Y si tú supieras...

SEGUNDA PARTE

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO 1

 

 

Se alejaron tanto que ni siquiera podían verse.

Pero olvidaron un detalle importante:

Por mucho que se alejen, el mundo es redondo,

y llegará el punto en el que se reencuentren,

y esa vez será para siempre.

ANÓNIMO.

 

Madrid, España, año 2015.

 

Rodrigo Bilbao del Prado arribó al aeropuerto de Barajas alrededor de las once de la mañana, proveniente de la Rioja; en concreto, del valle de Haro, en la Rioja Alta. Venía de disfrutar de una merecida temporada de vacaciones junto a sus padres y hermana. Había estado currándose durante dos largos años un master en administración de empresas en la prestigiosa Universidad Autónoma de Madrid ¡Y aún le faltaba un año!

«Joder»

Pensó, mientras fruncía el ceño y miraba con enfado —por tercera ocasión— como el jet privado, propiedad de la empresa de su padre, iba perdiendo altura para situarse en la pista de aterrizaje. Su enfado crecía conforme el avión se aproximaba al aeropuerto, y una voz mecanizada le anunciaba que, en escasos cinco minutos tocarían tierra.

Alberto, su amigo de toda la vida lo escrutaba divertido, y reconocía para sus adentros que, el menor de los Bilbao jamás había sido amante de las grandes ciudades. Con interés y parsimonia, le contaba algunos chismes nuevos que circulaban por su barrio y, a su propio modo, lo instaba a calmar un poco su mal humor.

Más, pese a los pertinentes esfuerzos de Alberto por distraerlo, parecía ser que aquella terapia de relajación tertuliana no estaba dando los resultados que se esperaban; para Rodrigo estar en Madrid significaba una sola cosa: ¡Un verdadero coñazo!

Al excéntrico joven no le gustaba ni un ápice la idea de separarse de sus seres más queridos.

Había vivido toda su vida en Haro y, aunque de vez en cuando se dedicaba a liar la de Dios es Cristo junto a su inseparable amigo Alberto, siempre optaba por regresar a la calma y apacibilidad que le ofrecía la compañía de sus padres; las titánicas “luchas” que protagonizaba junto a su hermana Lucía, o las interminables charlas sobre fútbol que entablaba con Gerónimo, su futuro cuñado.

Disfrutaba tanto su soledad, o como a él mismo le gustaba llamarle: de su propia compañía que, cuando se encerraba en la apacibilidad de su habitación para escuchar música o leer un libro, era que su día empezaba a cobrar sentido.

Pero ahora, advirtiendo como las compuertas del avión familiar se abrían con una lentitud tétrica, su escasa tranquilidad escapaba junto al aire presurizado en aquel jet.

¿Por qué sus padres insistían en que era prioritario que él estudiara tan lejos de casa? ¿Por qué no podía escoger con libertad una universidad más cercana a la Rioja? ¿Qué tenía de interesante Madrid, como para que Alfonso y sus padres sintieran que su tierra le venía pequeña? ¿A qué se refería con exactitud su colega, cuando aseguraba que en Madrid se disfrutaba de la verdadera vida, de la diversión y felicidad que en su barrio no lograrían encontrar?

Rodrigo no los entendía en absoluto, pero tampoco le apuraba demasiado encontrar una razón final ¡Ya se encargaría el propio tiempo de entregarle las respuestas que tanto le interesaba conocer!

Lo único que le importaba al chico en ese momento, era olvidar a como diera lugar que había abandonado su pueblo y, junto a su pueblo, a su amorosa familia. Lo que en verdad lo apremiaba era llegar por fin a la universidad y recoger sus nuevos horarios de clases. Mientras más rápido apresurara el mal trago, más soportable sería.

Pero tal y como sucede en algunos casos, el destino siempre es el destino. Tan cruel como bendito. Tan rapaz como inteligente. Tan cabrón y concienzudo, como para darnos pequeños bocados de cielo cuando menos lo esperamos.

Y así habría de suceder… Quizá, en un golpe de absoluta suerte —o de destino—, ese año el riojano tendría de vuelta algo que había estado esperando durante más de un siglo.

En cuando bajó del avión, Rodrigo tomó con desgano su maleta y se dirigió a la salida del aeropuerto para tomar un taxi, mientras Alberto se demoraba más de la cuenta disfrutando de las atenciones que le ofrecían las azafatas que habían volado junto a ellos.




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