Te Cruzaste En Mi Camino - Libro 1

CAPÍTULO 9

Los tres caballeros no apartaban la vista de ella; ellos no ocultaban su estado de asombro y ella…

— Creo que fue uno mala idea venir —dijo.

Doris giró y, aunque intentó abrir la puerta, no pudo pues Rodolfo quien se había levantado rápidamente, la bloqueaba con una de sus manos.

— Lamento decirte que tú no podrás salir de aquí.

La joven ojos de tormenta se giró para enfrentarlo, pero al observar sus ojos tan cerca y ser consciente de que había quedado atrapada entre la puerta y él, sintió que su corazón dio un salto que la obligó a apartar la mirada.

Rodolfo también observó sus ojos y le parecieron llamativos.  

«Rodolfo, ¿qué cosas imaginas? Ella no tiene nada lindo», pensó, aunque sabía que se estaba mintiendo pues Doris era una joven de bello rostro y tenía un cuerpo que llamaba la atención de cualquier hombre.

Para Franco no pasó inadvertida las miradas de ambos y para llamar tanto la atención de su amigo como la atención de la joven ojos de tormenta, carraspeó.

— Yo opino igual que mi amigo, tú nos has causado muchos problemas —dijo el hombre de ojos verdes.

— ¿Problemas? Ustedes sí que me causaron muchos problemas cuando decidieron burlarse de…

Doris hizo silencio y no terminó la frase.

«¡Eres una tonta!», se reprendió mentalmente y trató de ignorar las miradas interrogativas de los tres.

— Así que hay un motivo —expresó Siciliano.

— ¿Cuál es el motivo de tu odio? —preguntó Rodolfo.

La joven empujó a Rodolfo y logró poner distancia entre ambos.

— No vine aquí para hablar de mi desprecio por ustedes; yo estoy aquí porque Oswald Bohórquez me dijo que viniera.

— Habla ahora o…

— Rodolfo —lo llamó Franco.

Rodolfo se acercó a su amigo y Siciliano se acercó a ellos.

Aunque Doris sabía que ella era el motivo de su discreta conversación, decidió aprovechar para ''mirar''.

Ella tomó en sus manos, el portarretrato que había sobre el escritorio y observó detenidamente la fotografía en la que aparecían tres púberos. Ella no tuvo que adivinar para saber quiénes eran pues aquellos ojos azules, verdes y negros, eran inconfundibles.

— Además de interrumpir bodas, poseer una lengua viperina y ser una mentirosa… ¿También eres curiosa? —interrogó Rodolfo.

Doris dejó la fotografía en el mismo lugar y entonces lo miró.

— Acepto todo lo que dijiste, excepto lo de mentirosa.

— ¿Acaso es verdad que tú y yo somos amantes? —cuestionó Siciliano.

— Eso lo dije porque no supe qué otra cosa decir; fue una mentira piadosa.

Doris resopló y los miró.

— ¿Saben una cosa? Yo no vine aquí para hablar de cosas pasadas, el motivo por el que estoy aquí es porque el señor Oswald me informó que su amable sobrino me recibiría y me contrataría como su asistente.

— ¿Sabes lo que hace una asistente?

— Puedo aprender si me enseñas.

— Amigo, nosotros nos iremos —habló Siciliano.

— Quedas con tu tormento —expresó Franco.

Los dos hombres salieron y, aunque ella no lo demostró, el hecho de quedar a solas con él, empezó a ponerla nerviosa.

— ¿Y bien? ¿Estoy contratada?

— Estarás a prueba por un mes.

— Eso no fue lo que dijo tu tío.

— ¿Ves a mi tío aquí?

Doris resopló.

— Está bien ¿Desde cuándo empiezo y qué debo hacer?

— Empieza por ir a buscarme un café.

— ¿Qué?

— Tu trabajo es asistirme y yo quiero un café en este momento.

— De acuerdo, pero, ¿podrías indicarme dónde está la cafetería?

— Si no sales y preguntas, no podrás encontrarla.

— Eres un grosero.

La joven salió y preguntó dónde estaba la cafetería, pero nadie le dio respuesta.

— ¿Doris? 

Ella se giró y vio a su amiga Vicky.

— ¿Vicky? Tú… ¿Trabajas aquí?

— Sí. Y tú, ¿qué haces aquí?

— Trabajaré aquí, el dueño del lugar me debe un favor y… un momento, tú no me dijiste que trabajabas aquí.

— Pues… 



LE Rivoc

Editado: 15.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar