Vuelta a la izquierda

Vuelta a la izquierda

Dedicado a Rebeca Márquez. 
Con todo el aprecioel amor y el cariño que se le puede brindar a una hermanaA un alma gemela.
Gracias por todos esos maravillosos torbellinos naranjas y esos deliciosos pasteles de calabaza.
 

El desayuno fue un poco más presuroso que de costumbre. Tobías y yo estábamos sentados en la mesa, apartando los chicharros del arroz que mamá había preparado junto con un guisado de carne la noche anterior. Apenas habíamos dado las primeras cucharadas cuando mamá bajo apresurada de las escaleras. Nos llamó y tuvimos que subir a la camioneta sin haber acabado siquiera la mitad de nuestro desayuno. No puedo describir el ceño que tenía mamá impreso en el rostro. ¿De enojo? No, no lo era. Cuando está enojada suele hacer todo menos permanecer callada. ¿De tristeza? Podría ser, pero cuando está triste lo único que hace es llorar.

Ninguna emoción correspondía a la facción que mostraba. Era más bien como de derrota. Ni siquiera había probado bocado en la mañana y no se había puesto ni gota de maquillaje. No había entrado a la regadera desde la mañana anterior.

El panorama era muy lindo allá afuera. En lo personal, me da mucha alegría el comienzo de una nueva mañana, el como los rayos del sol alumbran las ramas de los árboles y éstas brillan de gozo. Me transmiten paz y tranquilidad. No pude concentrarme en ver todas esas maravillas cuando mi mamá me llamó a subir a la camioneta.

Tobías ya estaba sentado columpiando sus pies sobre la distancia que restaba al suelo. Subí y me coloqué en cinturón de seguridad. Miré a través de la ventana y vi una linda cabellera meciendose en el aire. Todas las características de la persona caminando correspondían a una: Rebeca. Quise bajarme del coche y platicar con ella, pero me detuve, así que solo golpeé la ventana del coche fuerte varias veces para que ella pudiera percatarme y así fue. Volteó de inmediato y me sonrió. Yo le devolví el acto.

Ella había cursado quinto grado conmigo, y de cierta manera se había convertido en mi mejor amiga. Tenía una exquisita forma de ser, le admiraba demasiado. Le encantaba el arte y la lectura. Semanas antes le conté que recién había empezado a escribir un libro y fue la persona que más se emocionó. Su apoyo era fundamental. Provocaba que todo fuera más sencillo.

El motor de la camioneta se encendió y vi como Rebeca se alejaba poco a poco junto con los árboles. Mamá no prestaba atención al volante. Tenía la mirada perdida. Simplemente nunca le había visto así. Bajé la ventana para que el viento entrara y mitigara el calor que hacía dentro.

Estaba próximo mi lugar favorito del camino: un gran parque con muchos juegos. Mis ojos se prepararon para admirar todas las maravillas que habían ahí, cuando de pronto mamá dió vuelta a la izquierda y ahora nos dirigíamos a una avenida totalmente diferente a la ruta que diario tomaba para la escuela.

La miré por el espejo del conductor y se veía agitada. Parecía como si esa decisión que ella misma tomó también le hubiera sorprendido. Edificios que nunca había visto se mostraban en el camino y un gran puente al cual estábamos próximos. Conforme más nos acercábamos, reducía la velocidad hasta que llegó un momento en el que nos quedamos detenidos a mitad del puente.

Los autos que estaban atrás comenzaron a sonar los cláxones y le gritaban a mamá que avanzara. Me quedé mirándola por algunos segundos y sentí miedo. Miedo como nunca lo había experimentado a pesar de que ella no había pronunciado palabra alguna. Se bajó de la camioneta y esquivó varios automóviles los cuales estuvieron a punto de arroyarla. Parecía como si estuviera poseída por algún ser. Pensé que quizá estaba muy estresada y había bajado a fumar un cigarrillo pero mi sorpresa fue que la cajetilla estaba en la guantera de la camioneta y el encendedor tirado en el tapete.

Se acercó a la barandilla del puente y miró hacia abajo. Parecía detenidamente calcular algo, pero nadie sabía que. Tomó un suspiro y parecía regresar, cuando sorpresivamente abrió la puerta trasera en donde estábamos, y nos indicó acercarnos a ella. Tobías en su inocencia de cuatro años lo único que hizo fue alzar los brazos y pedir a mamá que lo cargara. Yo sin embargo me quedé mirándola asustado. 
Se acercó ahogada en llanto con los brazos abiertos y nos sujetó fuertemente en un abrazo. Fue un abrazo lleno de melancolía y tristeza. Yo estaba aterrado y confundido, pero no me atreví a preguntarle qué era lo que pasaba.




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