100 años de redención.

¿Verdad o mentira?

—No… mi hijo no sería tan tonto como para firmar nada sin leerlo antes —respondió mi suegra. Aunque intentó sonar segura, la duda se colaba en cada palabra, dejando claro que esa posibilidad era muy real.

Solté un suspiro profundo, intentando pensar en una solución con urgencia. No podíamos permitirnos fallar justo ahora.

—Bueno, aunque no lo tengamos seguro, lo que sí es cierto es que Miguel ha puesto todo su patrimonio en venta. En cuanto nuestro plan se ponga en marcha, él se quedará en la calle de todas formas.

—¡PERO MI HIJO! —exclamó ella angustiada— Jazmín, tú misma lo dijiste ¿y si Miguel, movido por la venganza, intenta hacerle daño a Rafael?

—Entonces ha llegado el momento de sacar a ese médico de la jugada —anunció mi madre con voz fría y decidida. Sacó su teléfono y realizó una llamada rápida— Ya avisé a un colega de la brigada especial. Antes de que salga el sol, ese doctor estará tras las rejas, sin poder avisarle nada a Miguel.

Mi suegra tomó con fuerza las manos de mi madre y se dejó caer de rodillas ante ella, llena de gratitud.

—Gracias… gracias por ayudar a mi hijo, gracias por ayudarnos a todos. Te debo mi propia vida.

—No me debes nada —le respondió mi madre con calma— Nunca he soportado las injusticias, y mucho menos a quienes abusan de los demás.

Aunque intentábamos mantenernos optimistas, la verdad era que por dentro estábamos muertos de miedo. Solo pensar que Rafael hubiera llegado a ese punto de confianza ciega era algo difícil de asimilar.

—Suegra —le pregunté de pronto recordando una vieja conversación de años atrás — ¿no mencionó que tiene un pariente lejano especialista en medicina?

—¡Sí! —recordó al instante— Un primo tercero que trabaja en un hospital de otra ciudad.

—Llámelo sin perder tiempo. Rafael necesita seguir con su tratamiento y recuperarse lo antes posible.

—Ahora mismo lo hago.

En cuanto mi suegra se dio la vuelta para llamar, mi madre me miró con expresión de decepción y murmuró en voz baja.

—Es increíble. Puede que él sea un buen hombre después de todo, pero confiar demasiado también trae muchas complicaciones. Jazmín, ahora más que nunca creo que lo mejor sería que te alejaras de él. ¿Cómo puedes confiarle tu vida y la de tu hijo a alguien así?

—Yo creo… —tartamudeé, buscando las palabras— Yo creo que Rafael no lo habría hecho. Por mucha confianza que le tenga a Miguel, no habría firmado algo que le quitara todo a su familia.

Nadie más agregó nada. El silencio reinó el resto de la noche, solo interrumpido por el sonido constante de los teclados de las computadoras, que no pararon de trabajar hasta que volvió a salir el sol.

—Jazmín, iré a la empresa y revisaré cada rincón en busca de ese documento —dijo mi suegra al amanecer— Todavía tengo la esperanza de que Rafael no haya regalado el esfuerzo de tantas generaciones.

—Yo voy con usted —insistí.

—No, mejor ve tú al hospital. Quédate con él y cuídalo. Sé que te pido mucho, que estás agotada, pero…

—Lo haré —la interrumpí con firmeza— Todos estamos trabajando por igual, no se preocupe.

Después de una ducha rápida, me detuve un momento frente a esa puerta de acero pesada. La mujer que estaba al otro lado me tenía cada vez más confundida. Tomé mi bolso y salí rumbo al hospital. En el camino, revisé el celular que me presto Marcel y me encontré con las fotografías, no esperaba ver imágenes de nuestra adolescencia y muchas otras mías, tomadas a escondidas sin que me diera cuenta.

“Buenos días, ¿cómo amaneciste hoy?” _ escribí rápidamente. Su respuesta no tardó en llegar.

“Ahora muy bien, gracias a tu mensaje. Aunque todavía espero que me des una explicación, Jazmín”.

No pude evitar reírme al leerlo, y se me ocurrió provocarlo un poco más.

“Eso mismo quería preguntarte yo ¿qué significan todas esas fotos que tienes guardadas?”.

Se hizo un silencio. Marcel no respondió hasta que bajé del coche y comencé a caminar hacia la entrada del hospital.

“¿Lo viste todo?” _ me escribió al final distrayendome del camino.

De repente, alguien chocó contra mí y un vaso de café caliente se derramó sobre mi ropa. Al levantar la vista, me encontré con ella, Adela.

—Perdón… pero fuiste tú quien chocó conmigo —intentó disculparse, aunque era evidente que lo había hecho a propósito.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté con frialdad— ¿No te quedó claro el otro día que no eres bienvenida? ¿Ahora usas trucos tan básicos para molestarme?

Sus mejillas se pusieron rojas al instante, y abandonó esa expresión de víctima que fingía.

—Rafael es mi amigo —respondió con voz alta— y tú eres una bruja infiel. No dejaré que sigas haciéndole daño. No me importa si me echas; mientras él quiera verme, yo seguiré viniendo.

Dijo todo eso con tanta fuerza que el personal y los visitantes que pasaban por ahí se detuvieron a mirarnos. Escuchar la palabra “infiel” salir de sus labios me provocó asco.

—Si yo soy eso —le respondí con calma, pero firmeza— ¿qué eres tú? Una niña que persigue a un hombre casado, que se mete donde no la llaman y que inventa calumnias. Te falta tanto por madurar que hasta me das lástima. ¿Has visto demasiadas telenovelas? Usas el truco más viejo del mundo para intentar molestarme.

—¡TÚ! —gritó Adela, levantando la mano para golpearme.

Pero en ese momento, Rafael apareció de pronto justo detrás de ella.

—¿Qué crees que estás haciendo, Adela?

—Ra… Rafael, ¿por qué estás aquí abajo? —tartamudeó, asustada— Yo solo… fue un accidente.

—¿Accidente? —repitió él con tono severo— Llamas a mi esposa infiel en público, le tiras café caliente encima y dices que yo te he llamado, cuando sabes perfectamente que no es así. Quién lo diría, tantos años estudiando en el extranjero y no te han servido para nada.

Rafael caminó hasta ponerse a mi lado, rodeó mi cintura con su brazo y me dio un beso suave en la mejilla, demostrando a todos quién era la persona que estaba con él.




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