Simplemente Eres Tú

El Perdón

Leila

Estaba amarrada a la silla sin posibilidad de escapar para el momento en que abrí mis ojos, no podía ver nada por la penumbra que rodeaba el lugar, pero sabía cuál era el lugar. Fue el ambiente de mis pesadillas durante más de doce años, incluso siendo libre de sus ataduras seguía volviendo a mí a través de los recuerdos.

Unos golpes airados sacudieron la puerta de la habitación. Levanté la mirada con el ceño fruncido buscando distinguir algo entre tanta oscuridad, pero de nada servía, seguía sin poder atisbar nada de lo que pasaba. Permanecí absolutamente quieta en la silla, mi piel helada, el aliento de mi cuerpo notándose con cada respiración acelerada que daba. No había nadie a mi lado y me preocupaba la imagen que tenía de Nathan la última vez que mis ojos vieron más allá de la brumosa oscuridad.

– ¡Sé que estás despierta, Leila! – Gritó una voz conocida del otro lado de la puerta – ¡Dime dónde está Isabel!

Apreté con fuerza el borde de la silla que alcanzaban mis manos y cerré los ojos. ¿Cómo esperan que tenga respuestas a algo que no tengo conocimiento?

– ¡Vete a la mierda Donald!

Esas palabras que desee decírselas desde niña se las estoy diciendo ahora, se siente muy bien. Me da una satisfacción ser libre de ellas, no puedo describirlas con palabras. Es como si todo el odio que siento hacia la familia Schneider hubiese menguado de a poco con el pasar de los años. Mi único objetivo era recuperar a mi hermana, saber que no está con ellos no me tranquiliza del todo, pero me da una paz absoluta al pensar que ella no está más con ellos. Que no la están usando para ninguna artimaña futura que tengan entre manos.

Que está completamente fuera de los negocios sucios de Margaret con el narcotráfico.

La puerta se abrió de un empujón, mostrando la suave, pero intensa luz para mis ojos, que irradiaba el pasillo donde se encontraba. Me di la oportunidad de cerrar por un momento los ojos y para el momento en que pude abrirlos fue que recibí el golpe seco del hombre que destrozó mi vida en este país hace muchos años.

– No quieras dártela de lista conmigo, Leila – dijo Donald, me miraba con ira mientras la cortada en su ojo se hacía más notoria con cada expresión. Sus ojos verdes acuchillándome con toda la intensión de perforar mi alma.

Algo a lo que ya no tenía acceso.

Ya no más.

– Dime dónde está tu hermana y podrás volver a la vida de mierda que tenías – Dice.

¿Cuál vida?

Mi vida antes de llegar a este lugar era patética. Día y noche buscando a una persona que no sabía si estaba viva o no. Y cuando por fin la encuentro me topo con que todo mi pasado puede volver, encontrándome frente a frente con la realidad en la que estaba viviendo. Dándome cuenta que no estaba viviendo en lo absoluto. Simplemente estaba alargando el tiempo que me quedaba para aceptar la verdad. Nada más.

– Eres patético – Digo sonriendo – No te lo diría incluso si supiera donde está. No soy tan patética como tú, Hoffman.

Otro golpe en seco en mi mejilla. La sangre haciéndose notar a través de mis labios resecos. Me prometí que no lucharía más en esta vida por lo que el destino tenía preparado para mí, estaba cansada de luchar. Si esto era lo que el destino quería para mí, si esto fue lo que las estrellas predijeron, estoy dispuesta a aceptarlo. Estoy cansada de huir de toda esta pesadilla interminable.

– Dime una cosa – Gorjeo, escupo la sangre de mi boca a mi lado sonriendo y lo miro victoriosa – ¿Qué se siente no tener a nadie más que la zorra de tu hija como compañía? Perder a tus dos herederos a manos de las personas que más has lastimado en toda tu vida, imagino que debes sentirte sumamente frustrado. La vida no ha sido muy buena contigo.

– Cállate – Espeta girándose hacia la puerta, dejándome de nuevo bajo la incesante compañía de la oscuridad.

Mi oscuridad.

Cuando mi pesadilla comenzó lo único que quería en todo el mundo era que todo terminase. Que el dolor se detuviera. Y por un momento desee que alguien escuchase mis suplicas. Que se apiadaran de mí por ser una simple niña sin un rumbo fijo en la vida. Más esa mano amiga nunca llegó cuando la necesité.

Pasé doce años de mi vida contando meses, días, horas. Todo para esperar mi muerte. No tenía algo que me anclase a este mundo lo suficiente como para desear quedarme. Había incluso intentado miles de veces suicidarme durante mi estadía en el extranjero. Después de todo le hacía un bien a mi familia desapareciendo. Con mi muerte hubiesen cortado los lazos inmediatamente con Margaret, Isabel nunca hubiera sido secuestrada y en estos momentos Nathan tendría una hermosa familia junto a Bárbara. Otra persona a la que le desgracie la vida con mi presencia. Pero al parecer mi misión en este mundo no había llegado.



Laczuly0711

Editado: 18.09.2019

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