Una vez en la vida

VIII

VIII

Un poco más sobre él.

Aquella caminata en la playa tras haberse dicho mutuamente que gustaban del otro, de alguna forma le había ayudado un poco a perder el miedo a dar un paso más lejos de Robert. Sin embargo, todavía sentir aquellas inquietas mariposas en su estómago que le hacían sentir ansioso, ¿era por la emoción de lo que el resto de las vacaciones traería?, o más bien se debía a que en el fondo tenía miedo de que le doliera un posible adiós con Joaquín.

Al llegar a la casa corrió directo a darse una ducha para refrescar sus pies, y su mente de paso. El agua tibia que resbalaba a través de su piel iba haciéndole sentir aliviado conforme pasaban los minutos. Cuando volvió a la habitación Joaquín todavía no estaba ahí. Suspiró aliviado y se tumbó sobre la cama, su corazón todavía latía desbocadamente dentro de su pecho, y aquella ansiedad que se había clavado en su estómago aun no le abandonaba por completo. Tomó el diario de su amada abuela entre sus manos y decidió distraer su mente un momento con las historias que su abuela le relataba a través de aquella libreta.

“15 de Agosto de 1969

¡Por fin hemos terminado de empacarlo todo! El camión de mudanza vendrá hoy por la noche para llevarlo todo a nuestra nueva casa en Orlando.

Mi papá va a adelantarse hoy para recibirlo todo, en caso de que no podamos estar todos allí, y como mamá va a despedirse de la abuela y los tíos mañana, seguro emprenderemos el viaje a Florida hasta bien entrada la tarde. Todavía está por verse quién de nosotros se irá con papá para que no viaje solo. Charlie, Tammy y yo tendremos que hacer un juego de ‘piedra, papel o tijeras’ para decidirlo, porque en el fondo todos queremos quedarnos a despedirnos de la abuela Mary. Estamos comenzando una nueva aventura.”

La letra de la abuela Cat en esa anotación parecía apresurada, quizás estaban hablando de los planes que tenían mientras ella escribía.

Sacó la goma de mascar del cajón de la mesilla de noche que tenía junto a su cama y tras abrir el paquete introdujo en su boca aquella tira de chicle, aquel intenso sabor de la menta invadió por completo su boca llenándolo de satisfacción haciéndole sonreír.

“19 de Agosto de 1969.

¡Por fin estamos todos en Orlando!, como guardé la libreta en la mochila cuando me subí al auto con papá olvidé ir escribiendo sobre el viaje. ¡Más de 2500 millas de viaje en dos días! A papá le gusta conducir de noche así que salimos de Santa Monica cerca de las cinco de la tarde, el principio estaba emocionada por viajar en la I-10 por primera vez, pero ya de noche en realidad no puedes ver gran cosa. Nos detuvimos hasta San Antonio, en Texas, ahí papá rentó una habitación para que descansáramos, bueno, que él descansara, en realidad yo terminé durmiéndome durante parte del viaje, por la mañana paramos en una gasolinera y comimos golosinas, aunque me pidió que no le dijera eso a mamá, es un secreto entre él y yo.

La segunda parte del viaje fue cansada, aunque pude ver más, en realidad el camino me pareció aburrido, menos mal que a papá le gusta escuchar música, sino habría ido dormida también.

La nueva casa es genial, aunque Tammy y yo tenemos que compartir habitación, hay un jardín grande, y papá dijo que podríamos tener un perro. Mamá y mis hermanos llegaron hasta ayer casi en la noche, y para entonces papá y yo ya habíamos empezado a acomodar algunas cosas, así que ellos pudieron llegar a descansar sin muchos problemas. Lo más genial es que estos días he podido comer pizza y hamburguesas porque es más práctico que cocinar y a papá eso no se le da bien.”

Junto con la historia de su abuela había una fotografía de la familia de la abuela Cat frente a la casa en Orlando; los padres de ella se veían felices, con enormes sonrisas en el rostro al igual que los tres hijos. Sonrió al ver la enorme sonrisa de su abuela mientras acariciaba un perro color blanco junto con su hermano Charlie. Podía reconocer a su abuela en todas las fotos de su juventud; esa mirada amable y sonrisa contagiosa le eran fáciles de identificar sin importar el paso de los años en las facciones de la madre de su madre.

La casa en la que ella vivió con su familia tras mudarse de Santa Monica, era la misma casa en la que ella había vivido después de casarse con su abuelo, y la misma casa en la que él y su familia vivían con ella ahora que el amor de la vida de su abuela había fallecido. No pudo imaginar todas las historias que esa casa era capaz de contar desde su construcción, pero sin duda incluso podía ser capaz de relatar aquellas noches de llanto de los dos últimos veranos, después que su corazón se hubiera roto en pedacitos por imaginar que Robert sentía lo mismo que él, cuando era evidente que no.

¿Qué podrían ver aquellas paredes al terminar este verano?, se preguntó desviando su mirada hacia la ventana de la habitación. Intentaría que fueran recuerdos gratos al menos, aunque su romance con Joaquín acabase antes de volver a su rutina a finales de agosto.

“27 de Agosto de 1969

.¡Qué cansada estoy!, juro que las mudanzas no me gustan.

Estos días hemos estado acomodando ropa, libros, adornos, utensilios y demás cosas que todos hemos traído desde California. En cajas todo se ve menos, pero tener que encontrarle lugar a todo es agotador.

Papá empezó a trabajar en su nueva oficina hace 3 días y llega a casa más temprano de lo que llegaba antes, y podemos cenar todos juntos; eso me agrada, cuando papá está en casa, mamá sonríe mucho más y nos deja comer helado de postre porque a papá le encanta el helado.



Saga Zuster

Editado: 10.04.2021

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