100 años de redención.

Un paso más cerca

Al llegar a casa, lo primero que hice fue fijarme con suma atención en el pie de la puerta. Justo en ese rincón, descansaba un sobre marrón, atado con un listón rojo y rematado con un gran moño. Así que Rafael no había sido tan ingenuo; lo habían obligado a llegar a este extremo. Pero ¿para qué seguir fingiendo? Ya todos conocíamos la verdad. ¿Por qué Miguel se esforzaba tanto en esconderse en la oscuridad en lugar de dar la cara? ¡Maldito ser despreciable! Espero que su fin sea lento y doloroso.

Tomé el sobre con extrema precaución. No me atrevía a abrirlo, la sospecha de que la casa estaba vigilada acababa de convertirse en una certeza absoluta. Sin embargo, me consolaba saber que Rafael también estaba al tanto de todo y que estaba dispuesto a arriesgarlo todo con tal de proteger a nuestro hijo.

Lo peor era entender que Miguel nunca nos entregaría al niño. Esa era la mentira más grande de todas, aunque le diéramos todo lo que poseíamos, jamás nos lo devolvería.

Guardé el sobre en el bolso y subí directamente a la habitación para darme un baño largo y reparador. Tenía que mantener la mente despejada y estar lista para lo que viniera; lo que se avecinaba era inevitable. Sumergida en el agua, no dejaba de dar vueltas a un mismo pensamiento, ¿qué habría pasado si nunca me hubiera casado con Rafael? ¿Si nuestros caminos no se hubieran cruzado aquel día? ¿Si él jamás hubiera pronunciado aquellas palabras de amor?

Quizás ahora estaría en casa de mi familia, con Marcel como mi esposo y mi bebé entre mis brazos, viviendo una existencia tranquila y sin complicaciones… Pero, ¿ese vacío que siento en el pecho seguiría estando ahí? La verdad es que amo a Rafael, al hombre que es conmigo, tan diferente al que muestra ante el resto del mundo. Amo la vida que construimos juntos, lo amo con una intensidad que no podría sentir por nadie más. Y aunque esa otra vida parezca perfecta en mi imaginación, en el fondo sé que solo estaría fingiendo ser feliz, conformándome con menos de lo que mi alma pide. Además, Marcel no merecería recibir de mí un amor a medias, ni mucho menos sentimientos nacidos solo de gratitud.

De nada sirve preguntarse por lo que fue o por lo que pudo haber sido. Ahora solo debía concentrarme en el presente y en ganar esta batalla.

Cuando terminé de arreglarme, escuché cómo se abría la puerta principal. Me asomé y vi que era Jana.

—¡Jazmín, qué bueno que estás en casa! —dijo con la voz entrecortada y agitada, como si hubiera corrido hasta llegar aquí.

—¿Sucede algo malo?

—Rafael se escapó del hospital.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? —bajé corriendo las escaleras hasta quedar frente a ella, y le susurré cerca del oído— No me digas que…

—No es eso —negó con la cabeza con rapidez— Se fue por su propia voluntad, acompañado de su guardaespaldas, pero desde entonces no hemos logrado comunicarnos con él. Pensé que estaría aquí.

¡Genial! Como si no tuviéramos suficientes problemas, ahora Rafael decide actuar de forma imprudente otra vez.

—Jazmín, también he encontrado algo más —añadió, bajando aún más el tono— Al principio no entendía bien de qué se trataba, porque en el sistema figuraba solo como una función de “rastreo” en el servidor principal de la empresa.

Sin pensarlo dos veces, tapé su boca con la mano y miré a mi alrededor con desconfianza. Luego tomé su brazo y la arrastré con cuidado hasta el baño, abrí la llave de la ducha con agua caliente para generar ruido y llenar el ambiente de vapor.

—No podemos hablar de esto a la ligera aquí —le advertí en voz muy baja— Creo que todo este lugar está siendo vigilado. Cuéntame despacio, ¿a qué te refieres con eso de “rastreo”?

Jana asintió con seriedad y se acercó más a mí, hablando casi en un susurro.

—Es un servicio de monitoreo interno. Todo lo que se busca, modifica o consulta en la computadora principal queda registrado automáticamente. Hay registros y hasta imágenes que muestran a Miguel entrando sin claves de acceso, moviendo archivos, agregando datos que nunca fueron aprobados por el departamento de administración. Cada vez que modificó facturas o contratos, todo quedó grabado.

—Así que, al final, Rafael nunca confió plenamente en él.

—Puede ser precaución o desconfianza, pero ahora nos sirve de mucho, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. Cualquier prueba es un arma a nuestro favor.

En ese momento miré mi celular y vi un mensaje de Ignacio: “Viernes por la noche, 20:00 horas. Presentación oficial de la propuesta”.

—Jana, envíame todos esos archivos y grabaciones. Se los pasaré a mi hermano para desenmascarar a Miguel esa misma noche, cuando él crea que ya tiene todo bajo control y que es su momento de victoria.

—¿No se los entregaremos directamente a la policía?

Negué con firmeza y tomé sus manos entre las mías para transmitirle calma.

—Él tiene a mi hijo. Si vamos a la policía y lo detienen de inmediato, se desquitará con el pequeño sin pensarlo. Necesitamos ganar tiempo hasta que logremos ponerlo a salvo.

—¿Entonces… el bebé sigue con vida? —preguntó con los ojos muy abiertos, llena de esperanza y temor.

—Así es. Mi hijo está vivo, y ese ser despreciable lo tiene retenido bajo su control.

Jana rompió a llorar y me abrazó con fuerza, como si quisiera protegerme con su propio cuerpo.

—Jazmín, lo siento muchísimo. Siento no haberte creído antes, por haber dejado que todo esto llegara tan lejos…

—Tranquila —la consolé con voz suave y decidida— La única persona culpable de todo esto es él. Ahora concentrémonos en encontrar a Rafael y traerlo sano y salvo de regreso.

Jana se secó las lágrimas con el dorso de la mano, aunque en su mirada seguían reflejándose la culpa y la desilusión. Ella siempre había sido una mujer buena y leal conmigo.

—Está bien, cuñada. Haré exactamente lo que tú digas.

Sin la firma de Rafael, los trámites se complicaban un poco más, pero al menos me quedaba la tranquilidad de saber que estaba fuera de peligro… aunque me preguntaba, ¿a dónde habría ido y por qué estaba actuado así? Solo deseaba con toda mi alma que esta pesadilla terminara de una vez por todas.




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