Vehemente

Capítulo 36 Cara a Cara


 

Entro en la oficina, decidida. Confío en que todos estos años que han pasado sin verlo me han dado las armas y una coraza resistente para pararme frente a él sin que me afecte su presencia. Me recuerdo a mí misma que lo nuestro ya quedó en el pasado. 
El despacho es amplio y al fondo está el escritorio con un gran ventanal detrás. Franco está sentado en una clara actitud de espera, puedo percibir ansiedad en sus gestos y en el momento en que mis ojos se posan en él, una punzada como un rayo impacta en mi corazón. No puedo evitar que al verlo nuevamente cause efecto en mí. Debe ser una reacción normal, la historia que yo viví con él fue realmente intensa e importante, sin mencionar que fue el primero en todo. Cierro la puerta y camino con paso seguro, no dejaré que me afecte más de lo debido, ahora soy una mujer distinta de la que él conoció. En cuánto comienzo a avanzar hasta él, se levanta de su asiento para venir a mi encuentro en su traje negro impecable, pero luego dar unos pasos se queda inmóvil delante del escritorio y me observa impresionado. ¿Qué le pasa? Me está mirando como si no me reconociera y sus ojos van de arriba a abajo repetidas veces hasta que llego a él. Mi cabeza debe elevarse unos grados para poder mirarlo a la cara; y después de cinco largos años, nuestros ojos se vuelven a encontrar. Con las miradas conectadas, ninguno de los dos dice nada, está claro que ambos estamos conmovidos con el reencuentro y nos quedamos procesando este momento en silencio. Franco, sigue siendo igual de impresionante y magnético, todavía conserva su barba y el mismo aroma de su perfume. Su espalda ancha y fuerte se impone ante mí y me causa la misma sensación de protección y seguridad que cuando lo conocí. Sus ojos me contemplan tan profundos e intensos como en aquellos años, añadiendo una expresión cargada de nostalgia. Podría decir, casi con certeza, que está intacto y que no ha cambiado nada. En cambio mis ojos están fríos, inexpresivos, como el sentimiento que una vez sentí por él. Yo si he cambiado, porque a pesar de que lo he perdonado, no he olvidado el dolor que me causó y eso creo que no lo olvidaré jamás.
 


—Amanda... —es el primero en hablar. Pronuncia mi nombre de manera tal, que sale lleno de sentimiento y ansiedad. —Hola... —Acerca su rostro con la intención de saludarme con un beso en la mejilla y yo lo freno en seco extendiendo mi mano para saludarlo de manera formal.

—Buenas tardes, don Franco —le respondo fría y cortante. Un témpano de hielo tiene más calidez en estos momentos. No dejaré que se me acerque más de lo debido.

Me mira un poco sorprendido como si no supiera como actuar ante mí, no dice nada y extiende su mano con elegancia para responder mi saludo. Este momento es como un dejá vu, su mano cálida está envolviendo por completo a la mía, mis ojos son atraídos por la sensación que experimentan nuestras manos entrelazadas. El contacto suave contrasta con sus dedos viriles, todo en él derrocha masculinidad; la manera de sostener mi mano, la postura de su cuerpo, ni siquiera necesita hablar, y cuando lo hace aumenta la experiencia varonil. Estoy segura que en el diccionario está su nombre para definir masculino. Sutilmente, sonrío con satisfacción porque ahora soy inmune a todos sus encantos masculinos y tiro suavemente de mi mano para terminar el saludo, pero él la sostiene firme y no me lo permite. No desea interrumpir la conexión. Lo miro a los ojos arrugando la frente para hacerle ver que me molesta su atrevimiento. En cambio los suyos, con ese brillo especial, me dicen lo mucho que esperó este momento. <<Oh no, Franco Campos, ya no soy aquella niñita que podías manipular a tu antojo>> Tiro de mi mano con fuerza para liberarme de su agarre. Mi comportamiento hostil no le afecta, y sigue estudiando mi rostro incansable. Pareciera que tuviera miles de palabras atoradas en su garganta y quisiera dejarlas salir todas de una vez. Luego, sus ojos reparan en mi cabello e inmediatamente expresa sus pensamientos con decepción:

—Tu cabello... lo cortaste. —Extiende su mano para tomar uno de mis mechones que roza mi rostro, tal como solía hacerlo cinco años atrás, y yo retrocedo en el acto para evitar que lo haga.

—Mi padre me dijo que usted necesita hablar conmigo de trabajo. —Cambio drásticamente de conversación para limitarme sólo a lo profesional. Esta vez suspira cansado.

—Amanda, no me trates de usted. Sólo deseo saber como estás, como te ha ido todo este tiempo sin verte.

—No vine a hablar de mi vida privada. Y prefiero mantener un trato formal para evitar malos entendidos.

—¿Malos entendidos? —pregunta con ironía—. Me lo dejas todo muy claro.

—Que bueno, porque no quiero que se tome confianzas conmigo. —No doy mi brazo a torcer ni un centímetro. Franco me mira decepcionado.

—Está bien, mantendré la distancia debida. Pero, por favor, no me trates de usted... —Se queda en silencio esperando una respuesta, yo suspiro poco convencida—. No tiene sentido; siempre me has tuteado, te pido que no seas formal conmigo precisamente ahora.

—Ok, tienes razón. Evitaré los formalismos. ¿Trabajemos?

Franco me mira un instante y luego señala la silla con gentileza para que tome asiento, le agradezco el gesto y luego rodea la mesa para sentarse del otro lado.

—Bueno, me imagino que tu padre ya te comentó el cambio que deseamos hacer en la empresa.

—Sí, pero no me dió detalles de lo que desean exactamente —le respondo sacando mi libreta de apuntes.

—Lo que queremos hacer es un cambio de imagen. Algo más representativo y acorde con la empresa que somos hoy, y se me ocurrió que tú podrías darle un toque más artístico que marque la diferencia entre las demás empresas de consultorías. El logotipo también hay que cambiarlo por uno que incluya el apellido de tu padre y el mío, aún seguimos usando el que Enrique usaba en la oficina. Para luego mandar a confeccionar las tarjetas de presentación, los sobres de correspondencia, y la papeleria en general. Además, diseñar la página web...



VanneDiazRosas

Editado: 12.01.2021

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