Virgen Roja

IX – MI MADRE, LA ESTATUA

 

Las primeras semanas dentro de las paredes del templo fueron como vivir en una cárcel de mármol.

Las otras tres aprendices Vestales, las de verdad (como ellas se hacían llamar por haber sido seleccionadas entre las demás), solo conversaban entre ellas. Y, por las noches, dormían juntas en una habitación que olía a azafrán.

Yo, en cambio, pasaba toda la noche sola, con hambre y en silencio. Ellas tres también se bañaban juntas, pero cuando yo me acercaba, se tapaban con una toalla para que no las viese. Y tal y como me advirtió abuela, almorzábamos raíces, hojas, y lentejas. Y rezábamos. Mucho. Pero sospechaba que, a ellas tres, alguien les traía carne asada de fuera, porque a veces las veía tirando platos llenos de comida a la basura (o tal vez, estaban en una dieta a base de agua).

Extrañaba a Nana: sus galletas recién horneadas, sus anécdotas mientras almorzábamos, su entusiasmo al trabajar de rodillas en la huerta. En cambio, a mi abuelo más que extrañarlo, lo dolía. Por la noche, recordaba pequeños grandes momentos, como cuando él me mecía en la hamaca hasta que yo caía dormida.

Abuela no había quedado desprotegida. Antes de irme, toqué la puerta de la Greñuda y le pedí que la cuidara a cambio de las tres monedas de oro que me regaló Boris. Sin embargo, ella se rio en mi cara, me dio un sermón sobre la banalidad de las riquezas, y me cerró la puerta en la cara. Entonces, le pedí ayuda a Tacio, y él logró convencerla en menos de diez minutos. No entendía cómo era que ese barbudo de dos metros hacía tan feliz a esa señora, pero claramente, era buenísimo en lo que hacía.

Tacio merodearía la casa con su hacha al hombro, muy alerta en caso de que la loba blanca apareciera. No obstante, esperaba que nosotras como Vestales pronto pudiésemos enfrentarnos a esta bestia.

Aunque no todo era amargo y solemne dentro del templo. Como no podíamos salir de los terrenos sagrados, los feligreses nos traían perfumes, vestidos, flores, y mucha miel. Además, la Vestalis Máxima nos llevaba al mercado una vez a la semana, y allí, hasta los soldados nos hacían una reverencia al vernos pasar en grupo. Los comerciantes nos sonreían y nos regalaban bolsas con uvas, manzanas, y peras. También nos pedían que oráramos por sus hijos enfermos o por la prosperidad de su negocio familiar. Al caminar por el mercado veía muchachos guapos, y tenía pensamientos impuros con ellos. Eso me hacía sentir culpable, pero no tanto como el despertarme a media noche sintiendo un calor entre mis piernas. A veces soñaba que un muchacho entraba por la ventana del templo durante la noche, se escabullía hacia mi habitación, y me besaba. Al despertar, de rodillas frente al altar, le pedía perdón a Vesta por tener esos sueños sucios. Sabía que las Vestales no debíamos sentir deseos carnales, pero por más que intentaba contenerlos durante el día, estos afloraban durante la noche.

La mayoría del tiempo, nuestro trabajo como Vestales era sencillo: situarnos frente al altar del Fuego Sagrado en silencio y cuidar de que la llama se mantuviese viva. En caso de que menguase mucho, debíamos avisar a la Vestalis Máxima, quien se hacía un corte en el brazo para derramar un chorrito de sangre sobre el altar. La llama entonces volvía a arder con fuerza. Este fuego azul debía mantenerse vivo y brillante, ya que en caso de que de los lobos atacasen el pueblo rasena, las Vestales tendríamos que prender cada una antorcha para llevarla afuera del templo.

Mi Maestra, llamada Aequitas en honor a la diosa de la justicia, nos aseguró que ningún lobo tendría chance frente a nosotras. Excepto, puntualizó, al lobo negro y su hermana, la loba blanca. Las Vestales llevaban años intentando derrotar a estas dos bestias místicas, pero siempre lograban escapar de regreso a su guarida y allí, sus quemaduras sanaban.

***

Afortunadamente, nadie en el templo sabía la identidad de mi madre: los sacerdotes creían que un lobo había devorado al bebé de la Vestalis Máxima anterior. Además, en el templo, evitaban hablar de ella, ya que mi madre era un anatema, una vergüenza. Tanto así que, en el jardín del templo, se podían ver las ruinas de la que una vez fue la gloriosa estatua de mi madre. Cuando se descubrió que estaba embarazada de mí, los sacerdotes ordenaron a los esclavos darle mazazos a la estatua hasta romperle un brazo y golpearle el rostro con un cincel. Optaron por dejar la estatua despedazada como un claro recordatorio de que todos, incluso los santos, pueden derrumbarse eventualmente.

 

 

No obstante, yo pensaba que optaron por dejarla en el jardín no solo como un recordatorio, sino porque además, costó una fortuna y era una autentica obra de arte. Siendo una réplica exacta de mi madre, pude saber cuál fue su apariencia física. Al verle el rostro, sonreí al descubrir que tenía mi misma nariz. Yo solía visitarla por las mañanas y le llevaba flores anaranjadas, ya que esa estatua y mi velo eran lo más cercano, o más bien lo único, que me había quedado de ella.

Siempre me pregunté: «¿tendré gustos parecidos a mi madre?, ¿se llevarán también en la sangre los miedos y las obsesiones?»

Un día, me agaché frente a la estatua hasta quedar en cuclillas, y pasé la mano por una empolvada placa de bronce que rezaba:

«Diana — Cuarta y Distinguida Vestalis Máxima»

Subí la mano por la estatua de mármol mientras me preguntaba cómo los escultores habían podido esculpir en piedra los pliegues de su palla (el manto que se colocaba sobre la cabeza y los hombros). También me pregunté si los escultores habrían notado su vientre un poco abultado mientras ella posaba, si ellos habrían sospechado, aunque fuese por un instante, que en su vientre me encontraba yo.



David Valerio

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En el texto hay: lobos, amor tristeza, misterio amor

Editado: 31.08.2020

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