Simplemente Eres Tú

Tú Eres Mi Vida

Leila

Mi cuerpo se encontraba en una posición poco favorable, me dolían todos los huesos de la espalda y sentía la sangre rodando por mi barbilla de la última visita de Donald hace unos minutos. No sé por qué dilataban tanto el momento para matarme, solo quería que acabaran con esto ya, no tenía sentido que me mantuviesen con vida sin razón.

Estoy cansada de esperar.

– Hola, pequeña zorra – Saluda esa mujer encendiendo la luz de la habitación.

Cerré los ojos un momento soltando una maldición por la entrada de ella y gruñí. Por un momento deseaba que ella no estuviese en el país, no quería que fuese la responsable de llevarme a la otra vida. Esta mujer y yo somos iguales, lo único es que ella nunca ocultó su pasado oscuro, siempre lo mostraba ante todos con orgullo.

– ¿Qué haces aquí? Kassandra – Dije mirándola con cansancio – ¿Vienes a acabar lo que comenzamos hace muchos años?

– Lastimosamente, no – Me muestra una llave y sonríe – Vine a liberarte.

– No juegues conmigo.

Kassandra se colocó frente a mí desatando las cuerdas de mis pies, de mis brazos y luego de mis muñecas, para luego abrir las esposas con su llave. Me miró con una sonrisa ladeada y yo me sentí palidecer, ella no estaba haciendo esto con una buena intención, Kassandra nunca hace algo con buena intención. De seguro tiene un plan diferente planeado con su asquerosa familia.

– No estoy jugando, Leila – Dice la mujer en un susurro – Te estoy ayudando.

– ¿Por qué?

– Porque no he terminado con tu sufrimiento – Me toma del cuello con fuerza, levantándome de la silla con un movimiento. Tome su brazo con mis pocas fuerzas ignorando el dolor y no retiré mi mirada de sus ojos, no le dejaría el trabajo fácil – Voy a vengar lentamente la vida de mi hermano, Schneider. Por eso te estoy liberando.

– No vas a tocar a mi familia, primero muerta – Digo en un gruñido empujándola con fuerza.

La pequeña Hoffman se alejó soltando una risa carente de gracia y negó con la cabeza. Estaba loca, como toda su familia.

– El asunto de tu hermana, tus padres y tu persona están muy trilladas, Leila – Dice arreglando el cuello de su camisa – No te atacaré por ese lado, no soy una imbécil como mi padre.

– ¿Entonces?

– No sabrás de mí en mucho tiempo, Leila Schneider – Camina a la puerta con paso lento, coloca una capucha en su cabeza para cubrir sus rasgos y desaparece por el pasillo con el sonido de los disparos escuchándose en toda la casa.

Yo me encontraba en shock todavía. No podía moverme, mis pies parecían de plomo y solo miraba al lugar por donde desapareció Kassandra Hoffman. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Por qué me liberó de esa forma tan extraña? ¿Qué estaba planeando?

– ¡Busquen a Leila!

Tenía que reaccionar.

Tomé las sogas con las que me tenían amarrada, las esposas y comencé a moverme por la habitación en busca de algo que me permitiera defenderme ante los hombres de Donald. Ellos ya estaban viniendo por mí. Enrollé un poco de cuerda en mi brazo derecho, las esposas en mis bolsillos y caminé hacia la puerta apresurada.

– Así que tú eres Leila Schneider – Dice un hombre en el pasillo paralizándome por completo – Un gusto conocerte.

Al girarme me topé con unos ojos azulados grisáceos y un cabello rubio sumamente brillante, por un momento me recordó a Anthon, pero no. Este hombre no podía tener un parentesco con mi amigo, él tenía la mirada de un psicópata, sus ojos estaban mostrando una oscuridad absoluta, y al parecer no le importaba que en toda la casa se escuchasen disparos. Parecía ser una excelente melodía para él.

– ¿Q-quién eres? – Pregunto sosteniendo las sogas con fuerza.

Su acento ruso me daba una idea de quién podría ser, pero quería asegurarme de su identidad antes de precipitarme.

– No te hagas la desentendida, Schneider – Dice él sonriendo – Ambos sabemos que conoces mi identidad.

– ¿P-por qué e-estás aq-quí?

Mierda.

Parezco una presa frente a su captor, pero no es como si todos los días tuviese frente a mí a Alec Obercot jugando con un arma mientras yo me encuentro en completa desventaja.

– Tenía cosas que hacer, pero antes – De pronto su cuerpo terminó acorralándome en la pared frente a nosotros, solté un grito de sorpresa por lo rápido que se movió, su sonrisa maliciosa estaba frente a mi rostro y me aterraba. Alec Obercot era aterrador a esta distancia – Tú y yo tenemos negocios, Schneider.



Laczuly0711

Editado: 18.09.2019

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