Under My Wings

16-. Monstruo

De un momento a otro, estaba completamente solo en medio de un lugar desconocido. El agua me llegaba hasta las rodillas, hacía muchísimo frío, y la oscuridad era tan densa que casi no podía ver nada.

Avancé varios pasos a ciegas, hasta que logré activar mi visión nocturna, y entonces, observé que una gran reja metálica se erigía al fondo del lugar. Traté de calcular su longitud, pero a simple vista parecía ser infinita. Eso captó mi atención, así que decidí acercarme a una distancia prudencial.

De repente, vi cómo una silueta se movía al otro lado de la reja, y debido a su velocidad, no pude distinguir si era un humano, un animal, o un Volavek. Lo único visible eran las pequeñas ondas que causaba su movimiento en el agua.

—¿Quién eres? —pregunté sin obtener respuesta alguna. La figura siguió deslizándose por el lugar, se detuvo unos segundos para mirarme fijamente y siguió corriendo.

Esto bastó para poder observarlo mejor y notar que, aunque a primera vista parecía ser un humano común y corriente, tenía unas enormes de alas de murciélago sobresaliendo de la espalda, y un espeluznante par de ojos rojos que brillaba en la oscuridad.

—¿Quién eres? —nuevamente, la criatura se quedó en silencio, y el único sonido que pude escuchar fue el de algunas gotas de agua cayendo a mis espaldas.

Al ver que no iba a obtener ningún tipo de información de aquel ser, materialicé unas enormes llamaradas rojas en mi mano derecha, y sin pensarlo mucho, se las arrojé al cuerpo. Entonces, la silueta se detuvo en seco, giró la cabeza en mi dirección y me miró a los ojos.

Ahora estaba de vuelta en el patio de la primaria donde me había graduado varios años atrás. Era de día, hacía calor, y todo lucía relativamente normal. Aunque, en seguida noté que no era así.

En un rincón apartado del lugar, detrás de varios árboles, se ocultaba un niño de unos ocho años. Era bajito, regordete y tenía una expresión de miedo plasmada en su rostro. A su vez, un grupo de otros seis niños venía en su dirección.

—¿Dónde está el idiota de Chris? —preguntó el más flaco de ellos, quien parecía ser su líder.

—No lo sé, pero lo vi corriendo hasta acá cuando sonó el timbre del recreo —informó uno de sus compañeros.

—Hoy no se podrá escapar —sonrió el líder con malicia—. Los profesores están en junta.

—¡Allá está! —indicó el más bajito de todos, señalando con el dedo—. ¡Detrás de los árboles!

Sin darles tiempo a reaccionar, el niño salió de su escondite y corrió en dirección opuesta a sus perseguidores. No obstante, estos lo superaban en número, y tras un par de minutos de persecución, lograron acorralarlo contra una pared.

—¿Por qué huyes, Chris? —se mofó el flaco—. Solo queremos jugar contigo.

—Déjenme solo, por favor —rogó él, y nuevamente, trató de huir, pero esta vez fue interceptado por una patada en los genitales y cayó al suelo, aullando de dolor.

No conforme con eso, el grupo lo rodeó, y siguió propinándole golpes en todo el cuerpo, hasta que después de unos instantes que se hicieron eternos, decidieron que ya era suficiente.

—Eres un monstruo, Chris —dijo uno de ellos—. Eres un monstruo y nadie te quiere.

—¿Quieres llorar? —rió el líder—. Los monstruos no lloran.

Por su parte, el niño yacía acurrucado sobre el concreto, con la ropa sucia y el cabello pegado a la frente por el sudor.

—No más —murmuró con lágrimas en los ojos—. Por favor, no más.

—Monstruo, monstruo —coreaban sus atacantes al unísono—. Chris es un monstruo.

—¡Deténganse! —grité, sintiendo cómo cada uno de mis músculos se tensaba por la ira—. ¡Basta!

—Monstruo, monstruo.

—¡No! —cubrí mis oídos, pero las voces siguieron resonando en mi cabeza—. ¡Suficiente! ¡Los haré pagar por esto! —me abalancé sobre el primero que tuve cerca, pero entonces el recuerdo se evaporó.

Ahora estaba en la sala de mi antigua casa, y para mi sorpresa, todo lucía exactamente igual a como lo recordaba. Los muebles de madera, las paredes de color beige, el suelo de granito, y por supuesto, el sofá donde mi padre solía sentarse a pasar gran parte de su tiempo libre.



Freider Korff

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Editado: 07.10.2019

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