Un chiclé descomunal

Capítulo 1

¿Conoces ese momento en que piensas que ya hiciste el ridículo lo suficiente y que es imposible llegar a un nivel más alto de vergüenza? Bueno, nunca digas “ya nada puede salir peor” porque el karma lo toma como un reto y créeme, el karma siempre gana.

Un líquido espeso es asquerosamente restregado bajo mi mano contra el suelo cuando intento equilibrarme. No te preocupes, no es sangre, es solamente kétchup que salió despedido de la hamburguesa que tuve el error de elegir para el almuerzo. Luego de estar totalmente en posición horizontal sobre la que era mi comida, logro sentarme un poco en el suelo. Es entonces cuando el mundo a mi alrededor, que sentía estaba congelado como en una película, despierta de nuevo. Bien, pude ser yo la que inconscientemente cerré oídos y ojos al mundo cuando caí, solo para hacerlo más llevadero, pero ya eso acabó.

Escucho las risas. Muchísimas risas y cuchicheos. Dios, ¿había tanta gente como para haber tantas risas? Mi cabello me tapa uno de mis ojos pero con el otro puedo medio ver que todos me miran a mí. Dios, me miran y se ríen. ¿Le subieron a la calefacción acá adentro? ¿El sol bajó y por eso tengo tanto calor? Debo tener las mejillas tan rojas que seguro luce preocupante, aunque nadie parece preocupado realmente. Paso mis manos por mi cara para despabilarme un poco… olvidé que tenía una llena de kétchup… sí, ahora tengo kétchup en un ojo y en una mejilla. Vamos, ¿podría ponerse…? No. No, Emily, no lo pienses. Ya está y sí puede ponerse peor, no retes al destino.

Se preguntarán, ¿cómo pepinos una tal Emily terminó en el suelo con kétchup en su cara?  Así que como en el inicio de una película, vamos a rebobinar… unos diez minutos, porque no quiero contar las vergüenzas de antes de eso, esas no son tan traumáticas como esta.

Les juro que yo intento siempre mantenerme al margen de… bueno, de todo. No me gusta ni siquiera que la gente sepa quién soy; siempre veo por ahí que la gente se queja de ser invisible y de que nadie los reconozca, pero eso para mí es como un deseo que, claro, la vida no me concede. Entonces… las cinco horas de clase previas a la hora del almuerzo fueron dentro de lo que cabe, no tan malas. Sonó el esperado timbre para ir a comer y guardé mis dos libros en la mochila.

Puede ser paranoia mía, puede que no, pero de camino a la cafetería sentía que la gente hablaba de mí, literalmente a mis espaldas. No quise voltear la cabeza porque temía que fueran a burlarse por algún motivo. Siendo mi primer día en la preparatoria Winston lo menos que quería era crearme una reputación vergonzosa con la que me conocieran los otros dos años que me quedan acá. Nadie más de los maestros me dirigió la palabra esta mañana, en esas horas antes del descanso, por un momento pensé  que tenía un moco ventanero porque todos me observaban y reían levemente pero nadie me hablaba.

Luego de la tercera hora que fui al baño vi que era porque tenía un envoltorio de caramelo pegado al cabello, pero aun así… nadie me dijo nada.

Me quité el envoltorio y las risas cesaron, pero no las miradas. Aunque era de esperarse, soy nueva así que la curiosidad puede con todos. Lástima que nadie sea lo suficientemente curioso al menos para preguntar mi nombre.

En fin, llegué a la cafetería e hice la fila con la cabeza agachada, ese fue el error número uno. Error número dos: ponerle una cantidad exagerada de kétchup a mi hamburguesa mediocre. Error número tres (y el más común que puede haber en las chicas de casi 17 años como yo): atontarme con un chico.

Yo soy de aquellas personas que no considera ni de paso herir física o psicológicamente a los demás y por eso se me hace muy raro que alguien sí tenga esas mentalidades crueles a sus 17 años de vida. ¿Quién los daña tanto como para que sean tan malos? Y con eso me refiero al mundal de gente que se burla de las desgracias ajenas sin ayudar.

Si hubiera estado mirando hacia adelante y no hacia abajo  como una pendeja, hubiera visto a la rubia que me antecedía en la fila, comiéndose su banana y sosteniendo la cáscara suicida en la mano. Pero no. Yo tenía los ojos en mi bandeja y luego de eso, mi atención se fue en la voz que desde atrás hablaba.

—Hola, bonita.

Cuando giré en reflejo antes de procesar sus palabras, no consideré que no fuera conmigo con quien hablaba, pero al escuchar el “bonita”, miré en ambas direcciones buscando al receptor de su halago, mas nadie parecía estarle poniendo atención a él. Sus ojos de un café claro combinaban con el despeinado cabello castaño cuyos mechones parecían apuntar todos a distintos lugares.

Giré en ambas direcciones, es cierto, izquierda y derecha pero no miré atrás y pues… por ahí empezó la vergüenza.

—¿M-me hablas a…?

—Hola, Ethan.  —La rubia de adelante me rodeó y le dio un beso en la mejilla. Era con ella con quien hablaba—. Te he estado buscando toda la mañana…

Ignoré esa conversación cuando el tal Ethan levantó una de sus perfectas cejas hacia mí como preguntándose cómo era posible que yo pensara que hablaba conmigo.



Thyfhanhy

#2608 en Novela romántica
#1042 en Otros
#268 en Humor

En el texto hay: comedia, juvenil, cliche

Editado: 16.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar