Vehemente

Capítulo 20 Inminente.

Es duro estar sin Alex, su indiferencia al vernos y sobre todo, enfrentarme cada día, a la verdad de su amor por mí.
Me ha costado asimilarlo. Cada vez que lo pienso me siento tonta y avergonzada y no me atrevo a buscarlo. Creo que es mejor estar separados, aunque eso duela. Canalizo toda mi concentración en las pruebas de admisión que pronto debo rendir para entrar a la universidad. Que en mi caso, para ingresar a la carrera de Bellas Artes, debo rendir 3 pruebas: Lenguaje, Matemáticas e Historia y Ciencias Sociales.
La ponderación entre estas, incluidas las notas de enseñanza media y el ranking de notas, será mi puntaje para poder postular a la universidad que escoja y necesito mínimo, un puntaje ponderado de 600pts.

Hoy, estoy en clase de Historia, acompañada únicamente por mi mochila. Garabateo distraída en mi cuaderno, esperando que llegue el profesor que viene atrasado.

—Hola,  ¿Amanda, verdad?

Levanto la cabeza para mirar a la persona que me acaba de saludar. Es la chica con la que coincido en todas las clases. Tiene un precioso cabello negro, largo igual que el mío. De tez clara, y ojos dormilones. Me sonríe radiante esperando mi respuesta.

—Hola. Sí, soy Amanda. Tú eres Lorena ¿no?

Asiente. La expresión de su rostro sigue luminosa, tanto, que me transmite una sensación de felicidad y simpatía.

—¿Puedo? —Indica la silla vacía para poder sentarse a mi lado.

—Claro, siéntate. —Tomo mi mochila, compañera silenciosa de estos días, y la dejo en el respaldo de mi silla.

—¿Y ya has decidido qué vas a estudiar?

—Sí, Bellas Artes.

—¡Mira que coincidencia! yo también seguiré esa carrera.

—¡Qué bien! ¿Y a qué universidad tienes pensado postular?

—A la mejor del país. La Universidad del Arte en Montpellier.

—¿De verdad? Esa universidad está muy lejos de aquí. —La miro muy sorprendida, yo jamás podría hacer algo así, mucho menos separarme de mis padres.

—Sí, pero ya tengo todo previsto. Arrendaré una pieza con pensión cerca de la universidad. Son muchos los que estudian así.

—Eres muy valiente y decidida. Te juro que yo no podría irme tan lejos.

—No es una decisión fácil. Pero la vida requiere de sacrificios para triunfar y conseguir lo que deseas. Nadie ha llegado a la cima de la montaña, sin antes sortear los obstáculos para subirla.

Sus palabras causan impacto en mí, y me hacen cambiar de perspectiva. Ya no me parece una idea tan descabellada. Continuo escuchandola de buena gana, me parece una chica interesante. Y al igual que yo, también dibuja sin cesar paisajes y naturaleza. Sacamos nuestras croqueras personales para compartir y comparar nuestros trabajos. Esto crea un ambiente de confianza y espontaneidad entre nosotras. Como si nos conociéramos de toda la vida.

—¿Y tu novio? ¿Te peleaste con él? —pregunta de repente. La miro con extrañeza, ¿Será que ella también conoce a Franco?

—¿Mi novio? —repito su pregunta. No quiero meter la pata.

—Sí, él chico lindo de rulos con el que siempre andas.

—¡Ahhh! —exclamo aliviada y me pongo a reír de mí misma. Que boba—. Te refieres a Alex.

—Sí ese, Alex.

—No, no es mi novio. Somos muy buenos amigos desde la infancia. Bueno, éramos, ahora estamos peleados...

—Oh, disculpa mi indiscreción. Espero que no sea nada grave.

—Bueno, es un poco largo y complicado de explicar. Ya te contaré en otra ocasión.

—No es necesario. —Me tranquiliza con su mano en mi antebrazo—. No quiero parecer una entrometida.

Antes de irnos, terminadas las clase, intercambiamos nuestros números telefónicos para seguir en contacto. Llego a casa a la hora de almuerzo y me siento a comer con mamá.  Ella me cuenta que papá está con bastante trabajo en la oficina, y que saldrá tarde. Lo que significa que Franco también. Lamento que no podamos vernos tan seguido como quisiera y la añoranza me obliga a mandarle un mensaje extrañandolo. Lo hago en la privacidad de mi cuarto, así mamá no ve mi cara enamorada frente a la pantalla de mi celular. Franco me responde breve, porque seguramente está ocupadísimo y yo interrumpo su trabajo. Aún así, él igual se toma un momento para responder, y me dice que saldrá pasada las 19.00hrs y que lamenta mucho no poder vernos. Termina agotado de la jornada. Es inevitable no desilusionarme, porque siempre tengo ganas de verlo. Me gustaría contarle lo que pasó con Alex, aunque no sé si es una buena idea, yo necesito desahogarme con alguien. Con nostalgia, miro mi croquera con los dibujos que cuentan nuestra historia de amor. Ya está completa hasta la última hoja. Un pensamiento recurrente deambula por mi mente, y es que, desde que estoy con Franco, tengo una sensación extraña, persistente en mi corazón. Siento que hay algo que le preocupa, a veces lo noto pensativo y un tanto distante y últimamente ha sido más notorio. ¿Será el trabajo? ¿Inseguridades mías? O quizás, el miedo a perder a un hombre como él. Prefiero no agobiarme con suposiciones y dejo mis temores en la cajita del olvido.

Una idea nace desde mi deseo de verlo. Esta vez, seré yo quien lo sorprenda y cerca de las 19:15 hrs llamo un taxi para que venga por mí. Guardo la croquera en mi bolso y bajo para avisarle a mamá que necesito ir urgente al centro por unos materiales y que volveré pronto. La tranquilizo diciéndole que ya llamé un taxi porque a ella no le gusta que salga a esta hora. Salgo rápidamente antes que llegue papá y me acose con preguntas y se ofrezca a llevarme. Una vez en el auto le indico al conductor el lugar donde me dirijo. Llegamos después de veinte minutos y mientras le estoy pagando el viaje me dice que él siempre hace esa ruta y que lo llame si necesito regresar. Me depido amablemente y me bajo del automóvil con el deseo creciente por ver a mi amor.

—Llave azul: portón de entrada. —Hago memoria de las indicaciones que me dio Franco el día que me entregó las llaves.

Desde la reja puedo ver su auto y la moto estacionada. Entro contenta porque eso significa que ya está en casa. Camino por el sendero y cerca de la entrada puedo notar que está todo apagado y sin movimiento. Entro en silencio, cerrando la puerta con mucho cuidado. Voy de puntillas a la sala y cuando llego a allá me quedo boquiabierta. —¡Qué hombre tan increíble! Voy a enloquecer de satisfacción, literalmente—. Está sentado en el sofá, dormitando con una copa en la mano. 
Todo desaliñado; la camisa abierta y remangada, el nudo de la corbata flojo. Y en lugar de verse descuidado se ve terriblemente sexy y provocativo. Lo contemplo sin perderme detalle de su anatomía masculina, que es un verdadero deleite para mis ojos. Me fascina la manera en que fue diseñado el cuerpo de los hombre, y no hablo de músculos perfectamente marcados. No, me refiero a la forma amplia y firme del torso. Que transmite una sensación de seguridad y protección. Con brazos fuertes, que cuando te rodean, sientes que tienes un escudo protector capaz de protegerte de todo lo malo. Así me siento con él.



VanneDiazRosas

Editado: 12.01.2021

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