Sleeping Beauty [noir]

1. Introducción

La escarcha del helado invierno no se derrite con la calidad de un beso, sino cuando sale el sol, exponiendo lo que estaba en la oscuridad. Es la única forma en la que el ensueño puede terminar.

En la oscuridad de la noche, la luz de los faroles iluminaba una calle oscura. El silencio apenas era interrumpido por los jadeos que hacía la única persona en medio del asfalto; una figura envuelta en un manto manchado de negro se tambaleaba, dando pasos erráticos de un lado a otro. Lloriqueaba, angustiada, extendiendo las manos hacia el aire, como aferrándose a éste para no caer. Soltó un alarido de angustia absoluta, como si su corazón de cristal estuviera quebrándose adentro de su cuerpo, y cayó. La calle estaba desierta, y apenas se oían vehículos en la distancia, en otras calles, lejos e indiferentes en la oscuridad de la noche.

La noche precede al día, iluminando los rastros de lo que esa oscuridad ha dejado.

El claro día iluminaba los campos verdes, radiantes, abundantes de vida y naturaleza. Una figura pasó a toda velocidad montando a caballo por el campo. Era una joven que no debía tener más de veinte, delgada y de rasgos finos acompañados por una nariz respingada y filosa. Tenía unas cejas castañas perfectamente definidas sobre sus ojos azules como el cielo desde donde el sol brillaba, arrojando como lanzas haces de luz sobre su cabellera dorada, ondeando tras ella como una capa de oro. Volaba por sobre los prados verdes a lomo de un hermoso ejemplar equino árabe, de pelaje castaño y brillante.

- ¡Vamos, Apolo! – exclamó la joven, sacudiendo las riendas, emocionada.

El caballo aumentó la velocidad, prácticamente saltando por los desniveles del terreno. Aurora soltó un chillido de emoción. Montaba a caballo desde que era niña, y era una jinete experta.

- Pero qué hermoso día, ¡sol, para variar! – aulló, mirando hacia arriba y riendo.

Apolo relinchó. Llevaba un buen rato recorriendo los campos, así que la muchacha decidió darle un descanso.

Se bajó del lomo con cuidado, deslizándose y aterrizó con suavidad en el suelo. Le dio una cariñosa palmada a un lado del torso y mientras éste recuperaba el aliento y pastaba, la chica echó un vistazo a su alrededor. Estaba en medio de una gran arboleda de ejemplares de considerable altura, rodeada de una bella naturaleza simple. Caminó un poco, con las botas dando pasos sordos sobre la capa de verde, y se metió por entre algunos árboles, al llamarle la atención algo tras unos arbustos que había en medio. Con cuidado pero audacia, se subió a una roca y desde ésta a una rama baja de un tronco para ver mejor. Más allá de la arboleda, el terreno descendía hacia enormes hectáreas de diversos niveles; en la distancia, había una gran y bonita casa inglesa. Mucho más lejos de ésta, comenzaba un bosque. Ella nunca había llegado hasta ese lugar, o por lo menos no por los campos. De haber ido por la ruta de tierra, seguramente no le habría prestado la misma atención que ahora, que lo hallaba como un oasis en un desierto, o un tesoro en un castillo.

- Qué bonita casa – dijo en voz baja, apreciando la entrada de la estructura, formada por muros cubiertos de enredaderas y flores blancas. La casa estaba envuelta en verde, decorada por un tejado gris. Incluso desde tan lejos, podía apreciar su aspecto hogareño – Me pregunto quién vivirá allí.

La joven se apartó y se acercó hacia Apolo, al ver que éste ya había dejado de pastar.

- ¿Tienes sed? – le preguntó mientras acariciaba su hocico - ¿Eh? ¿Quieres regresar?

El caballo no hizo ningún gesto, pero ella lo notaba agotado.

- De acuerdo, volvamos – sonrió y echó un último vistazo al lugar, en lo que se acomodaba sobre el lomo del equino. Los pájaros cantaban en sus nidos, entre los árboles, cuyas siluetas resaltaban delineadas por la luz del sol – Hoy es un día estupendo. Este lugar es muy bello, mañana me gustaría venir otra vez. Seguramente ya va a estar nublado de nuevo, pero no importa.

Sacudió las riendas y Apolo comenzó el trote de regreso a casa.

 

- ¡Aurora! ¡Aurora! – llamó una mujer regordeta de pie en el umbral de la puerta, tenía los brazos en jarra apoyados en la cintura y los labios fruncidos - ¡Aurora!

La joven estaba tardando más de lo usual en regresar, y comenzaba a preocuparse. Aguardó unos minutos. En la distancia, finalmente, una figura montada a caballo hizo aparición, acercándose cada vez más rápido.

Al divisar la bella casita de piedra y tejados terracota, la muchacha rubia sacudió las riendas para que Apolo apresurase el paso. Cuando ya estaba a menos de cien metros notó a la mujer en la entrada del hogar. La pared del frente estaba acompañada de arbustos y diversas flores sencillas de colores suaves, por entre esos colores destacaba el largo vestido azul de la mujer.

- ¡Al fin! – exclamó ni bien la joven se detuvo a escasos metros de la casa - ¡Estaba comenzando a preocuparme! ¿A dónde demonios te habías ido?

- Lo siento, tía Prima – dijo avergonzada Aurora mientras se bajaba del caballo – Cabalgué más lejos que de costumbre, y perdí la noción del tiempo.

- Cada vez te retrasas más. En lugar de ese vestido que querías, voy a darte un reloj de bolsillo para tu cumpleaños – refunfuñó. La voz de su tía Primavera le hacía a Aurora pensar en los gnomos de jardín; más específicamente la estatuilla de la mujer gnomo, regordeta y de mejillas sonrosadas.



NicoleRiverstone

#741 en Detective
#359 en Novela negra
#2823 en Thriller
#1595 en Misterio

En el texto hay: cuento de hadas, romance y tragedia, misterio policial

Editado: 08.06.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar