Sin poder decir adiós

*Capítulo tres: "No sé"

El aula de clases, dueña de altas paredes pintadas con un tenue color crema mate, estaba desordenada por la estampida de estudiantes que salió a culminar un último trabajo del ciclo. Sin un alma agitada por el estrés, el lugar quedó sumido en un calmado silencio cuando la última estudiante femenina abandonó el recinto a una velocidad media, arrastrando los pies y soltando un bostezo largo y cargado de cansancio, que mostraba la ardua labor que significaba estar en el penúltimo año de carrera.

Rudolf rastrilló sus lacios cabellos negros y terminó de guardar su carpeta azul dentro de su mochila, ya con los trabajos ordenados que la profesora de investigación le había entregado, lanzó un suspiro entrecortado, que significaba su incomodidad con la tierna existencia que lo rodeaba y que lo encerraba a un molde de actuación. La nota perfecta que recibió en la elaboración del producto era el detalle menos importante en aquellos instantes, ya que eran los esfuerzos finales del VIII semestre, y después de todo lo bueno que hizo a lo largo de cuatro años, él había asegurado su próximo futuro perfecto: recomendado por los docentes a buenas Instituciones Educativas, admirado por varios compañeros, realmente lo tenía todo para triunfar en la vida, pero había algo que lo desconcertaba y comenzaba a dejar estragos en su alma acostumbrada a divertirse con personas que solo buscaban la satisfacción del momento. 

Ella, esa señorita que a penas media un 1.47 m. de altura, no le prestaba la suficiente atención que él necesitaba. Tenía el titánico poder de ignorarlo con total violencia por días enteros y lo peor era que muchas veces le dedicaba sonrisas vacías que él no comprendía que querían decirle ¿había hecho algo mal para recibir conversaciones intermitentes? Juntos cumplieron las labores que los ayudarían a mantenerse con buenas calificaciones y su sólida amistad dejaba que se quedaran juntos durante horas, conversando de temas tan variados cómo escoger la tonalidad del labial que Noella pretendía comprar con el dinero de su hermana mayor. Además, Rudolf dejó atrás su vida llena de fiestas y alcohol con tal de no defraudar la confianza de su mejor amiga bajo ninguna circunstancia. ¿Qué había causado que Noella huyera de su lado ante el más mínimo descuido?  

—¿Qué diablos hice ahora? —levantó la mirada enturbiada por los desvelos en dirección al techo, buscando alguna acción que hubiera desatado la furia de su cómplice eterna 

Rudolf no creía que existiera algo peor que escribir en un trabajo importante: “Incesto entre miembros de una misma familia”. Si Noe no se había enojado por ese error garrafal años antes; que les costó una calificación deplorable en el promedio ponderado, por el contrario, se había reído hasta perder la respiración, entonces no tenía ni la más mínima idea del hecho que pudiera haber generado su enojo. 

Así tuviera el atrevimiento de preguntar, ella no respondería sus cuestionamientos, podrían ser los mejores amigos del mundo, aún así, esa mujer tan insoportable continuaba siendo muy hermética, que no dejaba que nadie conociera mucho de su interior, carcomido por unas vivencias que él desconocía y que no pretendía desvelar sin su consentimiento. Estaba seguro que ninguna de sus amigas: Luna, Bella y Margarita, tendrían la soltura de lengua para explicar qué ocurría en la salvaje tundra mental que cargaba Noella, asimismo, dudaba que esas mujeres conocieran algo que él no tuviera noción; ya que Rudolf era el amigo número uno de Noella, hecho que lo llenaba de orgullo y felicidad. 

Lo meditó una segunda vez, con la gran intención de descubrir el misterio que escondía la distante actitud de una mujer, que tenía la capacidad de enloquecerlo con solo guardar un silencio sepulcral…

Las uñas mordidas de Rudolf era la señal inequívoca de que algo no andaba bien dentro de su corazón acostumbrado a la frialdad explícita de su entorno, rodeado con espinas largas y venenosas que no permitían el nacimiento de rosas llenas de vitalidad. Tampoco era una señal alentadora el verlo vestido de un modo desaliñado y estar sin beber una sola gota de alcohol desde hacía varias semanas, era una muestra obvio de que algo no encajaba con su antigua personalidad. La mayoría de personas de su círculo social lo conocían a la “perfección”: él no era un santo capaz de ascender al cielo por las buenas acciones que cometió en sus veinticuatro años de vida, así que su nuevo estilo tranquilo de vida confundió hasta a sus amigos de otras facultades.

Se quedó en silencio mientras intentaba terminaba de teclear un último informe que debía presentar para concluir el semestre con honor y orgullo, pero no podía concentrarse sin recibir un mensaje de su compañera eterna. Noella no le escribía por ninguna red social y le hablaba con soltura y tranquilidad en el aula de clase solo si se trataba de temas académicos; sin embargo, si él buscaba la manera de relatar alguna anécdota de su trabajo, ella terminaba frenando en seco sus intenciones. 



Laurencia R. Antígona

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En el texto hay: baile, amor, amistad

Editado: 30.03.2021

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