Voces en el silencio, sombras en la oscuridad

Capitulo 2

Era una tarde muy caliente de verano. Mis hermanos y yo estábamos aburridísimos, estábamos de vacaciones y por ende no teníamos mucho que hacer.  
Aparte de que no teníamos amigos, y los que teníamos estaban en la ciudad.  
Tan solo teníamos tres días viviendo en el pueblo.  
Tres días que nos pasamos encerrados en la casa con el fin de habituarnos a ella. Estábamos sumamente desconectados de la sociedad.  

Así  que decidimos salir a caminar un rato, y así conocer el lugar. Mi madre al principio se opuso, con la excusa de que no conocíamos a nadie y mucho menos el pueblo.  Tenía miedo de que nos fuéramos a perder, o que fuéramos a conocer gente extraña de la región.  
Al final aceptó, pero puso como condición que uno de los obreros y su pequeño hijo saliera a acompañarnos. Este conocía todo el pueblo y nos podía llevar a los mejores lugares.  Algo que nos pareció una estupenda idea.  

Nuestro padre no estaba en casa. Estaba de viaje a la ciudad en busca de una de nuestras tías. Ella se quedaría con nosotros unos días mientras él se iba de viaje de negocios a una isla cercana.   

Aquella tarde fuimos a varios lugares. 
También fuimos al parque.  
Esa tarde en el teatro estaba en escena la presentación de una obra muy conocida. Creo que se llamaba Romeo y Julieta; a Kayra y a mí nos encantaban esas cosas del cine y el teatro.  
Pero, en ese momento yo no estaba de ánimos para verla con ella, y por supuesto porque además ya sabía el final; había leído el libro.  
Le pedí al guía puesto por mi madre, que me acompañara  a ver unos libros.  
Mientras Kayra y Argél disfrutaban de la obra. 

El  guía y yo fuimos a la librería del pueblo.  
Fuimos a ver unos libros nuevos que habían llegado, y unos que otros viejos que estaba entusiasmado por obtener.  
Si me alcanzaba el dinero compraría algunos.   
Estaban exactamente los que quería; me dirigí al estante y los tomé.  
Luego me senté un rato a leerlos.  

Eran libros de mis autores preferidos: Isabel Allende y Gabriel García Márquez. 

Mientras leía el pequeño guía me observaba con timidez. No dejaba de mirar los libros mientras yo continuaba leyendo, así que le pedí que se sentara junto a mí y le pregunté. 

- ¿Sabes leer? - 

- ¡No! -  Respondió muy rápido y algo avergonzado. Suspiró, me miró y luego dijo - Mis padres no tienen tiempo para llevarme a la escuela, y además somos muy pobres y tengo que ayudarlos a trabajar - 

- ¿Cuántos años tienes? Le pregunté. - 

- Doce años, pero el capataz dice que no hay tiempo para la escuela y que debemos trabajar para poder vivir. - 

- ¿Quién es ese hombre? ¿Sabe mi padre que no les permiten a los hijos de los obreros estudiar? Le pregunté - 

- No lo sé, no me permiten hablar con los patrones, y si me ven sentado aquí contigo me van a castigar - 

- ¿Quiénes te van a castigar? ¿Tus padres te pegan?- 
- No, pero si el capataz les reclama por mi comportamiento, entonces me castigarán. - 
- ¡No te preocupes! Nadie sabrá que estuviste hablando conmigo. ¿Te gustaría que fuésemos amigos? Serias el primero en este pueblo en ser mi amigo ¿Qué te parece? ¿Te gustaría ser mi amigo?- 
- No lo sé, no quiero que me castiguen por eso - 
- ¡No te preocupes que voy a hablar con tu padre! Me parece que es un buen hombre y sabrá entender ¿Qué te parece si vamos a comernos un rico helado?- 
- ¿Helado? ¿Qué es eso? - Preguntó asombrado. 

Sonreí al escuchar su pregunta y salí de la tienda emocionado ya que los libros estaban a buen precio y me alcanzó para comprarlos todos. Pero también a la vez sorprendido por las palabras del niño. 

Me dirigí con el niño a una tienda de helados y compré los más grandes. Uno para él y otro para mi.  
El calor era insoportable.   
Nos sentamos a charlar un rato en los bancos del parque, hasta que apareció su padre.  
Parecía un poco enojado. 

- ¡Ramiro!  ¿Qué haces ahí sentado junto al patroncito? - 

A lo cual el niño asustado quiso responder  
- Solo estábamos… - 

- ¡Perdone!  Señor… Le dije - 
- Gimu. Gimu Tobas. Así me llaman mi patroncito - 
- ¡Bien! Señor Tobas. Primero quiero pedirle que no me llame patroncito. Mi nombre es Naiyth. En segundo lugar no veo ningún problema  o inconveniente con que el niño se haya sentado aquí conmigo a compartir un helado. - 
- No es eso mi patroncito. El asunto es que no es debido que los hijos de los obreros compartan con los patrones. Sobre todo con los hijos de los patrones - 
- Pues eso ya no es así, y quiero decirle que tanto usted como el pequeño… - 

- Perdone usted mi patroncito, pero el capataz, es muy estricto y no queremos problemas con él, además hemos trabajado con su familia por años y nunca hemos tenido problemas. - Dijo interrumpiendo mis palabras. 

- ¡No se preocupe señor Gimu que no tendrán problemas con él! ¿Sabe? Me gustaría que me dijera el nombre de ese señor. He escuchado varias cosas de él; me gustaría hablar con él al respecto antes de comentarle algo a mi padre -   

El señor Gimu un poco asustado me contó algunas cosas acerca del capataz. Sobre como los trataba a todos y como los hacía trabajar como bestias. Así que le pedí que me dijera todo lo que sabia, así podría hablar con mi padre al respecto. 

También me contó otras cosas que habían sucedido en el pueblo. El señor Tobas tenia en su memoria muchas historias de demonios, brujas, y espíritus trastornados. Esas cosas me causaban miedo, así que le pedí que por favor no continuara contándome esas cosas.  
El parecía disfrutar de esos temas.  

El señor Gimu provenía de Brasil. Había venido con mi abuelo en uno de sus viajes, y había permanecido con la familia por muchos años.  
Luego de la muerte de mis abuelos se hizo cargo de mi padre y sus hermanos, hasta el momento en que estos decidieron irse a la ciudad y dejarlo a cargo de la casa. Esto fue así hasta que luego, uno de los hermanos de mi abuelo contrató al capataz que ahora lo estaba controlando todo.  
Los explotaba como a animales.  

El señor Gimu: un señor alto y robusto; con el cabello largo, negro y brillante que le bajaba hasta los hombros. De ojos grandes y negros como el carbón.  
Tenía las manos ásperas, grandes y secas de trabajar en la tierra. Vestía de jeans y camiseta, y usaba siempre un sombrero negro que cubría su extensa melena.  
También solía llevar siempre un collar mágico que había pertenecido a su padre. Según él algún día se lo daría a su hijo Raymi.  
El que mas tarde se convertiría en mi mejor amigo.   

Gimu era un señor muy elocuente, gentil, pacifico y muy bromista, pero también muy serio a la hora de hacer su trabajo.  

El señor Gimu era hijo de una bruja y un Chamán.  
Los cuales, en vida habían servido y hecho muchas cosas por su comunidad.  
También habían salvado de espíritus malignos a muchas jovencitas en su país.  

El señor Gimu al igual que sus padres poseía grandes poderes y habilidades.  
Era un hechicero dotado de poderes sobrenaturales. Podía sanar a los enfermos, adivinar el futuro e invocar a los espíritus. Los usaba para hacer el bien y ayudar a la gente que lo necesitaba.  
El sabia que su hijo Raymi había heredado dichos poderes y habilidades también. Al cumplir los dieciocho años este pasaría a ser su sucesor en la gran cadena de hechiceros y chamanes de su país natal.  
También sería el dueño absoluto del Talismán que colgaba en su cuello.  

El señor Gimu Tobas me explicó: Los Talismanes en su país eran de gran ayuda y que cada gran hechicero poseía uno.  
Seis de ellos los más poderosos. 
Fueron creados en la antigüedad por los ancestros de su tribu en el Brasil. Estos estaban destinados a pasar de mano en mano, de generación en generación.   

También me contó sobre sus costumbres y otras cosas. Sobre cómo había nacido Raymi, y sobre la extraña muerte de su hija Saramaya.  

Me habló de las tradiciones en el pueblo y sobre cómo próximamente celebrarían lo que denominaban la Caminata del Diablo. Una celebración que se celebraba todos los años en Santa Rita de Ocres.  
Consistía en fiestas y cantos muy al estilo dominicano.  
Ese día, según la tradición; se debía poner en la noche una señal divina en la puerta de las casas para que este no se llevara las almas de las personas. Se decía que el 02 de noviembre de cada año el Diablo salía a caminar en la noche en búsqueda de almas para llevárselas al infierno.  

Todas esas cosas en aquel momento me parecieron pura fantasía.  
Yo no creía en ese tipo de cosas para ese entonces. 

Luego de pasarme toda la tarde charlando con el señor Gimu sobre muchas cosas paranormales. Decidí escaparme un rato a solas y caminar un poco para olvidarme de las cosas que me había contado. Ya que sabía que no iba poder dormir en toda la noche por el miedo si me acostaba recordando todas esas cosas.  
Para mi suerte no tuve que acostarme pensando en nada de eso puesto que lo que me sucedió después me hizo pensar en cosas maravillosas.  

En aquel lugar; luego de haber salido a caminar para despejar la mente de todas esas cosas; conocí a la chica más hermosa del mundo. Elle era tan hermosa que por un momento me olvidé que tenia novia en la ciudad.  

Su nombre era Jade. 
Jade Brunigni. 

Una chica muy especial: tenía el cabello castaño y largo hasta la cintura. Unos grandes y profundos ojos marrones; brillantes como la luz de la luna.  
De estatura mediana y cuerpo esbelto.  
Su piel tan blanca como el papel y sus mejillas rosadas como las rosas. Sus labios rojo intenso hacían contraste con el tono de su piel.  Llevaba una sonrisa  radiante en su rostro.  
Hermosa como una tarde de verano.  
La chica más hermosa que había visto en toda mi vida. 

Era la hija del Coronel Federico Brunigni; y asistía al cuarto año de la escuela secundaria al igual que yo.  
Para mi suerte asistía al mismo colegio.   

Al verla me quedé pasmado con su belleza, con su sonrisa, con su voz, con su encanto.  
No podía siquiera respirar. Era algo así como un hechizo. Un hechizo de amor. 
La miré fijamente sin parpadear por varios minutos. 
Estaba radiante como el sol.  
Era como un ángel en la tierra. Increíble como sonreía y como tocaba su pelo.  
Todo lo que hacía para mí era increíble, y en ese instante me quede inmóvil.  
Era como si estuviera en trance.  
Pero, fue el notar que me miraba y  que se acercaba a mi, lo que me hizo quedarme totalmente fijo en mi lugar.  

- ¿Te sucede algo? ¡He notado que te has quedado perplejo! – Hizo una pausa y luego continúo -  ¡Además de que me miras de forma extraña! ¿Te parezco conocida? ¡Porque no creo haberte visto nunca por aquí, aunque… mm...!  
Se detuvo unos instantes y luego dijo: 
- Ya me acuerdo... Eres el chico que vive en La Esmeralda... ¿Cierto? -  

No podía creer que me estuviera hablando a mi, y casi sin habla contesté: 
- ¡Aja! Digo… cla..., sí... - 
Y ella al verme nervioso, entre risas contestó: 

- Noto que estas un poco nervioso y realmente no tienes porque estarlo. – Dijo un poco risueña - Soy Jade...  Jade Brunigni, mucho gusto en conocerte ¿Tu nombre es? -  

Me quede sin habla por un momento, no podía creer que estuviera hablando con la chica más hermosa del mundo, luego dije rápidamente: 

- ¡Soy Naiyth... Naiyth Beroni – Luego tomé una pausa y continué - Sí… vivo en La Esmeralda! Hace tres días que me mudé y no conozco a nadie todavía, y el lugar ni se diga. - 

- ¡Bueno! Pues ¡Bienvenido! Mucho gusto. Nos vemos luego – Me lanzó un beso al aire en forma de despedida y se marchó.  

Fue lo único que pude decir por el momento.  
Solo me quedó el despedirme gentilmente, y verla partir con sus amigas. 
Mientras, yo me quedaba mirándola fijamente mientras se iba; pensando una y otra vez en su increíble sonrisa.  

¡Que tonto! 

No recuerdo claramente cuánto tiempo esperé para volverla a ver.  
Visitaba a diario el parque, sobre todo el mismo lugar donde la conocí.  
Todos los días.  
Buscando verla de nuevo.  
Intentando reencontrármela de nuevo en el mismo lugar.  

Pasaron días en los cuales visitaba la plaza a diario para ver si la encontraba.  
Un día se me ocurrió preguntarle a Gimu si la conocía. Para mi sorpresa Gimu y el coronel eran buenos amigos.  

El señor Gimu me contó las historias de cuando eran jóvenes. Cortésmente las interrumpí.  
Solo me interesaba saber dónde poder encontrarla.   
Gimu tan gentilmente como siempre me dio la dirección de su oficina. Le di las gracias diciéndole que pronto se lo pagaría.  
En un abrir y cerrar de ojos, me dirigí corriendo al establecimiento de la sindicatura; tal vez allí podía encontrarla.   
Su padre era el nuevo Sindico del pueblo. 
Se me ocurrió que como estábamos de vacaciones, podría encontrarla allí, tal vez ayudando de secretaria de su padre o algo. 

Velozmente me precipité hacia la puerta y entré. 
Al entrar tan velozmente las personas que había dentro se imaginaron lo peor; sobre todo al verme sofocado y empapado de sudor. 
Inmediatamente corrieron a socorrerme imaginándose que había sido asaltado.  

Recuerdo que una señora se me acercó y me preguntó:  
- ¿Te encuentras bien hijo? ¿Te sucede algo? ¿Por qué andas tan deprisa? ¿Son los vagos esos de la pandilla esa? – Dijo sin apenas hacer una pausa - Siempre están causando problemas a los turistas y molestando a los demás - 

No podía contestarle inmediatamente pues me faltaba la respiración por haber corrido desde la plaza hasta la alcaldía.  
Bastante distantes estaban.  
Al poder  tomar un poco de aire le contesté: 
- No señora. No me pasa nada... solo quería saber... - 
Fui interrumpido por la señora con otra pregunta, pero esta vez fue un poco más directa: 
- ¿Buscas a alguien? Porque si es algún empleado de aquí podría ayudarte con mucho gusto si así lo deseas – Dijo mirándome inquisitivamente - ¿Me podrías decir tu nombre primero? Me gustaría saber... umm – Hizo otra pausa y luego procedió. 
- Por ejemplo… ¿Dónde vives? ¿Qué haces por aquí? Es Tan temprano, y los jóvenes como tú… es decir los jóvenes de ahora solo les gustan estar vagando en las discotecas, los casinos, los bares y esas cosas. Aunque no es hora de eso porque es bastante temprano. Son apenas las ocho de la mañana ¡ah! ¡Qué cosas digo! -  
Me tomó del brazo y luego dijo.  
-  ¡Ven. Siéntate, debes estar cansado.  ¡Mírate! Estas todo empapado en sudor y tiemblas. -  En efecto lo estaba.  
- Vienes de lejos supongo. ¿Quieres un vaso con agua bien fría? ¿Tal vez un café? ¿Té? ¿O un refresco? ¡Oops! Lo siento pero creo que no me he presentado, no he parado de hablar como loca. Yo soy la secretaria de la alcaldía y la asistente del alcalde mayor. Mi nombre es María Barreiro y puedo ayu... - 
No pude evitar interrumpirla con una pregunta: 
- ¿La secretaria dice? ¿Usted es...? – 
Ni siquiera sé porqué estaba tan sorprendido de que lo fuera. 
Creo que tal vez porque me supuse que Jade estaría allí ejerciendo ese papel para su padre.  
De todos modos no sé porque lo pensé.  
¿Qué haría una joven como ella trabajando para su padre? 
- Sí. Yo soy la secretaria del señor Brunigni. ¿Por qué lo dices con tanta duda? ¿Acaso esperabas alguien más joven? – Dijo mientras sonreía.  
- ¡No señora! – Respondí apenado. - ¡Disculpe usted! – Hice una pausa y luego balbucee una tontería.  

- ¡Sí hijo! ¿Qué querías decirme? Puedes hablar con toda libertad. Que no te dé pena. Recuerda que yo también fui joven, conozco casi todas las cosas que los jóvenes hacen. Además estoy aquí para ayudar a quien lo necesite. - 

- Solo quería saber cuándo podría ver…, o tal vez hablar con la hija del Alcalde Mayor, es que la conocí hace unos días y me pareció muy… - 

Fui interrumpido nuevamente por la señora que con dulzura me contestó, esta vez con una taza de café en las manos: 
- No me has dicho tu nombre todavía, y tampoco me dijiste que preferías tomar. Me tomé el atrevimiento de prepararte un poco de café. Está recién hecho y con poca azúcar, pero si quieres... - 
Le interrumpí, lo único que me interesaba era hablar con Jade otra vez.  
No pude evitar preguntar si se encontraba en el edificio. Para mi suerte su respuesta fue negativa. 
Al escuchar su respuesta sentí como si mis esperanzas de volver a verla se desvanecían. 
Me puse de pie, le di las gracias por todo y me dirigí hacia la puerta dispuesto a salir. De repente me dijo: 

-  ¿Te irás sin decirme tu nombre? Me gustaría saber cómo te llamas y dónde vives por si la niña Jade pasa por aquí más tarde. – Dijo, y no pude evitar sonrojarme.  
- Así podré decirle que la buscabas. – Prosiguió 
- Si prefieres te puedo dar su dirección. Podrías pasar por su casa esta tarde. Aunque tal vez sea mejor que me dijeras tu nombre primero para saber quién eres. – Puso cara de duda.  
- No me gustaría darle datos personales de la niña Jade sin antes saber a quien se los doy. -  

No le dije nada más.  
Solo le di las gracias de nuevo y abandoné el edificio. Solo pensaba en qué iba a hacer en el resto de la mañana. Necesitaba distraerme con algo. 
No tenía nada pensado. 
Tal vez iría a la plaza de nuevo; tal vez a comprar unos libros.  
Algo tenía que hacer para sacarme a Jade de la cabeza. 
 
Como no tenia nada más que hacer en el pueblo, me dirigí a casa.  
Allí estaban mis hermanos y mi madre esperándome. Para mi sorpresa mi padre había regresado.  
Esta vez acompañado de la tía Isabel. Ella se quedaría con nosotros unos días. 

Aunque nunca llegamos a pensar era que esos días de visita se convertirían en meses y los meses en años.   

Después de un rato de caminar por todo el jardín con nuestra tía. Mis hermanos y yo fuimos al ático de la casa a buscar unas cosas que la tía nos había encomendado. 
Nos especificó que era un lugar secreto que la tía tenía reservado para ella en sus días de juventud.  

Nunca entendí el porqué no fue ella misma.  

Entre las cosas habían: un montón de libros.  
Unas cuantas agujas enormes.  
Unos muñecos de trapo, algo desaliñados. Y unas que otras baratijas.  
Las tomamos. Las echamos en una bolsa y fuimos al jardín.  
Allí estaba la tía Isabel todavía.  
Le entregamos todas las cosas que nos encomendó buscar.  
Al recibirlas las observó una a una, y luego las echó en una caja.  
Las quemó todas sin decirnos nada. 
Mis hermanos y yo nos quedamos asombrados. 
No podíamos ser indiscretos ni preguntar nada; no queríamos ser descortés con nuestra tía. 
 
Luego  que el fuego acabó, nos fuimos al tras-patio y nos sentamos junto a la casita de madera de la abuela Nayarith, totalmente callados sin decir una palabra. Preguntándonos que eran esas cosas que había quemado la tía Isabel. 
Para qué servían y para qué las usaba.  

La intriga nos estaba matando.  
No aguantamos más y le preguntamos a mamá para que eran esas cosas.  

Mamá respondió: 
- ¡Son cosas personales de su tía! Si quieren saber pregúntenle a ella – Dijo algo enojada por nuestro interrogatorio. 
-  ¡Aunque les aconsejo que mejor no le pregunten nada a su tía! – Prosiguió -  Nunca le ha gustado hablar de sus cosas personales.  
Su tía Isabel es muy rara. - 
Nos miró sabiendo que de todas formas le íbamos a preguntar y agregó: 
- ¡Creo que si no les dijo nada es porque no quiere que nadie sepa que eran esas cosas! ¡Ni para que las usaba! ¿Entendieron? - 
- ¡Pero mamá! - dijimos los tres en coro. 
- ¡Ni una palabra más de este asunto! – Nos regañó.  
- Vayan a limpiar sus habitaciones o a estudiar. Tengo que preparar un pastel de manzana para su padre. ¡Vamos rapidito. Rapidito! - 

Nosotros entendimos claramente lo que mamá nos había dicho, pero aun así quisimos saber más.  
Así que revisamos las cosas de la tía Isabel mientras ella dormía tranquilamente en un mueble. 
Tomamos la llave que nos había dado anteriormente y cuando tuvimos oportunidad, fuimos de nuevo al ático y revisamos por completo el cuarto secreto de la tía.  

Encontramos muchas cosas extrañas ahí.  
Frascos llenos de brebajes. 
Perfumes que podían noquearte.  
Algunas de esas cosas que usan las personas que practican la hechicería. Al menos eso nos parecía y eso creímos que eran.  

Posiblemente teníamos razón.  
Y debo confesarles que esas cosas, aunque nos parecían un tanto extrañas y oscuras, nos empezaban a gustar.  

Incluso a mí que le tenía miedo a casi todo. 
De vez en cuando sin que nadie se diera cuenta y mucho menos la tía Isabel; decidimos aprender hacer uno que otro hechizo y encantamiento. 
A veces un tanto divertidos y otras un tanto escalofriantes. 

A la mañana siguiente me levanté bien temprano.  
No pude dormir bien en toda la noche.  
Últimamente sufría de insomnio y tenia pesadillas y sueños extraños.  
Eran alrededor de las cinco y treinta.  
Me dirigí al ático; estaba un tanto mareado por el trasnoche.  
Empujé la puerta que daba al cuarto secreto muy despacio para no hacer ruido. Había escuchado murmullos en el interior. Supuse que debía ser la Tía Isabel quien estaría allí. 
Mis hermanos todavía dormían.   

Al entrar al lugar secreto de la tía Isabel; pude observar vagamente, pues estaba un poco mareado y no podía ver bien; que efectivamente era ella.  

Estaba de rodillas frente a una enorme fotografía. Una muy rara y espeluznante.  Creo que era algo así como el mismo demonio.  
Ella estaba cantando en voz baja, en una lengua muy distinta al español o incluso al inglés.  
No sé con exactitud que idioma era.  
No parecía su voz.  
Era más bien la voz de otra mujer. 
Algo ronca, fuerte y tosca. 

Me asusté mucho y la llamé varias veces por su nombre. Ella no respondía. 
Era como si fuera otra persona. 
Al cabo de un rato mi voz comenzó a desaparecer.  
Ya no podía hablar, me había quedado mudo por completo. 
Intenté llamarla de nuevo, pero mi voz había desaparecido. 
Como no podía llamarla, avancé hasta ella y la toqué por lo hombros de una manera brusca.  
La había sacudido muy fuerte. 

Al hacerlo sucedió algo extraño. La tía Isabel se puso de pies, me agarró fuertemente por el cuello. 
Luego me apretó mucho mas fuerte y me lanzó un fuerte grito justo a la cara.  
Luego cayó al suelo.  
Me pareció que se había desmayado.  

La toqué nuevamente e intenté llamarla, pero mi voz no salía. 
La sacudí varias veces hasta que despertó lanzando una que otra maldición y quejándose por haberla interrumpido justo cuando apenas comenzaba. 
Su enojo fue descomunal. 
Me sacó del cuarto a tirones y me prohibió interrumpirla de nuevo. También me prohibió entrar a esa parte del ático a ninguna hora.  

Es más me prohibió rotundamente volver a entrar al ático a ninguna hora sin su consentimiento.   

No tuve mas remedio que seguir sus ordenes. Salí del lugar completamente asustado y sin poder hablar aún. 
A pesar de eso de todos modos no le hice caso.  
Quería saber que era lo que hacia mi tía observando esa enorme fotografía de aquel demonio a tempranas horas de la mañana. Y sobre todo quería saber que rayos era lo que estaba cantando. 

Bajé del ático sin preguntar y me dirigí hacia las habitaciones de mis hermanos. Deseaba contarles lo que había visto, pero no podía hablar.  
Para poder contarles tuve que escribir en una libreta lo sucedido. 
Tardé varios días en recuperar por completo la voz. 
Ellos al igual que yo querían saber más. 
Siempre nos metíamos en problemas por estar metiendo las narices donde no nos llamaban. 

Así que investigamos en los libros y revistas. E incluso en Internet. 
Necesitábamos lo que fuera sobre aquella foto extraña.  
La tía Isabel la observaba todas las mañanas durante horas mientras le cantaba sus canciones en idiomas raros e inentendibles para nosotros.  

Una vez, tomé una cámara digital de mi padre y les tomamos unas fotos. Luego las pusimos en la computadora y se la enviamos por E-mail a unos de mis maestros de sociología y antropología en la cuidad. 
Recuerdo que esperamos varios días por la respuesta del profesor.   

Nunca le contamos nada a mamá o a Papá, no queríamos que nos impidieran meternos en las cosas de la tía Isabel, y mucho menos que se enteraran de las cosas que hacía a solas en el cuarto secreto que ni siquiera mis padres sabían que existía.  
No hasta el día en que se dieron cuenta de las cosas que la tía Isabel hacia en secreto. Cosas que desagradaron a mi padre y por lo que más adelante se armo tremenda discusión.  
Años atrás mi padre le había prohibido a su hermana practicar este tipo de cosas en casa y mucho menos en su presencia. 

En todo el verano no hicimos más que investigar las cosas de la tía Isabel.  
Por un tiempo nos olvidamos de las demás cosas que hacían los jóvenes de nuestra edad. 
Nos olvidamos de los amigos que habíamos dejado atrás por la mudanza.  
Yo incluso dejé de llamar a mi novia por un tiempo.  
Eso me trajo mucho problemas.  
La distancia había causado daños en nuestra relación. Relación que desde un principio no había sido muy buena. Ya de por si hablábamos muy poco, y cuando lo hacíamos discutíamos por todo.  

Mis hermanos y yo en unos pocos días recibimos la respuesta del profesor. 
Este nos explico todo lo que necesitábamos saber acerca de la imagen que nuestra tía veneraba.  
Nos dijo que era un demonio antiguo.  
Era adorado por varias sectas.  
Hacía mucho no se veía.  

Mis hermanos estaban asustados. 
Yo por mi parte, había tomado uno de los libros de hechizos y encantamientos y lo leía de vez en cuando a escondidas de mis hermanos. 
Con ellos solo llegué a practicar una que otra cosa. 
Luego del incidente de la tía, les prohibí leer aquellos libros tan extraños. Les pedí que se dedicaran en vez de eso, a hacer otras cosas más productivas para ellos.  

Aunque yo los seguía leyendo a escondidas. 

Nunca intenté hacer cosas que estuvieran mas allá de mi alcance, ni de lo que pudiera entender, o incluso manejar.  

Durante toda la tarde de aquel día me la pasé leyendo aquel libro que había escondido en la casita de madera de la abuela.  
Ahí leía todas las tardes aquel libro. 
Solo allí podía hacerlo tranquilamente y sin ser descubierto. Solo yo tenía las llaves de la pequeña casita y nadie me molestaba mientras estaba ahí dentro.  

Después de varias horas de estar allí me sentí con sueño y quise ir hacia mi habitación.  
Mientras pasaba por todo el camino del traspatio hacia la casa, me di cuenta de las muchas cosas extrañas que había en La Esmeralda.  
Siempre me había preguntado ¿Cómo era posible que construyeran una casa tan cerca de un río? ¿Acaso no era muy peligroso? ¿Cómo era posible que la tía hiciera tantas cosas extrañas sin que nadie lo supiera, o lo sospecharan en lo absoluto? 

El camino del tras-patio hacia la casa o mejor dicho de la casita de madera a la casa era bastante largo. Si el jardín delantero de la casa era inmenso, el traspatio lo era más. 

El tras-patio en las noches era sumamente oscuro. A la distancia en que estaba la casita de la abuela Nayarith, la luz de la casa no llegaba o mejor dicho no alcanzaba para iluminar tanto espacio.  
Los terrenos de la casa eran enormes. 
En el tras-patio estaban las jaulas de pericos que una vez pertenecieron a la abuela, pero que ahora estaban al cuidado de la servidumbre. 
Las casitas de los perros.  
Los columpios.  
El establo.  
La casa del personal de servicio, y que para ser del servicio era bastante amplia. 

También estaban los rosales de mi madre.  
Eran como los de los cuentos de hadas.  
Con flores de todo tipo y de todos los aromas. 
Sobre ellas volaban un sinnúmero de mariposas silvestres y aves picaflores.  
Esto cubrían de encanto y belleza todo el rosal. 

También estaban las caballerizas y los corrales. 
Los pinares que había sembrado el abuelo. 
Una fuente en desusó, pero que más tarde fue reparada por mi padre. 
Había un montón de cosas más. 

Al fondo, pero muy al fondo; bien alejada de la casona principal y de toda la gente, estaba el rinconcito de paz de la abuela.  
Ahora era el mío.  
La casita de madera.  
Algo pequeña pero muy acogedora: Tenía solo una habitación.  En la cual no había más que una camita bien arreglada. Un pequeño estante de muchas gavetas y una mesita de noche. Sobre ella una lámpara de gas y una cajita de música. 
Más adelante, junto a la puerta, una mecedora de madera.  
También había una pequeña salita, con tan solo dos muebles y una mesita.  
Estaba repleta de libros, también había una Biblia algo Desgastada por el uso.  
Al menos eso supongo. 
También había un enorme librero.  
Junto a el, el antiguo piano de la abuela. 
Ahí también estaba su tocadiscos antiguo, junto con unos que otros cachivaches de la abuela: entre ellos un enorme baúl cerrado con llave.  

La casita tenia una pequeña pero delicada cocina y un pequeño baño. 
Esos espacios eran no mas lo que conformaban la casita. 
  
Estaba muy bien ambientada: con cortinas azules como el cielo mañanero. Junto a la venta siempre encontraba flores silvestres. 
No sabia quien las ponía.  
Siempre estaban frescas.  
Luego me acostumbre a cambiarlas de vez en cuando,  a veces no tenia que hacerlo. Alguien lo hacia por mi. 
También había uno que otro velon aromático: de vainilla, canela y mandarina. Los aromas que le gustaban a la abuela.  
Muchos cojines con sus colores favoritos, estaban regados en la alfombra que cubría el piso. Y sobre los muebles unos que otros peluches que había confeccionado la abuela Nayarith en sus tiempos de soledad.  

Había también algunos cuadros pintados por mi Tía Norma.  
Y un antiguo reloj de pared, que tocaba al punto de cada hora.  

Detrás de la casita había un pequeño huerto y unas cuantas palomas.  
A una corta distancia se encontraba el río. 
Según me había contado Pamela, la cocinera de la casa; mi abuela y mi abuelo se bañaban ahí desnudos en tiempos de calor. También se juraban amor eterno mientras flotaban en sus aguas en los tiempos de lluvia.  

Caminé lentamente para no tropezarme con alguna piedra o con uno de los perros, y mientras lo hacía pensaba en mi encuentro con Jade. 
No la había vuelto a ver en varios días y quería reencontrarme con ella. Me sentía confundido ya que tenia novia en la ciudad y la quería un poco, aunque peleáramos mucho.   
Al llegar a la parte alumbrada del tras-patio encontré a mi madre sentada en uno de los columpios mirando las pocas estrellas que había en el cielo esa noche.  
Era una noche lo bastante fresca como para sentir frío, a pesar de que era una noche de verano. 

La miré y le pregunté: 
- ¿Qué haces sentada aquí sola? Casi nunca acostumbras hacerlo y sobre todo mirando las estrellas. – Ella contestó: 
- ¿Te acuerdas cuanto nos gustaba mirar las estrellas y la luna cuando eras más pequeño? –  
¡Claro que lo recordaba! Solíamos hacerlo seguido, a pesar de que en la ciudad era difícil ver un cielo tan estrellado. 
- Nos encantaba buscar las constelaciones, mirar la luna llena y contar las estrellas; pero ahora que has crecido, ya casi ni hablamos. No tenemos tiempo ni siquiera de decirnos... -  

No pudo terminar la frase completa ya que un fuerte grito proveniente del ático nos hizo brincar del susto. 

Era la voz de la tía Isabel. 

Algo le había pasado, y al parecer era algo muy fuerte. Sobre todo para que gritara de esa manera. 
Corrimos a ver qué pasaba.  
Llamamos desesperados a Kayra y Argél; pero no estaban en la casa. Tampoco el personal de servicio estaba por ningún lado.  
Era algo raro, en la casa siempre había alguien con mamá. 

Subimos deprisa a ver que le había sucedido. 
Al intentar abrir la puerta nos sorprendimos porque estaba fuertemente bloqueada por dentro.  
Intenté derribarla pero me era imposible.  
Era como si una fuerza sobrenatural me impidiera abrirla, mientras más empujaba la puerta con fuerza los gritos de la Tía Isabel se hacían más fuertes e insoportables. 
Parecía como si algo estuviera golpeándola bien fuerte ahí dentro. 

Mamá estaba asustada y también gritaba, yo no sabía qué hacer.  
Intenté calmarla, pero lloraba más al escuchar los fuertes gritos de la tía Isabel.  
Me pedía a gritos que hiciera algo rápido. No podía imaginar qué rayos pasaba ahí dentro, ni mucho menos que era lo que sujetaba la puerta con tanta fuerza que no podía derrumbarla. 
 
En un momento de desesperación tomé un sillón que estaba cerca y lo aventé contra la puerta.  
Eso no sirvió de nada. 

Mamá dentro de su desesperación comenzó a rezar el Ave María varias veces en voz alta, mientras yo por mi parte pateaba la puerta con fuerza una y otra vez sin ningún resultado.  
Era una situación desesperante. 
Los gritos se escuchaban lo bastante fuerte como para despertar a una comunidad completa.  
Parecía como si algo la estuviera matando ahí dentro.  

Después de unos minutos ya estaba agotado de tanto golpear la puerta y me rendí dejándome caer al  suelo de rodillas. Estaba totalmente desesperado y angustiado por no poder hacer nada.  
Lloraba del miedo. 

De pronto los gritos cesaron y la puerta comenzó a temblar fuertemente. Toda  la casa también se estremecía.  
Las cosas comenzaron a caer al suelo, era como si un terremoto estuviera azotando la casa. Los cristales comenzaron a estallar.  
De repente el frío que hacia anteriormente se había convertido en un calor infernal.  

Mamá se asustó y volvió a rezar. 
Yo gritaba el nombre de la tía Isabel a ver si respondía; pero no había respuesta alguna.  

Me puse de pie lleno de furia al no poder hacer nada y volví a empujar la puerta. Esta vez algo me empujó bien fuerte contra la pared. La puerta de repente empezó a abrirse muy despacio. No lo hizo por completo, solo lo suficiente como para ver a la tía Isabel tirada en el suelo, toda ensangrentada y con la ropa hecha un desastre y sucia.  

Había un olor extraño. 
Creo que olía a muerte.  
Mi madre dijo que era azufre. Era irrespirable, nauseabundo, inaguantable y desagradable. 
 
Entre despacio por el desorden, mirando hacia todos lados, asustado por lo acontecido.  

Detrás de mí entró mamá y al verla en el suelo toda llena de sangre comenzó a llorar.  
Yo no entendía que había sucedido allí como para que la tía estuviera en esas condiciones, y mucho menos podía entender a que se debía o de donde provenía ese olor nauseabundo a azufre y muerte. 
Tampoco podía entender porque había temblado toda la casa tan fuertemente. 

En segundos dejé de pensar y de preguntarme tantas cosas. Le pedí a mamá ayuda para poder levantar a la tía de suelo y atenderla, pero mamá lloraba sin cesar y tuve que gritarle fuertemente varias veces para que entrara en sí.  

Luego de entrar en razón, me pidió dejarla ahí mientras buscaba el botiquín de primeros auxilios para curar los enormes rasguños que había en todo su cuerpo. 

La levantamos, la recostamos en un sillón y mamá comenzó a limpiar las heridas que había en su cuerpo con alcohol y algunos aceites. Luego colocó varias  vendas en las heridas. Después de hacerlo me pidió que continuara y salió del lugar sin decir nada mas. 
 
Cuando volvió después de un rato, entró con un teléfono celular en las mano. Me dijo que había llamado al médico de la familia. Este que se encontraba en el pueblo vecino a unas cuantas horas de casa. Le había pedido que viniera lo más pronto posible. 
Luego llamó a papá que estaba a  las afueras del pueblo y le contó lo sucedido. 

Tras varias horas de espera llegó el médico. 
Revisó a la tía, y la acostó en su cama con ayuda de mamá. Luego le inyectó unos calmantes y terminó de curar las heridas. 
Por supuesto nos interrogó acerca de lo sucedido. 
Mamá no quiso contarle nada, lo que había sucedido era algo sumamente extraño. De todos modos el doctor no le creería nada. Por supuesto que le inventó una historia que pudiera quitárnoslo de encima al menos por ese momento. 


Era sumamente extraño que el personal de servicio no estuviera en la casa a altas horas de la noche.  
Aunque no dormían dentro de la casa, siempre se mantenían dentro mientras hubiera personas despiertas. Sobre todo cuando papá no estaba en casa. 
Mucho más extraño era que Kayra y Argél no estuvieran allí.  
También me pareció extraño que el señor Gimu Tobas no estuviera por los alrededores.  
Aunque no vivía en la casa, ni en la casa de la gente del servicio, siempre se mantenía cerca en caso de alguna necesidad o de que algo ocurriera.  

Mamá comenzó a preocuparse por mis hermanos, no sabíamos dónde estaban, ni cuando habían salido.  

Yo estaba sumamente cansado y tenía mucho sueño, pero no podía acostarme hasta que regresaran. 
Mamá también tenía mucho sueño, así que le pedí que se acostara primero.  
Yo esperaría por mi hermanos.  
Apagué todas las luces de la casa, y me recosté en uno de los muebles a pensar en lo sucedido. El sueño me venció y me quedé dormido por unos instantes.  
Y empecé a soñar.  

Esa fue la primera vez que tuve un sueño como ese. Antes había tenido pesadillas frecuentes, pero nunca había soñado algo así.  
No que yo pudiera recordar. 
Era un sueño tan extraño: soñé que estaba en una habitación totalmente a oscuras.  
Solo.  
Estaba arrodillado frente a una cama.  
Llevaba ropa de dormir.  
Creo que era mi habitación pero estaba tan oscuro que no podía reconocer si era o no mi habitación. 
Estaba rezando como lo hacía siempre antes de dormir. Era un padre nuestro. 
Lo hacia en voz alta una y otra vez, pero no lo hacía solo, había alguien más en la oscura habitación, pero no podía ver quién era. 
Era una voz de niño. Era una voz placentera y arrulladora. Repetía al compás de mi voz, una y otra vez la misma oración. 

Luego de un rato esa voz de niño, dulce y arrulladora, comenzó a cambiar y se transformó en una voz de hombre. Toda áspera, tenebrosa y escalofriante.  
Esa voz comenzó a escucharse más y más fuerte. Cada vez que repetía la oración, aumentaba su fuerza. Yo comenzaba a preguntarme a mí mismo ¿Quién estaba allí conmigo? ¿Por qué no se dejaba ver? ¿Por qué había cambiado su voz? Y comenzaba a asustarme. 

No quería mirar hacia ningún lado. Pero, decidí voltear a ver. Al fijar la mirada en la persona que estaba allí me di cuenta de algo que parecía imposible para mí.  
La persona que rezaba conmigo era Satanás. 
Me asusté todavía más.  
Volví a retomar mi oración pero esta vez mas fuerte y rápido que antes. 
El prosiguió conmigo, pero esta vez en un tono de burla mientras reía a carcajadas. Se acercó a mí, me tomó fuertemente por el cuello. Apretando hasta el punto de casi dejarme sin aliento. Yo continuaba repitiendo la oración como podía, intentando hacerlo desaparecer, pero no resultaba. 
Luego me lanzó fuertemente al suelo, mientras se burlaba de mi.   
Yo continuaba orando hasta que me interrumpió diciendo: 
- ¡No te valdrá de nada rezar! ¡El nunca te ha escuchado y no lo hará jamás! –  
Volvió a reír a carcajadas y luego prosiguió. 
-  Al final seré vencedor. ¡Tú caerás y yo estaré allí para tomar tu alma! - 

Continué rezando.  
Cada vez lo hacia mas y mas fuerte, hasta que desapareció.  
Solo dejó el sonido de su risa resonando en la oscura habitación. 
 
Desperté asustado y empapado en sudor. 
Miré hacia todos lados creyendo que lo sucedido era real. No había nadie ahí. 
Volví a recostarme y no desperté hasta el otro día.    

El olor a azufre y a muerte aún estaba impregnado en el aire. 

 



Ovent

Editado: 07.06.2019

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