Violet

Capítulo IV. La princesa de un cuento de hadas

—¿Qué sabemos de ella? —preguntó Mateo mirándola a través del cristal, intentando en vano hurgar en los pensamientos de una muchacha impasible.

—Si los reportes que me llegan son ciertos, tenemos muchos y serios problemas en puerta.

—¿A qué te refieres?

—Sabía que había oído el apellido Weiz antes —sonrió Sara—, pues parece que es la hija de una eminencia en el mundo criminal. Sí, Violet Weiz es la primogénita del tristemente célebre y nunca bien ponderado Thomas Weiz.

—Tienes que estar bromeando —susurró Mateo mientras se tomaba la cabeza.

—Creo que me perdí de algo ¿Quién demonios es Thomas Weiz? —preguntó Jason abriendo los brazos de par en par.

—Un misterio…

—¿Disculpa?

—Un ex detective en Nueva York, un sicario, un infiltrado de inteligencia, un asesino en serie, un muerto viviente que pocos conocen y, los que lo hicieron, rara vez sobreviven para dar mayores precisiones.

—¡Entonces lo tenemos! —vociferó con una sonrisa de oreja a oreja.

—Creo que no entiendes la gravedad de la situación…

—Si él es ese monstruo que dices; es obvio que su hija siguió los mismos pasos o, peor aún, formó equipo con su padre para saciar sus más primitivas fantasías.

—No es un sujeto cualquiera; no podemos tocarlo sin perder el empleo primero.

—¿Acaso es familiar de los reyes? —preguntó mordaz.

—Más que eso —dijo Sara dejando caer unos gruesos expedientes sobre el escritorio de su jefe—. MI5, Mosad, BND, SVR, incluso la inteligencia vaticana tiene buenas mieles con nuestro amigo.

—Eso no lo esperaba…

—¿Entonces estamos atados de pies y manos? —preguntó ofuscado el más joven de los detectives—. Tal vez podamos pedir asesoramiento a la CIA.

—Imani Burgida es el director de la Agencia en América.

—¿Y eso qué significa?

—Las malas lenguas dicen que está a las órdenes de Thomas Weiz.

—Estamos solos —suspiró Mateo—, nadie va a ayudarnos.

—¿Qué haremos con esa muchacha? —preguntó Sara mientras se servía un café en vaso descartable—. ¿Acaso le creen la historieta de asesinos saliendo de un relato macabro?

—Debemos indagar más, es la única pista que tenemos de los crímenes que riegan nuestra capital.

—Pero ella no pudo haberlo hecho —insistió Sara.

—No te dejes llevar por su cara angelical; perfilamos que una mujer pudo atraer a las gemelas al bosque…

—¿Pero cómo las amuró para jugar tiro al blanco? ¡No tiene la fuerza!

—Sin embargo pudo haber entrado a casa de Nataly Thompson y fingir todo el melodrama satánico en el sótano; no olvides que no abandonó el cuerpo así nomás; se ocupó de peinarla, vestirla…

—Pudo ser cualquiera…

—¿También negarás su conexión con nuestra última víctima? —preguntó abriendo los brazos de par en par—. Estuvo en su casa el día anterior y sabía cómo escurrirse para dar rienda suelta a su perversión.

—No tiene ningún sentido que debatamos entre nosotros respuestas que solo ella puede brindarnos —dijo Mateo poniendo paños fríos.

—¿Entrarás a interrogarla? No olvides que tiene 17 y debes hacerlo enfrente de un abogado o tutor.

Al cabo de un par de minutos, con la intención de hurgar en el laberinto emocional de una adolescente afligida, Mateo Zunich ingresó a la sala de interrogatorios, dispuesto sino a develar los misterios, al menos a empaparse de la inverosímil pero sólida teoría de ultratumba que, de momento, era la única pista para cazar a un homicida que les llevaba varios cuerpos de ventaja y parecía no tener ninguna intención de detenerse hasta ser capturado.

—¿Tú mataste a esas jovencitas?

—Las historias lo hicieron —respondió mirándolo fijo, convencida de lo que expresaba.

—En mi experiencia, no son los espíritus sino las personas, las que cometen actos atroces.

—En eso estamos de acuerdo…

—Dime una cosa Violet —suspiró— ¿Tu padre está involucrado en todo esto?

—Por supuesto que está involucrado.

—¿Cómo?

—Está muy aburrido en su casa, ansioso porque yo le cuente una historia carente de imaginación para luego volverla realidad.

—¿Siempre eres tan sarcástica? —preguntó mordiéndose el labio inferior, impotente.

—Algunas veces.

—¿Por qué viniste a nosotros? Te hubieras salido con la tuya si no golpeabas nuestra puerta.

—Me saldré con la mía de todas formas —sonrió—, pero las víctimas merecen justicia y el asesino pagar por lo que hizo.

—Si tú no eres la persona que busco ¿Por qué dijiste que te saldrías con la tuya?

—Es un juego.

—¿Disculpa?



Sebastian L

#166 en Detective
#96 en Novela negra
#42 en Terror

En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 08.09.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar