Un deseo

2

Después de comer con, Alexei, paso todo el día en mi habitación leyendo, mi teléfono suena y es mi querido profesor quien me desea dulce sueños. 
Le respondo con una cara de oso y un el emojin de las z azules que simulan el dormir. 


Pero yo en vez de dormir, me doy un rápido baño, sin mojar mi cabello y me cambio de ropa, tomo una de las sabanas que están guardadas, recojo mi cabello en un moño desordenado pero que hace que me vea bien, no me maquilló solo me visto con la ropa que he escogido. 


Pongo la llave de mi cuarto en el bolsillo trasero de mi pantalón blanco, y salgo dejando las luces apagadas, tomo el ascensor y en cuanto llego a la plana baja, los empleados me cubren como siempre. 
Salgo por la cocina del restaurante del hotel y cuando ya estoy fuera, camino hacia la playa, con la sabana en la mano, la noche es fría, pero no me importa. 


La playa esta solitaria en la zona en la que me gusta estar, solo hay una ligera luz proveniente de la luna. Hay muchas palmeras, acomodo la sábana en la arena y me acuesto sobre ella poniendo mis brazos atrás de mi cabeza. 


Miro el oscuro cielo cubierto por unas cuantas estrellas, la brisa del mar eriza los bellos de mis brazos, solo con estar así, en este silencio interrumpido solo por el sonido de las olas de mar, soy feliz. 
Cierro mis ojos y me dejo llevar por la tranquilidad, no pienso en nada, mi mente está en blanco. Cada vez que estoy en este lugar me siento como en una nube de azúcar, por lo maravilloso que es. 

 

*** 

 

Jamás pensé que volvería a ver a esa jovencita, pero nadie sabe lo que el destino tiene preparado para ti. 
Cada día esperaba verla en mi clase, pero por temor nunca me acerque a ella más allá de alumna-profesor.
Pensé que las sensaciones que ella me hace sentir se habían ido, pero al volver a verla han regresado con mucha más fuerza. 


Ver la cantar con tal energía, pasión, me encanto hablar con ella como si nos conociéramos de siempre, es tan jovial, tan coherente, sabe escuchar. 
No puedo dormir solo de pensar en ella. Nada más verla como leía y sonreía, como dejaba en un segundo plano lo que pasaba a su alrededor. 
En la universidad no usaba maquillaje ni vestido, pero ahora, así tan cambiada, alegre, risueña, no sé qué hacer para no pensar en ella. Me levanto de mi cama y me doy un baño, me pongo una camiseta blanca y unos pantalones del mismo color holgados. 


Salgo de mi habitación con tal de despejar mi mente, decido dar un paseo por la playa, hasta llegar a una zona en el que al parecer no hay nadie, pero conforme voy avanzando veo a una mujer acostada sobre una sábana con los brazos bajo su cabeza. 


Al darme cuenta quien es la mujer, sonrió, he salido de mi habitación para dejar de pensar en ella y aquí esta, tan serena y alejada del ruido con sus ojos cerrados, camino hasta ella y me siento a su lado, pero antes de que termine por sentarme abre los ojos y me mira. 


—No tienes que estar en la arena — se levanta y desdobla la sabana para dejar todo su tamaño en la arena — es lo suficiente grande para los dos. 


Como un autómata me acomodo a su lado dejando un espacio prudente entre los dos, la brisa del mar hace que huela la fragancia de su perfume. Un aroma dulce y tenue, se acomoda en la misma posición en la que estaba cuando llegue. 


Juntos miramos el cielo oscuro cubierto solo por unas cuantas estrellas, ella tiene los ojos cerrados y no puedo evitar pensar en que ni en mis mejores sueños podría estar con aquella jovencita tan distraída y alejada de todo lo que pasa a su alrededor. 


—Siempre vengo a este lugar — Luz, habla tan tranquila — estar aquí me relaja, es como si en este lugar nada sucediera, podrías pasar la noche aquí y nadie te molestaría, siempre he querido hacerlo, pero no he podido, quizás porque no quiera pasar sola la velada, alguien con quien platicar y tener aventuras. Me gustaría hacer tantas cosas, pero tal parece que el tiempo se me va de las manos. 


Me acuesto de lado para verla mejor mientras pongo mi brazo bajo mi cabeza. 


—No queda nada de aquella chica distraída — mi pensamiento sale en voz alta y ciento un nerviosismos, como si fuera un quinceañero — no somos dueños del tiempo, pero sí de nuestras acciones y si quieres pasar la noche aquí, no podría dejar desamparada una mujer tan linda como tú, a menos que pienses que soy un viejo. 


Abre los ojos y se pone en la misma posición que yo, me mira a los ojos por un largo momento, no tiene alguna expresión que me indique lo que piensa, fui atrevido y ahora ¿Cómo lo arreglo? 



Cecilia Ovando

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En el texto hay: llanto, amor, miedos

Editado: 16.07.2018

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