir de mi burbuja de pensamientos y recuerdos—. Te quedaste muda, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien. Un poco cansada, pero feliz de estar aquí —confesé, levantándome desde la silla para recoger los platos vacíos de los invitados.

—¡Deja eso allí! —exclamó, atrapándome con un fuerte tirón desde la cintura, obligándome a montarme sobre sus piernas.

Me sonrojé y es que de seguro éramos el centro de atención de sus invitados y mi hija Abril, quien seguía insistiendo en que no quería ir a la cama.

—Nosotros regresaremos, es tarde... —habló Gregorio con simpatía—. Además, no ves a tu chica desde hace un tiempo —especificó y mis mejillas ardieron, ¿cómo sabía? —. De seguro quieren estas a solas.

—¿Tu chica? —cuestionó mi hija con voz perezosa—. Mami, ¿qué significa eso? —insistió y me quedé tan muda como perpleja.

—Significa que son amigos —justificó Andrés acercándole una muñeca para distraerla.

Abril abrió la boca para decir algo, pero tal cual Andrés había anticipado, la muñeca que él mismo le había obsequiado, tenía su objetivo distractor sobre ella.

—Bien, los acompaño a la puerta —susurró Dan evidenciándose cansado.

Había sido un largo día. Y tras reírnos hasta que las costillas nos dolían y beber cerveza hasta que mi vejiga ya no resistía, lo único que quería era ir a la cama, abrazar a Dan y dormirme a su lado en compañía de su rico aroma.

—Te llevo a la cama, no puedes dormir sobre la mesa, Abril —reproché, fijándome en cómo mi pequeña hija, propinaba pequeños cabezazos en la mesa, adormilada y rendida.

Ella respondió tal cual esperé, y tras enredar sus delgados y pequeños brazos por mi cuello, terminé cargándola hacia el cuarto que Dan había preparado para ellas, lugar en donde Violeta ya descansaba desde hacia algunas horas. A pesar de que ya empezaba a gatear y dar sus primeros pasos, seguía necesitando de una rutina ordenada para sus siestas y comidas, y nada disfrutaba más que verla crecer con todo el amor que le ofrecía a cada segundo. 

—Mañana podemos ir a conseguir un bañador y disfrutar de la piscina de Dan —susurré, quitándole la goma que sostenía su cabello castaño y luego, librando sus pequeños pies de las zapatillas que había elegido para viajar.

Abril nada respondió y tras acomodarla en el amplio colchón de la cama, cayó rendida de inmediato. Cubrí su cuerpo con las colchas de la cama, arropándola y ordenando con mucho cuidado el entorno, pues no quería causar una mala impresión con mi visita.

—¿Quieres tomar una ducha? —preguntó él en cuanto llegué a la sala.

—Más tarde —justifiqué, sentándome a su lado en el amplio sofá.

—Kelly me llamó —musitó él, enseñándome su móvil.

Bufé, hostigada de la actitud sobreprotectora que ella solía coger para conmigo.

—Sí, fue por la tarde, pero ya le escribí un mensaje...

—Es de hace veinte minutos —susurró Dan, mirándome extrañado.

Confundida y preocupada por su llamada, me levanté desde el sofá dispuesta a coger mi móvil, pues seguía recordando que le había escrito un mensaje para indicarle que todo estaba bien. Moví un poco los cojines del sofá de Dan, distrayéndome al oír el timbre que su móvil producía.

—Es ella otra vez —habló, enseñándome la pantalla de su móvil—. Hola —contestó sonriendo—. Sí, ella está aquí... llegó cerca del mediodía —confesó y obvié a que mi exagerada hermana seguía preocupada.



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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