Te Cruzaste En Mi Camino - Libro 1

CAPÍTULO 1

Santa Marta, Magdalena.

Octubre 31, año 2010.

La joven corría de un lugar a otro, pues era el día del disfraz y debido a eso, la tienda de disfraz donde trabajaba era invadida, según su pensamiento, por gente estúpida pues ella no le veía el sentido al hecho de que muchos compraran disfraces de personajes ficticios.

Ella había conseguido trabajar allí, gracias a Lee, su amigo, quien la recomendó al dueño, poco antes de que él se fuera a vivir a otra ciudad.

 Odio Halloween —susurró y una de sus compañeras la escuchó.

 Ya perdí la cuenta sobre las veces que te he escuchado decir esa frase en el día.

 Doris, Vicky, dejen de hablar y trabajen —ordenó el dueño de la tienda.

— Esa frase también la he escuchado demasiado hoy —dijo Vicky.

Eran las tres de la tarde cuando Doris salió de la tienda, ella estaba cansada, pero aun así debía ir a un lugar.

Mientras caminaba, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas... y cuando llegó a su destino, lo primero que hizo fue dirigirse hacia el lugar donde reposaba su amiga y allí, frente a su tumba, se derrumbó... y los recuerdos la golpearon.

— ¡Camila! —gritó una vez más y corrió hacia la calle donde había quedado el cuerpo inmóvil de su amiga.

Doris la abrazó y, momento después, sintió cuando alguien intentaba separarla de Camila.

 ¡No, déjame! —exclamó.

Todas las personas que se reunieron alrededor la miraban con lástima. Todos creían que aquel cuerpo al que Doris se había aferrado, ya estaba sin vida.

Aproximadamente diez minutos más tarde, la ayuda llegó.

— Jovencita, permítanos socorrer a su amiga —habló un enfermero.

 ¿Ella estará bien? —preguntó.

— No lo sabremos, hasta que le brindemos los primeros auxilios. Ahora permíteme hacer mi trabajo.

La joven se apartó y el enfermero procedió a tocar varias partes del cuerpo de Camila.

 Sus signos vitales son débiles —dijo el enfermero.

— ¿Qué quiere decir? —preguntó la joven, pero fue ignorada.

 La estamos perdiendo —habló otro de los socorristas.

 Rápido, hay que llevarla a un centro médico de emergencia.

Mientras Doris lloraba, estando de rodillas frente a la tumba de Camila, una pareja retozaba, no muy lejos de donde ella estaba.

— ¿De verdad piensas casarte? —escuchó y supo que aquella era la voz de una mujer.

— Sí, pero ya te dije que podemos seguir siendo amantes —habló alguien más y por su tono de voz supo que era un hombre.

La joven se levantó y secó sus lágrimas.

¿Cómo era posible que hubiera gente descarada, tanto como para retozar en el lugar de las sepulturas?

— Amor, no te cases, ella no te merece; es una tonta.

 Lo sé, pero debo hacerlo o mi fuente de dinero desaparecerá.

 Mañana iré a tu boda.

— Pues la iglesia de San Tommy con gusto abrirá sus puertas para ti.

La pareja empezó a reírse y Doris ya no escuchó nada más.

La joven se asomó para ver y observó que ellos devoraban sus respectivas bocas con ansias.

«Perro rastrero», pensó Doris.

Ella no se quedó viendo nada más; ella se fue a su pequeño hueco.

Llegó, momento después, al lugar donde vivía. Aquel lugar era un minúsculo apartamento que contaba con un cuarto, una estrecha cocina y un baño donde casi no había espacio para moverse, pero aun así la joven no se quejaba.

Doris a sus 19 años había aprendido a ser agradecida. Ella era huérfana; ella vivió hasta sus 18 años en un refugio para niños abandonados, según la encargada de dicho refugio, Doris tenía cinco meses de edad cuando una mujer la dejó allí.

Ella no tuvo amigos hasta que conoció a Lee y a Camila. Primero lo conoció a él y luego a ella.

El recuerdo del día en el que conoció a Camila llegó a su memoria.

— Hola, soy Doris ¿Por qué lloras?

— Quiero ver a mi papá y a mi mamá.



LE Rivoc

Editado: 21.01.2021

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