Violet

Capítulo V. El último subte

—Discúlpenme, se me hizo tarde —dijo Harry mientras descendía con premura los escalones del sótano, donde aguardaban impacientes sus amigos, reunidos hacía rato.

—Ya pensábamos que te habías unido al grupo de desertores cobardes, que nos abandonaron la semana pasada —bromeó Lorenzo, desatando una risa generalizada, que servía también para distender los ánimos de todos los presentes.

—Sabes que jamás sucederá eso —respondió mientras tomaba su lugar—, yo fundé este grupo y, como buen capitán, seré el último en abandonar el barco.

—¿Y dónde estuviste? —preguntó Violet.

—Mis primos pequeños vinieron a casa y mi madre me exigió que no me moviera hasta cerciorarme que estuvieran dormidos.

—¿Entonces eres una niñera? —preguntó Emily mordaz.

—Búrlense todo lo que quieran, pero recuerden que el que ríe último, ríe mejor.

—¿A quién le toca esta noche?

—Es mi turno —dijo Bruno frotándose las manos—. Además, es bueno ser el primero después de haber vuelto todo a la normalidad.

—¿A qué te refieres?

—No hubo ningún homicidio esta semana, parece que el asesino se esfumó en el mar de las casualidades.

—O puede que uno de los cuatro malditos que huyeron el viernes pasado, fuera el psicópata que…

—Eso no tiene sentido —intervino Violet—, si estas historias eran la fuente de su inspiración, es improbable que se fuera a su casa y dejara atrás aquello que le daba su razón de ser. Un asesino serial tiene una compulsión; incluso los más comedidos, y no abandonan una racha frenética como la que traía sin una razón que fuera más poderosa que el apetito insaciable de matar otra vez.

Todos se quedaron en silencio, mirándola fijo, perplejos ante el conocimiento que parecía tener sobre el tema.

—¡No hay ningún asesino serial! —vociferó Harry—. Todo fue una catastrófica casualidad…

—Quizá sea lo contrario.

—¿Qué insinúas?

—Puede que sea más hábil de lo que creemos y se haya propuesto disipar las sospechas, correrse del foco de la tormenta, hasta tener el camino allanado otra vez.

—¿Tú dices que uno de nosotros es un criminal despiadado y te ufanas de ser más lista que los demás? —dijo Emily con los ojos desorbitados, prendidos fuego; desafiante.

—¿En serio creen que yo soy el rostro detrás de tanta maldad?

—¿Y por qué no? El hecho de que seas bonita y luzcas unos ojos de vaya uno a saber qué color, no te vuelven buena persona; máxime si se tiene en cuenta tu procedencia genética.

—Por favor, no empiecen de nuevo —suplicó Lorenzo tapándose el rostro con ambas manos.

—Ella es la hija de un criminal famoso y tiene el tupé de ensuciar nuestro buen nombre, solo por diversión.

—Me parece todo menos divertido lo que sucede aquí —se defendió.

—¡Ya basta! —gritó Harry dándole un puñetazo a un viejo y destartalado freezer—. Será mejor que dejemos esas discusiones vacías para otro momento y nos concentremos en lo que nos convoca.

—Sí, ya es tarde y hay una historia por contar —dijo Nadia entre bostezos.

—¿Estás listo Bruno?

—Nací listo y espero que ustedes también lo estén —sonrió—, porque hoy descenderemos hasta el subsuelo mismo del infierno y no habrá ángel que nos traiga de regreso.

—Con semejante preludio, me temo que pusiste la vara muy alta amigo mío.

—Entonces no perdamos más tiempo, aquí voy:

Elena Ramsy era una mujer independiente, atrevida, osada, liberal. Aunque a los ojos del mundo, y sobre todo de su círculo íntimo, era una joven estudiosa, trabajadora y aplicada; siempre servil a las demandas de terceros, en la vida real, esa que gustaba disfrutar cuando nadie estaba vigilando lo que hacía, se deleitaba con placeres un tanto extraños, casi exóticos para el común de los mortales. Algunos dirían que su novio Trebor era el instigador, el ser oscuro que la llevaba por mal camino o la desvió de la buena senda; sin embargo, en rigor de verdad, se trataba de dos almas gemelas, el conducto mediante el cual, cada quién liberaba esa cuota de adrenalina que todos, de un modo u otro, necesitamos descargar.

¿Qué es lo que hacían? ¿Qué los volvía tan peculiares? ¿Cuál era el secreto que no podían revelar, ni siquiera, a sus amigos más cercanos? Una fantasía tan oscura como excitante, una adicción enfermiza y retorcida que para ellos era el paraíso prometido; un sitio sin límites ni condiciones que dependía del silencio cómplice de los enamorados para mantenerse impoluto, inviolable, alejado de las sentencias terrenales.

Detestaban la monotonía. Necesitaban romper las reglas para sentirse vivos, desafiar algo más que sus instintos y sentir el hormigueo que escalaba sus cuerpos toda vez que daban vida a un nuevo guion. A veces, ella representaba el papel de secuestrada y su novio la torturaba hasta hacerle confesar algún evento que se perdía en el viento de la intrascendencia; otras veces, vestía de prostituta y se paraba en cualquier esquina, a la espera de un acompañante que llenara algo más que su apetito sexual; incluso, hay quienes dicen que su función preferida, era la del acechador nocturno; una estudiante desprevenida, cruzando una calle desierta o un parque dormido, antes de ser sorprendida y atacada por su verdugo, a plena vista, a vista de nadie; apenas interrumpidos por el viento apacible de las hojas secas y el silencio que los embriaga de locura.



Sebastian L

#137 en Detective
#83 en Novela negra
#29 en Terror

En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 08.09.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar