Somos polvo de estrellas

Capítulo 17

Lunes 19 de junio de 2017, diez días después.

—Ya veréis que todo irá bien —dijo Carmen mientras abrazaba a Bianca—. Me tenéis aquí ¿vale? Habitación 422.

Bianca le regaló una pequeña sonrisa mientras se separaba de su nueva amiga y tomaba la mano de su marido.

—Bueno, volvemos a la habitación. No me fio de dejar a Isabella con Hannah —confesó con algo de humor. David negó ligeramente con la cabeza mientras soltaba una risilla ante la extraña idea que se había hecho su mujer sobre la muchacha.

—Es buena chica. De verdad —afirmó Carmen—. La conozco desde hace más o menos ocho meses. Es buena chica… —una sonrisa triste impidió que acabara la frase—. Ha sufrido mucho.

—Lo sé.

Pero lo que no decía Carmen era que todos en esa planta habían sufrido mucho. Y lo harían. Ella por ejemplo tenía a su hijo ingresado por el sexto ciclo de quimioterapia. Tenía tres años y se encontraba luchando contra el neuroblastoma, un tipo muy agresivo de cáncer infantil que aparecía en las células nerviosas del cuerpo.

Extendieron la conversación un par de minutos más, ansiando aquel momento lejos de sus realidades. Pero todo llegaba a su fin, los buenos momentos mucho más rápido que los malos.

Bianca y David fueron conversando con buen ánimo hasta la habitación 431, la de Isabella. Pero no la encontraron como la habían dejado.

Oh mio Dio! —exclamó su madre instantes antes de correr hacía su hija. Isa se encontraba sentada en la cama, tenía las mejillas rojas de llorar, los ojos brillantes, un mar de lágrimas cayendo por su rostro. Toda la ropa y la boca llena de vómito.

—Tengo miedo —susurró mirándolos fijamente sin parpadear.

Su madre le colocó una mano en la mejilla mientras con la otra le apartaba el pelo de la cara. A pesar de vómito la envolvió en un fuerte abrazo.

 

(…)

 

Miércoles 21 de junio de 2017, doce días después.

Isabella hizo rodar la silla de ruedas tan en silencio como le fue posible. Eran las dos de la mañana y la culpa la estaba carcomiendo. Escasas horas antes sus abuelos la habían llamado para preguntarle que como estaba, su padre les había dicho que todo iba bien y que Isabella estaba con una amiga por el hospital, que cuando llegase les llamaría de vuelta. Era mentira, tampoco les llamó, las náuseas y vómitos constantes se habían extendido hasta pasadas las once, cuando el antiemético leve que le habían administrado por fin había hecho efecto. Sus padres habían considerado que era muy tarde, que sería mejor llamarlos al día siguiente, Isabella había coincidido con ellos. Pero una vez se metió en la cama, con el cuerpo pesado y el estómago aún revuelto, los recuerdos de una tarde que tras dos veces ya se había convertido en habitual… le había sido imposible conciliar el sueño. Y la culpa había aparecido. Sus abuelos merecían saber la verdad.

Tras la noticia de que tenía cáncer les había pedido a sus padres esperar a llegar a casa para contárselo en persona, pero en su interior sabía que era una excusa para ganar tiempo. Que tenía miedo de como relacionaría. Tenía miedo de su pena. De su miedo. De su lástima. Pero mentirles día si día también no parecía justo. Nada de esto parecía justo.

Salió de la habitación sin despertar a sus padres, quienes dormían en la butaca y el sofá que Hannah había apodado “mortuorio”, y esperó hasta llegar a la sala de descanso más próxima para sacar el móvil. Llamó a su abuela.

—Hola…

—¿Isa? ¿¡Estás bien!? ¿¡Qué ha pasado?! —exigió con preocupación la mujer. Al fin y al cabo, eran las dos de la mañana y su nieta estaba ingresada en un hospital. La pobre mujer debía haberse dado un susto de muerte.

—Sí, sí, estoy bien…

—No estás bien cariño, no me llamarías a las dos de la mañana si estuvieses bien —Isabella estalló en lágrimas. En esos dieciocho días había llorado más que en toda su vida—. Cariño…

—Estoy bien, estoy bien —se pasó una mano por los ojos—. Es solo que… ¿podréis venir mañana al hospital? Os echo de menos…

—Claro, cielo…

No le dejó tiempo a responder.

—Okey, pues nos vemos mañana —colgó antes de que su abuela pudiera responder y se rompió. Se rompió porque tenía miedo. Porque se sentía culpable. Porque estaba cansada. Muy cansada (tanto mental como literalmente, al estar recibiendo quimioterapia el hospital tenía la política interna de despertarla cada cuatro horas para controlar sus vitales). Porque el día siguiente era el último día de curso y ella no estaba allí. Tampoco se hablaba con sus amigas. Porque llevaba dieciocho días ingresada en ese maldito hospital. Porque tenía ganas de dormir en su casa. Bailar durante horas. Dejar de sentirse mal. Porque ella no era así. Ella no se pasaba el día llorando. No quería pasarse el día llorando. Tenía que mantenerse positiva. Ser fuerte por sus padres, por Hannah. Pero era tan difícil…

Se sonó los mocos y sin saber exactamente porqué, se tomó una foto. Sus ojos hinchados, unas ojeras cada vez más marcadas, la nariz roja, el apósito del Port-a-Cath medio visible en su pecho. Las bolas y cables de medicamentos colgando detrás suyo. Ahora tenía cinco bolsas, suero con sus vitaminas y cuatro bolsas de medicamentos para contrarrestar los efectos secundarios de las dos quimioterapias que le habían administrado.



onrobu

#1129 en Otros

En el texto hay: amistad, cancer, valores

Editado: 03.01.2021

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