Tu sombra es mi reflejo

Prólogo

      He sido testigo de incontables escenas terroríficas, donde miles de teorías pueden hacerse presentes hasta en las mentes más sencillas.

      Tanto color carmesí en tantas manchas irregulares que adornan con vehemencia los cuerpos a los que pertenecían antes de que sus carnes fueran desgarradas por los dientes de un cuchillo o separadas de tajo por un hacha de madera, dando un toque artístico ante una visión como la mía, donde la muerte se ha vuelto tan presente  que buscarle forma a los charcos de sangre se ha vuelto un hobby para mí. Mi trabajo no es investigar al igual que los detectives como John, pero es sin duda el ser su colega lo que me ayuda a estar aquí en estos momentos, a punto de observar algo que sé que, hasta para mí, será una escena perturbadora.

      Hace un par de meses los asesinatos que generaron conmoción por años en una ciudad cercana, se mudaron a la nuestra, convirtiéndose en nuestra responsabilidad. La ley de aquella ciudad debió sentir un alivio al deshacerse de su asesino, ya que por más culpables erróneamente inculpados, jamás lograron hacerse con el creador de tan bellas obras. Todas ellas desolladas de una manera tan limpia que sólo deja a la imaginación el número de víctimas que han pasado por sus manos hasta llegar al grado de perfeccionar su técnica, dejando a su paso nada más que perfección.

      Siempre de la misma manera; dejando pocos espacios de piel aún en sus sitios, incluyendo manos, tobillos y zonas de piel gruesa. Un corte lineal desde el esternón a la pelvis sin rastro de sangre más que la que sus músculos desnudos habrían desprendido poco a poco, transformando un cuerpo humano en una plasta sin mucho sentido, dejando sólo reconocible a la vista, su cabeza, que era lo único que siempre dejaba intacto. Seguro para ahorrarnos el trabajo de reconocimiento, presumiendo lo listo que es, dejando un mensaje claro: “No me atraparán, así que no necesito escapar. Saben a quién maté, pero es todo lo que saben”.

      Recuerdo la primera vez que John me citó para observar el terror de la imagen de un asesinato de este nivel, donde películas de Hollywood se quedan cortas al esforzarse para detallar cada centímetro cuadrado de un cuerpo falso, mutilado y no llegarle a los talones a la vida real. Lo que miré en aquel lugar retorció mi mente (abriéndose de par en par y dejando un hueco dónde colocar una imagen de horror que jamás podría olvidar) y mi estómago. Me hizo vomitar y, aunque él me dijo que podía irme, me quedé.

      Después de eso las citas se volvieron recurrentes, vomitando cada vez menos y olvidando cada vez más, hasta llegar a comer un croissant mientras examinaba los restos sin tocarlos y luego, después de dar mi teoría a John, me fuera sin siquiera recordar el nombre del occiso.

      Cuando me comentó sobre el Desollador (un nombre muy trillado para mi gusto), despertó mi interés. Me habló de él incluso antes de que llegara a nuestra ciudad, como un caso que había seguido por meses pero que, incluso él no había podido dar con alguna pista segura proveniente del asesino.

      Cuando comunicaron al primer desollado de nuestra ciudad, se extasió y pasó por mí en seguida para ir juntos a echar un vistazo en mi pleno día de descanso.

      No muchos sabían de él, así que cuando llegamos estábamos solos, a excepción de la muchedumbre que se estiraba decididos a romperse el cuello con tal de ver algo, y claro que había qué ver. Enseguida examinamos el cuerpo que alguna de estas personas había reportado a la policía y descubrimos lo que ya sabíamos: el método. Una linda chica sin piel, con el pecho abierto y  todos sus órganos extirpados con sumo cuidado, dejando el más mínimo rastro de sangre, igual que todas las víctimas que John ya me había mencionado, pero al menos algo descubrimos. El homicida de aquella chica era el tan mencionado Desollador.

      Tan pronto como se revisó todo lo que se debiera revisar y se dictaba que las nulas pruebas conseguidas cerraban el caso y lo atribuían a un asesino del que no se conocía nada acusable, se anunciaba una nueva muerte.

      Mi trabajo se había convertido en el de John y él, por su parte, disuadía a mi inspector en jefe Raymond Vallejo para evitarme tener problemas por no cumplir con la cuota semanal de asquerosa corrupción, compartiendo mi trabajo con él y dejándole ver lo mucho que habíamos avanzado. Esto último no era verdad. Sí que habíamos avanzado, pero sólo descubriendo que la zona de matanza era prácticamente aleatoria al igual que el sexo y edad, y de que sus herramientas y razones de desprender la piel de personas mientras seguían aún con vida, eran todas desconocidas. Su mente se convirtió en una obsesión para ambos.



José Ortega

Editado: 16.01.2019

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