100 años de redención.

El último aliado inesperado

La vi correr a toda prisa, con pasos un poco inestables, pero con una determinación que nada podía quebrantar. Esa mujer era, sin duda, increíblemente fuerte y admirable. Y yo, a su lado, me sentía como un inútil, alguien que solo le daba más trabajo y dolores de cabeza. En esos momentos me sentía despreciable, hasta el punto de caer en la desesperación.

Jazmín siempre tubo la razón, y Miguel sin dudas se arrepentiría del día en que por su cabeza paso la idea de dañar lo que yo más amo en esta vida.

—Señor…

—Vamos a salir —le dije con voz firme, sin dar lugar a réplicas— Tengo que ir a ver a alguien.

El guardia asintió, tomó mi abrigo y un maletín con medicamentos de urgencia. Ya no podía quedarme quieto ni un minuto más. Me resultaba insoportable ver cómo todos se esforzaban por solucionar los problemas que yo mismo había provocado por mi ciega confianza.

—Dígame adónde lo llevo.

Le escribí la dirección en el GPS y, sin perder tiempo, nos pusimos en marcha. Esa noche, Miguel sabría quién era yo en realidad, y le dejaría claro que nunca debió subestimar mi verdadero carácter, solo porque durante años había actuado con bondad y generosidad.

—Ya hemos llegado. Permítame acompañarlo.

—Iré solo —le respondí— No vengo buscando una pelea, ni siquiera una discusión acalorada, solo quiero aclarar las cosas.

Aunque me costó mucho caminar y subir los escalones, no me detuve hasta quedar frente a la puerta. Golpeé una vez, dos, y a la tercera vez el hombre abrió, envuelto en una bata desaliñada.

—¿Qué haces aquí?

—No vengo a buscar problemas, pero tenemos que hablar de algo muy importante que te afecta directamente.

—¡Ja! ¿Y crees que después de todo lo que me hiciste te voy a dejar entrar en mi casa como si nada?

—Es tu decisión —le respondí con calma— pero si no me dejas pasar, es muy probable que tu vida “perfecta” se acabe mucho antes de lo que crees.

Andrés me miró de arriba abajo, analizándome con desconfianza, pero al final abrió la puerta y me dejó entrar.

—Bueno, habla de una vez —dijo, dejándose caer en un sillón— Tengo tres mujeres esperando por mí y no deseo perder mi valioso tiempo hablando contigo.

El lugar era un completo desastre, ropa tirada por todos lados, botellas de licor vacías y manchas de sustancias extrañas cubriendo la mesa del salón. Con disgusto corrí un bracier a un costado para poder sentarme.

—Quiero que me muestres el mensaje que recibiste la noche en que fuiste a mi casa —le pedí directamente.

—¿Todavía con ese asunto? —replicó molesto— Pensé que ya había quedado claro, por eso retiraste la denuncia en mi contra.

—La retiré porque alguien estaba chantajeando a mi esposa —le expliqué con voz tranquila— Pero eso no te libra de nada, porque la misma persona que te “salvó” ahora te está preparando otra trampa.

Su expresión relajada cambió de golpe; se enderezó en el asiento y me miró fijamente.

—¿A qué te refieres?

—La persona que te envió ese mensaje es la misma que te está metiendo en el centro de la tormenta. No porque seas un enemigo a largo plazo, sino porque le molesta que hayas tenido suerte. Eres el “nuevo rico”, que no se alía con nadie y disfruta del dinero sin más preocupaciones. ¿Te han ofrecido algún contrato muy tentador últimamente? ¿O me equivoco?

Andrés me siguió mirando a los ojos con desconfianza, pero luego tomó su teléfono y me lo arrojó a las rodillas.

—Ahí lo tienes. ya sospechaba que había algo raro, por eso no lo borre.

Revisé los mensajes con rapidez. Allí había un número desconocido que describía cada detalle, no solo de mi casa, sino también de mi esposa.

<Andrés, soy Rafael Ríos. No sé si me recuerdas, pero viendo que te gusta disfrutar de la vida y de experiencias únicas, te invito a mi hogar. Mi esposa está ansiosa por probar algo nuevo, le gusta que la tomen con fuerza. Se hace la difícil, pero es solo parte del juego. Aquí te envío el pase especial y el número de mi casa, por si te atreves a pasarla bien. También te mando una foto de esta encantadora mujer, que ya está mojada esperándote.>

Sentí que se me revolvía el estómago y una punzada de dolor me atravesó el pecho. Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los nudillos, pero me obligué a mantener la calma. No podía perder el control todavía.

—¿Qué sabes de mi socio, Miguel Fuentes? —le pregunté apenas manteniendo la compostura — Sé que te ofreció participar en un negocio, no en mi empresa, sino en uno propio suyo… y no muy legal, que digamos.

—Vaya, veo que ustedes sí se conocen bien —respondió él con risa burlona — No fue una oferta ajustada a la ley, más bien una invitación para conocer sus instalaciones y convertirme en su socio. Así también me presentó a la hermosa y delicada Eva. Pero esa mujer desapareció sin dejar rastro apenas terminó la gala.

Así que Miguel estaba detrás de todo desde el principio.

—¿Fue él quien te invitó a esa fiesta?

—Claro que sí. Lo conocí hace meses en un bar, me cayó bien y, después de regalarme a su mejor acompañante, lo tomé por un buen amigo. Ahora explícame qué está pasando realmente, Rafael Ríos.

—Lo que pasa es que no eres más que una pieza en un juego demasiado peligroso, una pieza que puede ser desechada en cualquier momento. Eva no desapareció, simplemente dejó de serle útil. Ahora toda la atención la tiene mi esposa, y en cuanto yo caiga, ¿quién crees que será el siguiente? Miguel te usó para cargar con sus culpas, para que sirvieras de tapadera de sus crímenes. Y si ya le has firmado algún documento…

—¡NO LO HE HECHO! —gritó de golpe— Sé que todos me menosprecian y creen que soy un estúpido que puede ser manipulado a su antojo, pero no es así. Aunque reconozco que me insistió más de una vez para que firmara unos papeles.

Ya teníamos lo que necesitábamos. En ese momento no importaba quién era Andrés ni cuánto me desagradara, cuantos más aliados tuviéramos, más posibilidades tendríamos de ganar esta batalla. Después de todo, solo habíamos sigo usados al antojo de alguien más.




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