Simplemente Eres Tú

Ella Mató a Mi Hijo

Isabel estaba sentada en el borde de la piscina como todas las noches antes de dormir. Amaba nadar un poco antes de acostarse, eso la hacía sentirse libre de cualquier atadura. Movía los pies creando pequeñas ondas en el agua y eso la hacía sentirse feliz. Cuando era pequeña ella deseaba estar en esta piscina todo el día, pero su enfermedad no se lo permitía, visitó muchos hospitales para tratar su asma y mantenerla controlada por un tiempo.

Estuvo internada en un hospital porque según los doctores habían encontrado la solución para los ataques de asma y neumonía que la atacaban. Su abuela no dudó en internarla confiando ciegamente en los doctores. Con el tiempo ella comenzó a necesitar menos medicamentos, luego fueron las terapias para evitar que se cansara por todo. Fueron dos años de estar entre médico y médico, pero valieron la pena luego de lograr ser libre sin preocuparse de un ataque de asma por el frío de la noche.

Por eso aprendió a nadar, para venir a ese lugar cada noche y liberarse del estrés. La casa estaba siempre oscura luego de las once, la piscina era iluminada por las luces violetas que poseía y las estrellas la acompañaban con su brillo ¿Podía haber un lugar más maravilloso?

– Pensé que estarías dormida – comentó una voz conocida a su espalda.

Isabel retiro la bata que cubría su cuerpo y sonrió. El traje de baño negro se acoplaba a su cuerpo de forma natural. No se había desarrollado del todo y ya tenía la figura de una adolescente madura. Su abuela siempre decía que era por la sangre que corría en sus venas, aunque para Isabel eso no tenía importancia. La figura podía evaporarse con el tiempo, los sentimientos eran los que perduraban en realidad. Recogió su cabello en un moño y se sumergió suavemente en el agua.

– Me gusta nadar cuando todos duermen – respondió dando un par de brazadas a la derecha.

El agua se encontraba tibia, su abuela no dudaba al momento de derrochar el dinero para darse sus lujos. Uno de ellos era la piscina térmica que ellos poseían.

– A mí me gusta ver las estrellas – declaro Caleb dejándose caer en una de las tumbonas.

Tenía un pantalón de pijama negro y una camiseta blanca que mostraba un indicio de los músculos que se formaban lentamente con su desarrollo. No usaba zapatos y su cabello estaba ligeramente alborotado. Isabel se detuvo en el borde de la piscina y lo vio con el ceño fruncido. Un chico tan joven como él no debería estar trabajando de guardaespaldas ¿Qué lo habría llevado a hacerlo?

– ¿Por qué trabajas? – Preguntó Isabel de forma suave sin retirar su mirada del cuerpo del chico – Ciertamente eres un chico casi de mi edad.

– Como te lo dije al principio, Isabel – respondió Caleb algo molesto por su pregunta absurda – No todos somos niños mimados como tú; debo ayudar a mi familia con los gastos y para hacerlo tengo que trabajar.

– ¿Tus padres no deberían encargarse de todo? Eres apenas un chico.

La chica salió del agua envolviendo su cuerpo en una toalla y se sentó a un lado de él con el ceño levemente fruncido. Podía ser una chica apenas descubriendo como sería la vida, pero ella podía entender a las personas con una mirada, o eso le había dicho su abuela en una ocasión.

– Mi madre no está en condiciones para hacerlo – la miró sin demostrar algún sentimiento y suspiró – Y mi padre murió antes de mi nacimiento.

– Eso es horrible. Lo lamento si te incomodé con mis preguntas absurdas – se disculpó Isabel levemente sonrojada.

En algún momento debía aprender a reservar sus preguntas sin filtro.

– En algún momento las harías – se encogió de hombros y sonrió – Ya te habías tardado bastante, pequeña Schneider.

Pequeña Schneider pensó Isabel con una sonrisa. Era extraño, pero le gustó como el la llamó. Es como si escucharlo llamarla de ese modo algo en ella se removiera. Extraño. Tal vez tenía algo que ver con su familia.

– Tú abuela me contó un poco sobre ti cuando me entrevisto – la mira con el ceño fruncido y suspira – Me dijo que habías perdido a tus padres en un accidente ¿Eran la única familia que tenías?

– ¿Por qué me lo preguntas?

Caleb apretó la mandíbula y miró al cielo. Margaret Schneider y Donald Hoffman no eran personas de su entera confianza. Solo se encontraba en ese lugar por la chica frente a sus ojos, la tarde de la entrevista la observó y supo que ella estaba en un peligro latente. Si rechazaba el trabajo existía la posibilidad que Isabel estuviera en manos de una persona peor que él. Recordó las palabras de su madre cuando se despidieron en Nueva York y supo que no podía irse sin cuidar de Isabel hasta el final.



Laczuly0711

Editado: 18.09.2019

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